Breve Historia de Castilla, desde el siglo VIII al XXI

BREVE HISTORIA DE CASTILLA

O DE LAS CASTILLAS Y LEÓN,

desde el siglo VIII al XXI

 

 

(Castilla, lengua castellana más acento castellano –que a veces se considera la ´falta de acento´-, lo que salvo referendo político que lo aclare y, en cualquier caso, desde el punto de vista cultural, y sin entrar en límites o bordes, que siempre son ambiguos e imprecisos en ambos sentidos, puede coincidir a grandes rasgos y sin entrar en detalles con las tradicionales dos Castillas y León)

 

 

EN DICIEMBRE DE 1230, por el “Tratado de Benavente” firmado el 11 del mes de diciembre de ese año, se produjo la unión definitiva y ya ininterrumpida desde entonces de los reinos de Castilla y de León, acontecimiento de importancia singular, que condujo a la única opción posible tras una entrelazada historia anterior, prácticamente imposible de deslindar, puesto que estuvo entreverada casi en todo momento desde los primeros instantes de la Reconquista.

Castilla y León no eran territorios que se encontraban entonces por primera vez, sino que ya habían surgido como entidades imbricadas en la misma entidad superior común desde el nacimiento mismo de la resistencia cristiana a las tropas invasoras musulmanas, desde el inicio de esta resistencia, es decir, desde los primeros años del siglo VIII.

La unión definitiva y desde entonces continua e ininterrumpida surtió efectos desde el 11 de diciembre de 1230, momento en que, a la muerte del rey Alfonso IX de León, tanto su esposa Teresa como sus hijas, Sancha y Dulce renuncian a cualquier derecho sucesorio a la corona leonesa, a favor de quien ya era rey castellano desde trece años antes, Fernando III, hijo del fallecido rey leonés y de la reina de Castilla, Berenguela, que había abdicado del trono castellano trece años antes, a favor de su hijo Fernando, en 1217.

 

EL REINO DE ASTURIAS Y SU VINCULACIÓN DESDE EL INICIO CON LAS TIERRAS QUE DARÍAN ORIGEN A CASTILLA

 

SE CONSOLIDABA DE ESTA FORMA la unidad de dos reinos tan vinculados entre sí –entonces, antes y después de esta fecha unificadora- que desde el 711 (es decir, desde la invasión árabe) hasta ese momento del siglo XIII tan sólo habían estado separados políticamente ochenta años.

Y ello por motivos meramente coyunturales, es decir, por intereses de la común dinastía reinante, puesto que compartían dicha misma casa real (primero la asturiana y después la dinastía jimena o castellana) y desde luego unos mismos objetivos frente a los califas, los imperios o las taifas islámicas, herederas de la invasión musulmana de dicho año del 711.

Desde la aparición y consolidación del reino de Asturias, con don Pelayo (año 718-737) y su sucesor Favila (737-739), los territorios de la actual Cantabria se pusieron a las órdenes de los reyes asturianos, por lo que la vinculación entre el reino neogótico de Cangas de Onís y luego de Oviedo y los territorios de la futura Castilla fue inmediata desde el comienzo de la Reconquista.

 

DE LOS ORÍGENES GEOGRÁFICOS DE CASTILLA A SU CONSOLIDACIÓN COMO ENTIDAD POLÍTICA

 

AL MISMO TIEMPO que en los valles asturianos a lo largo de ese siglo VIII se consolidaba un núcleo de resistencia frente al islam, en los confines orientales del reino de Asturias, conocidos como Bardulia, por ser el territorio del pueblo prerromano de los bárdulos, es decir entre el mar de Castro Urdiales (Castro Uarduliae o Barduliae, el castro de los bárdulos) y los pasos montañosos y los desfiladeros del Sistema Cantábrico, se fueron erigiendo de pequeños castros o castillos defensivos para impedir las incursiones musulmanas hacia la costa.

De tal manera fue surgiendo “Castella”, en nominativo plural del latín que todavía se usaba en los documentos escritos oficiales.

“Castella”, “los castillos”, todavía era una denominación geográfica, meramente descriptiva de aquellos lugares montañosos, erizados de pequeñas torres vigías y de fortalezas defensivas cada vez más numerosas y mayores en tamaño. Como si dijéramos “las fortificaciones”, “los altillos” o “las cumbres”.

Hacia el cambio del siglo VIII al IX, es decir, en torno al año 800, ese territorio más oriental del reino de Asturias comienza a cambiar su nombre general de Bardulia, por el de Castella, con un sentido cada vez más político y no sólo geográfico.

“Castella”, “los castillos” no sólo tiene erigidas muchas de estas construcciones defensivas (castillo = pequño castro), sino que se trata de una región peculiar con un idioma que se va diferenciando tanto del latín como de las lenguas romances propias de los reinos circundantes, regido por unos “cómites” o “condes” comisionados para su defensa por los reyes de Asturias.

 

FERNÁN GONZÁLEZ, LOS CONDES HEREDITARIOS, DESDE EL MAR HASTA EL SISTEMA CENTRAL

 

 

CONDES TODAVÍA DESIGNADOS PARA su misión por la curia real central y no hereditarios, circunstancia que no se conseguirá hasta el conde Fernán González (Fredinandus Gundisálviz, en la documentación escrita de la época), el cual reunió en su persona –a mediados del siglo X, hacia el año 932- los condados de Castilla, Burgos, Álava, Lantarón y Cerezo.

Fernán González, iniciador en Castilla de su propia dinastía condal hereditaria, no sólo consolidó su dominio del mar originario de Bardulia/Castilla sino que extendió su influencia y consolidó la reconquista y repoblación con población castellana hasta Sepúlveda  (año de 940), ya en las estribaciones del Sistema Central.

Castilla disponía ya de un importante territorio capaz  de mirar de igual a igual, de facto ya que no de derecho, pues seguía siendo un condado nominalmente dependiente del reino de León (continuador del antiguo reino de Asturias) y también capaz de enfrentarse al reino  colindante de Navarra o de defenderse por sí sólo de las incursiones musulmanas.

 

 

SEPARACIONES COYUNTURALES Y POR MOTIVOS DINÁSTICOS, NO DE LAS GENTES QUE HABITABAN ESOS TERRITORIOS

 

Básicamente, tales separaciones entre León y Castilla, primero, o entre Castilla y León, después, por orden de primacía y rango protocolario, se fundamentaron cuando las hubo, sobre todo, en dos causas.

1.- La muerte sin descendencia del conde de Castilla, García Sánchez (asesinado en 1029 por la familia de los Vela, en León), bisnieto del mencionado conde y héroe castellano Fernán González, lo que originó que el condado pasase por herencia a su hermana la condesa Muniodona, de Castilla, que había casado con el rey Sancho Garcés de Pamplona, el Mayor (1011-1035).

Aunque, como expresión de la identidad diferencial y de la potencia militar de Castilla (que ya había quedado clara durante el gobierno condal de Fernán González, 931-970), un solo año después de la herencia del condado castellano por Muniadona el hijo de esta condesa y del rey de Pamplona Sancho Garcés, Fernando Sánchez (el futuro rey Fernando I) ya fue designado, en 1030, conde propio de Castilla, bajo la soberanía –más teórica que práctica- del rey de León.

2.- La otra razón fue el sentido patrimonial de los venideros reyes castellanos, que con dicho Fernando Sánchez o Fernando I, y luego otra vez con Alfonso VII el Emperador, dividieron sus territorios patrimoniales entre sus hijos, entregando el reino ya secundario (el de León) al segundogénito, reservando el reino más pujante (el de Castilla) al primogénito y primer heredero.

Tal división territorial, por simple deseo de otorgar posesiones propias a sus hijos e hijas, fue lo que hizo el mencionado Fernando Sánchez, conde de Castilla desde 1029 y rey consorte de León por su matrimonio con Sancha, hermana del último rey de León, Bermudo III, a quien el conde Fernando de Castilla (Fernando I), tras una guerra entre ambos por una cuestión de límites fronterizos entre el condado castellano y el reino leonés, venció y dio muerte en la batalla de Tamarón (1037).

Desde que este conde castellano y luego rey de León, Fernando I, triunfó en dicha batalla de Tamarón quedó claro que el poderío político y militar había pasado a Castilla frente al antiguo poder regio de León, ya desde esa temprana fecha de comienzos del siglo XI.

Fernando I repartiría a su muerte sus reinos entre sus hijos, entre Sancho II el Fuerte que recibió Castilla, Alfonso VI, que recibió León, y García para quien se desgajó Galicia. Aunque la no aceptación de ese reparto testamentario por parte de Sancho culminó con la reunificación de los reinos, tan sólo siete años después.

El mismo sentido patrimonial de entregar posesiones a cada uno de sus hijos provocó que Alfonso VII, llamado el Emperador, volviese a separar Castilla y León a su muerte en 1157, dando al toledano y primogénito Sancho III (nacido en 1133) el reino preponderante en rango, que era ya el de Castilla, y al zamorano Fernando II, (nacido en 1137) el reino desde bastante antes secundario, el de León.

Tales separaciones intrafamiliares y meramente dinásticas, como vemos, más que a discrepancias o diferencias entre pueblos, fueron las que vino a subsanar definitivamente, en 1230, un rey singular por múltiples motivos, entre otros, éste de la unidad  decisiva y concluyente entre Castilla y León: Fernando III el Santo.

 

EL NACIMIENTO CONCRETO, DE HECHO Y DE DERECHO, DEL REINO, YA NO CONDADO, DE CASTILLA

 

LA FECHA DEL NACIMIENTO del “reino” de Castilla, diferenciado ya para siempre del antiguo “condado” de Castilla, primero dependiente y luego cada vez más independiente de facto, sin llegar a la soberanía propia hasta su conversión en reino, respecto al reino de León, es motivo de controversia entre los historiadores.

Para unos cronistas de la Historia, el conde castellano y pronto rey Fernando I, fue investido de la autoridad real leonesa en 1038, y se tituló desde entonces y –sin duda-  actuó como rey de Castilla y de León, siendo esta la fecha (1037 –batalla de Tamarón- o 1038 –ungimiento real en León) la que debe considerarse como la del nacimiento del reino de Castilla, y además preferente ya ante el de León.

Para otros, no fue hasta la muerte de Fernando I (1065) cuando, al repartir sus reinos entre sus hijos, se creó de derecho el reino de Castilla, al otorgarle la primacía de la herencia a su primogénito Sancho II, el Fuerte (rey de Castilla desde 1065 al 1072), que según esta interpretación sería el primer rey legal de Castilla, y no su padre Fernando, que en Derecho no habría pasado en Castilla de la consideración de conde.

Conviene recordar, sin embargo, que el propio rey Sancho II, el Fuerte, rey primero o segundo de Castilla, había nacido en la ciudad de Zamora. Lo que nos da idea de la imbricación, entretejimiento y la vinculación en toda época del antiguo reino de Asturias (hasta 925), que luego trasladó su capitalidad y mudó su nombre al de reino de León, con el condado y luego reino de Castilla.

 

EL ZAMORANO REY DE CASTILLA, SANCHO EL FUERTE, REAGRUPA EN SÍ MISMO LOS TRES REINOS DIVIDIDOS POR SU PADRE

ELLO MOTIVÓ QUE SANCHO Fernández, el Fuerte, como ha hemos apuntado, no respetara la división testamentaria del reino en varios distintos que había efectuado su padre. De tal modo dedicó su corto reinado a reagrupar de nuevo  el reino de su padre, esta vez bajo su cetro.

En primer lugar, recuperó el reino de Galicia venciendo a su hermano García Fernández (1071-1072), y también recobró el de León  derrotando a su hermano Alfonso Fernández (1072).

No obstante, apenas disfrutó de dicha reunificación porque murió en circunstancias nada claras, que desde siempre se ha asociado con la idea de un asesinato a traición y por la espalda, pocos meses después, en ese mismo año de 1072,  a las puertas de Zamora –su ciudad natal- cuando intentaba reintegrar a su reino la plaza amurallada que había recibido su hermana Urraca Fernández o Urraca de Zamora.

 

El propio sepulcro de Sancho el Fuerte, en la villa burgalesa de Oña hace referencia a esa misma idea de que el rey fue “matado” a las puertas de Zamora. “Aquí yace el rey don Sancho que mataron sobre Zamora”.

El resultado de estas guerras entre hermanos y de la muerte de Sancho el Fuerte en el cerco de Zamora, fue el regreso del desterrado (en la taifa de Toledo) Alfonso Fernández, que se hizo cargo de los tres reinos reunificados (Castilla, León y Galicia) con el nombre de Alfonso VI.

Los cantares de gesta y los romances del ciclo del cerco de Zamora y de la jura que exigió, Rodrigo Díaz de Vivar, el alférez de Sancho II, a Alfonso VI, de no haber tenido nada que ver en la muerte violenta de su hermano Sancho II, son bien conocidos y llenan de honra, calidad, emotividad y gloria a la lengua castellana.

Pero desarrollar este punto nos desviaría hacia la Historia de la Literatura castellana, alejándonos de la pura Historia de Castilla, que es la que nos anima e impulsa en este recorrido que estamos efectuando por la Alta Edad Media.

 

Un común origen prerromano, hispanorromano y visigodo

 

AL PRODUCIRSE EL REPLIEGUE hacia el norte de los restos del reino visigodo, confluyeron en las tierras montañosas del Sistema Cantábrico sucesivas capas de pobladores hispano-romanos y visigóticos, que, dando cohesión, a los primigenios pueblos autóctonos de la zona, constituyeron el fermento de los núcleos de resistencia allí creados.

 

Al cabo de pocos años y generaciones, ya no eran ni prerromanos, ni hispanorromanos ni visigodos, sino los pueblos nuevos de los reinos y condados que allí se estaban fraguando, entre ellos el “pueblo nuevo” castellano, que era nuevo y a la vez tan anterior como se está exponiendo.

El principal componente de esta fusión es el elemento visigótico recién llegado, junto con el componente hispano-romano, sin cuya intervención no puede entenderse el deseo de re-conquistar y de re-poblar hacia el sur, lo que ya antes había sido por ellos conquistado y poblado. La patria central y sureña de España que había quedado en su memoria colectiva y en sus narraciones orales y escritas.

En la zona montañosa y marítima de Santander, Burgos y Palencia fue mayor la presencia del estamento visigótico popular y el de la nobleza media, mientras que la nobleza alta visigoda se asentó con preferencia en la zona asturiana.

La importancia del componente godo, ya romanizado en religión e idioma, en el nacimiento de Castilla puede comprobarse no sólo en la raíz germánica de los patronímicos de los primitivos castellanos (Fernando, Rodrigo, Gonzalo…), sino también en la de los topónimos (empezando por la ciudad de Burgos, cabeza de Castilla, o de Santander -el San Emeterio o Sant Emeter, mártir hispanorromano del siglo IV- que daría origen a una de las cuatro villas marineras de la costa castellana.

Asimismo, las formas más genuinas de expresión de la cultura de Castilla son de origen visigodo, por ejemplo, el origen de la épica castellana está en los cantos históricos del pueblo godo, como demostrara en su día Menéndez Pidal.

También se aprecia esa influencia goda en las formas organizativas como el derecho consuetudinario, en la institución visigótica de los “gudzman” –hombres buenos o jueces populares- de donde viene el apellido actual Guzmán, la propiedad comunal de montes, pastos y bosques, la asamblea decisoria de todos los hombres libres, que se transformaría en los futuros concejos abiertos, etc.

Para León, junto a la misma presencia de godos populares, hay que señalar una mayor incidencia de la alta nobleza goda, más romanizada, que prefería regirse por las normas jurídicas jerárquicas de la cultura romana más que por las más tradicionales e igualitarias costumbres visigodas que iban a ser preferidas en la primigenia Castilla.

Esta mayor presencia de un estamento elevado en León que en Castilla, pero dentro de un mismo componente étnico o pueblo, regido por una muy similar escala de pensamiento, es lo que hará aparecer tensiones sociales fratricidas –nunca nacionales o de pueblos distintos- en el interior del reino de León.

Tales disensiones se aprecian particularmente en la parte del mismo que comenzará a denominarse, a partir del año 800, como “Castella”, todavía como una denominación geográfica –“los castillos”, por la gran abundancia de pequeños castros o castillos defensivos que en los pasos montañosos se fueron erigiendo-, y poco después ya como designación política.

Así he narrado yo esta epopeya en versos de época más cercana al conjunto de este trabajo histórico, en el libro “Castilla, este canto es tu canto” (2015):

 

 

LA INVASIÓN MUSULMANA

 

En setecientos once

ocurre la conquista musulmana,

a hierro, espada y bronce

se cierra la ventana

del reino godo y de la fe cristiana.

 

La población hispana

o cae bajo el dominio africano

o va hacia la lejana

tierra y raíz que anciano

macizo norteño tiende por mano.

 

Durante los diez años

que tardara el islam en asentarse,

huyendo de los daños,

aprenden a zafarse

y buscan lugar donde refugiarse.

 

Aunque han perdido todo,

todo lo tienen, llevan y conservan,

¿o llamáis de otro modo

la fe que aún observan,

la cultura y la lengua que preservan?

 

Entre las altas rocas

de las montañas norteñas aumentan

las gentes y las bocas

que luego que se cuentan

su pasado, hacia otro mañana alientan.

 

Inician la epopeya

de resurgir en medio de la nada,

debajo de una estrella,

volviendo a alzar mirada

a tierra y nación que fue devastada.

 

Ved cómo las carretas

de gente goda e hispanorromana

cruzan rutas secretas,

con sus cargas humanas,

ganados y enseres… De musulmanas

 

acometidas fugan.

Huyen al norte cruzando los llanos,

los valles que se arrugan

y los pasos cercanos

que, tras los montes, les guarden hispanos.

 

Son aún soberanos,

en la lengua vieja, propia y latina,

que les trueca en hermanos.

De modo que termina

disensión entre godos y romanos.

 

Serán ya todos hispanos,

crisol con otros pueblos montañeses,

antiguos y paganos,

que, a propios intereses,

en pueblo nuevo junten sus reveses.

 

UN PUEBLO NUEVO

 

Así, con estos hilos

se tejen nuevas briznas más recientes

de los flamantes filos

que trazan otros puentes

entre el ayer y el hoy, y entre las gentes.

 

Ya a principios del siglo VIII, el duque de origen godo Pedro de Cantabria se apresura a ponerse a las órdenes de don Pelayo, reconociéndole como su rey y señor natural, con lo cual todos los habitantes de la futura Castilla pasaban a ser regidos –más o menos efectivamente- desde Asturias.

También en las fortificaciones defensivas de la Cordillera Cantábrica oriental los reyes asturianos nombran “condes” o “cómites”, “comisionados” para organizar esas edificaciones defensivas, los primeros condes de Castilla, condado todavía no hereditario ni mucho menos independiente.

Por el contrario, en el siglo X, un noble rural, Fernán González, pero muy eficaz en la lucha contra los invasores musulmanes y muy querido por el pueblo castellano, aprovecha las discrepancias con la corte real para emparentar con la familia del rey y para convertir el condado de Castilla en hereditario, con lo que se acentúa el carácter singular de lo castellano.

 

Hacia la unificación bajo el predominio de Castilla

 

EL MOMENTO DECISIVO QUE CONVIERTE el anterior Condado de Castilla en núcleo primordial de la unificación castellano-leonesa, bajo el predominio del antiguo condado dependiente, tiene lugar en el año 1037.

En este año, Fernando I de Castilla, ante la pretensión de Bermudo III de León de ocupar la Tierra de Campos palentina y vallisoletana (tierra de disensión entre ambas partes, pero que ya había sido castellana desde la época condal) derrota y da muerte al rey leonés en la batalla de Tamarón.

Con ello se extingue la Casa Real leonesa, y Fernando, conde de Castilla, toma el título de rey y se titula a partir de entonces Fernando I de Castilla y de León, dando origen a la Casa Real denominada jimena (por parte del padre de Fernando I, el rey de Pamplona Sancho el Mayor) o castellana (por parte de su madre, la condesa Muniadona, que había transmitido el condado de Castilla a Fernando), que reinaría sobre ambos territorios, Castilla y León.

Hay historiadores que afirman que Fernando I sólo se tituló en vida rey de León y conde de Castilla, retrasando la aparición del reino de Castilla hasta el momento de se lo otorgó a su hijo Sancho II, ya con el título indudable de rey de Castilla.

Fueron estas conveniencias familiares de la Casa Real jimena o castellana las que explican que los reinos de Castilla y León  fueran repartidos y separados, y luego reunidos de nuevo, entre sus hijos.

Hasta que el advenimiento definitivo de Fernando III, el Santo que pondría fin a esta anomalía de disgregación a capricho del monarca.

Y que en 1230 unificaría definitivamente las dos Castillas -puesto que Castilla se había expandido hasta incluir a Castilla la Nueva-, y León en esa fecha.

 

Desde el siglo XI, Castilla la Nueva ya es Castilla

 

Desde la época de Alfonso VI se extendió  la reconquista hacia el sur, cruzando definitivamente la Cordillera Central.

De esta forma se consolida la presencia de Castilla en el antiguo reino musulmán de Toledo, y se logra que Sigüenza, Guadalajara, Madrid, Toledo, Cuenca, pasen a ser conocidas como la Transierra castellana (la Castilla que está más allá de la Sierra o Sistema Central) y posteriormente como Castilla la Nueva.

En efecto, el 25 de mayo de 1085 tiene lugar la capitulación de Toledo ante Alfonso VI de Castilla y León (ciudad la toledana en la que se formaría un poderoso Común o Comunidad, propietario en conjunto de los llamamdos Montes de Toledo hasta el siglo XIX, según la más genuina tradición comunal castellana, lo que garantizaba unos ingresos mínimos a todos los comuneros de las Comunidades de Castilla), y con ello entra a formar parte de Castilla todo el extenso reino toledano.

La consolidación de la reconquista castellana al sur de la línea del Tajo tendrá lugar con Alfonso VIII (siglos XII y XIII), rey exclusivo de Castilla (porque Alfonso VII había vuelto a repartir los reinos entre sus hijos), aunque la forma de repoblación de las tierras manchegas ya no fue mediante labradores y hombres libres como en la Castilla Vieja o en la Transierra.

El cambio de los tiempos –dos siglos que habían dado lugar a una sociedad más jerarquizada-, las duras condiciones para vencer en la batalla de las Navas de Tolosa a los almohades (en 1212) y la falta de potencial demográfico de Castilla hizo que la repoblación de las tierras del sur de Castilla la Nueva se llevase a cabo preferentemente por las Órdenes Militares castellanas, con una menor libertad de los campesinos que la repoblaron de lo que había sido común en la Castilla más norteña.

Ello explica la abundancia de numerosos pequeños núcleos de población en los pueblos de la Transierra castellana (allí donde los repobladores decidían asentarse, libremente) frente al escaso número de municipios, pero de tamaño grande del sur de Castilla la Nueva (allí donde las Órdenes Militares decidían que se asentasen sus vasallos).

 

FERNANDO III, LA UNIFICACIÓN DEFINITIVA DE LAS CASTILLAS Y LEÓN

 

La unificación definitiva de los reinos de Castilla y León ocurre con Fernando III, hijo de Berenguela de Castilla –que lo era a su vez de Alfonso VIII- y de Alfonso IX de León.

Este rey que había nacido en tierras zamoranas, en pleno campo, debajo de una encina, ya que los reyes y reinas de Castilla no tenían corte permanente sino que eran itinerantes y viajaban constantemente de una a otra parte del reino, supone el final de las divisiones familiares de ambos reinos.

Primeramente fue rey de Castilla, por renuncia en él del trono castellano de su madre Berenguela en 1217. Como rey únicamente de Castilla, Fernando III inició ya incursiones de reconquista por tierras de Andalucía, aunque sería después de la unificación de Castilla y León cuando se convertiría en el rey decisivo que dio un impulso definitivo a la reconquista incorporando todo el valle del Guadalquivir.

La unión en la persona de Fernando de los reinos de Castilla y León tuvo lugar a la muerte de su padre, Alfonso IX, en 1230.

El 11 de diciembre de 1230 se firmó la “Concordia de Benavente”, por la cual tanto las hermanas de Fernando, las infantas Dulce y Sancha, como la primera esposa de Alfonso IX, Teresa de Portugal, como la segunda esposa, la ya referida Berenguela de Castilla, renunciaban a cualquier pretensión sobre el trono leonés y reconocían a Fernando III, el rey castellano, heredero legítimo de León.

Ya no volverían a separarse más, sino que dirigidos por el rey Fernando reconquistarían sucesivamente los reinos de Córdoba, Jaén y Sevilla, éste último por tierra, por mar y río, puesto que la taifa sevillana incluía también las actuales provincias de Cádiz y Huelva.

Para ello fue necesario crear, en los astilleros del Cantábrico, la Marina de Guerra de Castilla, tarea que corrió a cargo del primer almirante de la Marina de Castilla y conquistador por mar de la taifa sevillana, el burgalés Ramón Bonifaz.

La Marina de Castilla en poco tiempo dominaría las aguas del Estrecho de Gibraltar, defendería las costas de Murcia y Cartagena por el Mediterráneo y competiría ventajosamente con Inglaterra y Francia en las aguas del canal de la Mancha, preparando la expansión naval castellana de los siglos XIV y XV.

Durante el extraordinario reinado de Fernando III se comenzaron a construir las catedrales de Burgos y Toledo (y de Córdoba –preservando por expreso deseo del rey la Mezquita anterior-, y también la monumental catedral de Sevilla)

También durante el tiempo de Fernando III se comenzó a legislar en común para los dos reinos y se fomentó el uso del castellano en la legislación y en la literatura.

Pero la tarea de llevar estos últimos propósitos hasta lo monumental ocurrió durante el reinado de su hijo, el toledano Alfonso X el Sabio. Con él, recibiría el impulso definitivo la compilación de leyes para los dos reinos y el fomento del idioma castellano –según la norma lingüística de Toledo para aquellos casos en que hubiera dudas y variantes entre los territorios castellanos-, otorgando a nuestra lengua un auge sin precedentes hasta ese momento.

 

ALFONSO X Y EL DESPERTAR CULTURAL DE LA BAJA EDAD MEDIA

 

CON LA OBRA MAGNA de ambos reyes, la Corona de Castilla se incorpora al despertar cultural de la Baja Edad Media en Europa, iniciándose así en toda Castilla la ola intelectual y de cultura que nos llevará al Renacimiento.

En ese impulso de la cultura castellana tendrá importancia decisiva la Universidad de Salamanca que recibió el impulso decisivo del rey Sabio y que sería el centro de irradiación de la cultura castellana en los siglos finales de la Edad Media y en los Siglos de Oro.

La Universidad de Salamanca fue la primera institución educativa europea y mundial en obtener el título de “Universidad” por real orden de Alfonso X el Sabio fechada el 9 de noviembre de 1252, posteriormente ratificada por el papa Alejandro IV en 1255.

Unidos Castilla y León en 1230 e incorporados a la Corona de Castilla los reinos de Córdoba, Jaén y Sevilla, habría que esperar hasta 1492 para que se completara la reconquista del reino de Granada, con los Reyes Católicos.

Para entonces, Castilla era ya también una potencia no sólo militar y económica, sino que su cultura competía entre las más brillantes del continente europeo.

Ese mismo año de 1492, se produce por parte de la Universidad de Salamanca una aportación capital a la cultura castellana, la publicación por parte de Elio Antonio de Nebrija de la “Gramática castellana”, la primera dedicada al estudio de las reglas de una lengua romance, y ejemplo de todas las posteriores que se escribieron para el castellano o para las demás lenguas vulgares europeas.

 

LA ERA DE LOS DESCUBRIMIENTOS CASTELLANOS

 

 

Por si fuera poco para un año, también en 1492 las naves de la Corona de Castilla arribaron a un continente nuevo, que daría a esta Corona la primacía sobre todas las del mundo y que iniciaría un periodo sin igual de navegaciones, descubrimientos, avances técnicos y expansión en todos los órdenes.

Conviene recordar que la unión de las Coronas de Castilla y Aragón fue una mera unión dinástica (ambas Coronas compartían los mismos reyes), pero mantuvieron sus Cortes, sus leyes y sus instituciones por separado, teniendo incluso la condición legal de extranjeros los aragoneses en Castilla y los castellanos en Aragón.

América, por ejemplo, igual que todos los descubrimientos posteriores en el Pacífico, en el Índico o en los confines de la Antártida fue expresa exclusiva de la Corona de Castilla. Y quienes participaron en aquellas gestas, bajo el estandarte cuartelado de Castilla y León, o eran nativos de la Corona de Castilla o, en el caso de ser de algún país extranjero, previamente se habían nacionalizado (“naturalizado” se decía entonces) castellanos, jurando fidelidad al rey y a la Corona de Castilla.

Incluso Navarra, que no fue anexionada a la Corona de Castilla hasta 1515 y en donde se mantuvo la inestabilidad hasta 1523-1530 (con repetidas acciones bélicas y victorias de alaveses y guipuzcoanos contra los navarros coaligados con Francia, cosa que en nuestros días procura ocultarse, modificándose incluso por parte del nacionalismo vasco símbolos heráldicos que recuerdan estos hechos), no puede decirse que participara en los primeros años del Descubrimiento y Conquista de América, puesto que no era aún Corona de Castilla.

No fue pues, “España”, sino una parte muy definida de España, llamada Corona de Castilla, y no las demás, quien descubrió América… Y quien exploró el Pacífico, la Antártida, las Filipinas y realizó los extraordinarios descubrimientos por tierra en los siglos XV, XVI y XVII.

 

CASTILLA, ATRAÍDA HACIA LOS CONFLICTOS CENTROEUROPEOS POR LA CASA DE AUSTRIA

 

ESOS TREINTA AÑOS QUE van entre 1492 y 1519-1522, en que tiene lugar la primera Vuelta al Mundo, por parte de naves de la Corona de Castilla –lo que ensancharía definitivamente los horizontes del planeta y los asuntos e intereses propios castellanos-, pueden considerarse los de mayor crecimiento y avance en todos los órdenes de la Corona de Castilla.

Pero una serie de azares provocaron la llegada al trono castellano de la Casa de Austria, lo que provocó la forzada intervención de Castilla en los conflictos internos centroeuropeos donde nada se le había perdido a los castellanos.

No había nada que ganar en Europa y sí mucho que perder. Los repetidos conflictos en Flandes –patria originaria de la dinastía.- sucedieron no por interés de los castellanos, sino de los propios monarcas Habsburgo.

De todos ellos, puesto que desde Carlos V hasta Carlos II, los Austrias españoles actuaron en Europa en defensa de sus intereses propios y de los de sus parientes, no en provecho de Castilla ni de España.

El avispero de conflictos que era entonces Europa comenzó para Castilla con la llegada del joven rey Carlos de Habsburgo a España, en septiembre de 1517.

El adolescente heredero de las Coronas de Castilla, Aragón, Navarra y Nápoles (nacido en Gante en 1500), desconocedor por completo de los asuntos y de las lenguas de España, venía ya pensando más en Flandes y en Borgoña, a las que siempre consideró su patria personal y el patrimonio inviolable de él y de sus descendientes: tal aconsejó a su hijo Felipe II en su testamento: “velad sobre todo por los intereses de Flandes, nuestra patria”, cosa que sin duda hizo Felipe y toda la dinastía austríaca.

También traía consigo sus aspiraciones a ser elegido como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, todo lo cual le interesaba bastante más que las cuestiones españolas o castellanas.

No es cierto como afirman los corifeos de la Casa de Austria, numerosísimos por cierto –confundiendo la época, excepcional e irrepetible, con los reyes, muy criticables y muy escasamente preocupados por España y sus gentes- que Carlos V diera un Imperio a España.

Por el contrario, fue Castilla la que dio a Carlos I dos imperios: el castellano que ya estaba en avanzado estado de creación cuando llegó el muchacho borgoñón, y el imperio alemán, al que Carlos V pudo aspirar y lograrlo precisamente por el prestigio y el dinero que le procuró ser ya rey de Castilla, con el que compró los votos necesarios para ser elegido emperador de Alemania.

De igual forma, mediante la compra de votos, conseguiría después el papado para su colaborador y consejero personal, el cardenal Adriano de Utrecht, el futuro Adriano VI.

Esos dos siglos de continuas guerras en Centroeuropa a los que fue conducida Castilla para defender las posesiones de todos los Habsburgo resultan tan evidentes que cuando por fin España dejó de tener relación con Flandes, tras la Guerra de Sucesión española del siglo XVIII, por el Tratado de Utrecht (1713) el territorio flamenco fue desgajado de la soberanía del nuevo rey Borbón de España y se reconoció sobre él la soberanía de… los Habsburgo, esto es, de quienes siempre había sido sus señores, entregándoselo al Archiducado de Austria.

Paradójica solución que, sin embargo, aclara meridianamente lo que había ocurrido desde Carlos V hasta el último Austria español, Carlos II, el uso de España y de su Corona más poblada y rica, Castilla, para el provecho de una familia centroeuropea, con múltiples ramificaciones a los que los parientes ricos de España debían atender militarmente.

 

CASTILLA, PRINCIPAL COLONIA ECÓNOMICA DE LOS AUSTRIAS, MÁS QUE LAS AMERICANAS

 

CASTILLA ERA LO DE MENOS en sus preocupaciones: sólo el soporte económico de los Austrias, por lo que se le podía devastar y expoliar con impuestos insoportables, y no propiciar actividades de desarrollo interno castellano, siempre que los intereses familiares en el continente prosperasen.

En este sentido se ha dicho que, desde Carlos V, vencedor de los castellanos en los campos de Villalar (1521), hasta el final de la dinastía, los Austrias fueron absolutos en la Corona de Castilla y relativos en el resto de los reinos españoles, donde sí respetaron sus fueros y apenas aumentaron al presión fiscal. El dinero y los hombres para sus ejércitos podían extraerlos del reino rico y poblado: Castilla.

La presión fiscal de los Austrias sobre Castilla fue tan extraordinaria, a causa de las guerras continuas de esta dinastía que superaran en valor a los metales traídos de América, y ya con Felipe II la Monarquía Hispánica comienza a dar síntomas de agotamiento. El Estado entró varias veces en bancarrota, incapaz de pagar a sus proveedores.

Los procesos de vertiginosa inflación de precios seguidas de bruscas deflaciones terminaron por hundir la economía castellana, y de arruinar a las clases medias, productivas y comerciales.

Ni aun así se detuvo la voracidad fiscal de Felipe II, que encontró la salida de “vender Castilla” –las posesiones de realengo de la Corona- al mejor postor que quisiera comprar el señorío privado sobre las mismas, sobre villas y gentes, con tal de poder seguir sufragando sus guerras.

Y lo mismo ocurrió con los monarcas siguientes del XVII. El propio Francisco de Quevedo veía que era una situación de injusticia y de derroche bélico insostenible:

 

«En Navarra y Aragón

no hay quien tribute un real;

Cataluña y Portugal

son de la misma opinión;

sólo Castilla y León

y el noble pueblo andaluz

llevan a cuesta la cruz.

Católica Majestad

ten de nosotros piedad

pues no te sirven los otros

así como nosotros».

 

Escribir este “Padre Nuestro glosado” y otras verdades evidentes, le costó a Quevedo la cárcel, la Monarquía de los Habsburgo, no rectificó.

De hecho, puede decirse que la Primera Guerra Mundial no ocurrió a comienzos del siglo XX, sino durante los siglos XVI y XVII entre Castilla, por un lado, y todo el resto del mundo. En América y el Pacífico, por intereses propios de la Corona castellana; y contra el continente europeo, Inglaterra e Imperio Otomano –en Asia, Europa y África- por diferentes motivos.

Castilla pudo soportar tan descomunal esfuerzo durante más de un siglo, pero obviamente era un proyecto viable por mucho más tiempo. Lo cual no puede llamarse Imperiofobia, por usar un término que ha hecho fortuna recientemente, sino tan sólo descripción del desigual, injusto y desajustado Imperio de los Austrias españoles.

 

EL SIGLO XVIII Y XIX BORBÓNICO

 

EL SIGLO XVIII DISMIMUYÓ la desigualdad entre las tributaciones de los territorios de Castilla y Aragón, pero aún así fue mayor la que siguió soportando Castilla.

Los Borbones eliminaron la Corona de Castilla en el siglo XVIII, cosa que no suele recordarse, sino que sólo se reprochan los efectos de la Nueva Planta borbónica en el caso de los territorios de la Corona de Aragón.

De hecho, gracias a las innovaciones borbónicas, América y sus mercados quedaron abiertas al comercio de los territorios aragoneses, y se creó el mercado español unitario, sin aduanas interiores entre reinos, como hasta entonces habían existido.

Ambas circunstancias resultaron muy provechosas para la parte oriental de la Corona de Aragón, especialmente para Cataluña y Barcelona, que es en este siglo cuando comienza a escalar posiciones entre los territorios de Aragón y de España.

El mercado único español y las medidas de proteccionismo frente a los productos extranjeros –mejores y más baratos- demandadas desde Cataluña, fueron la causa de que el maquinismo catalán, una simple mecanización que ni siquiera llegaba al concepto de industrialización, provocase la concentración de la riqueza española en tierras catalanas, que se aprecia durante el siglo XIX.

También las denominadas Provincias Exentas, es decir, las provincias vascas, protegidas por unos fueros respetados por los Borbones, pero expresivas de su vinculación tradicional con el rey de Castilla que era quien concedía tales fueros, comienzan a apuntar un crecimiento económico y demográfico todavía poco significativo, pero que sí sería muy apreciable a lo largo del XIX y más aún del siglo XX.

 

LA DISGREGACIÓN DECRECIENTE DE CASTILLA DURANTE EL XIX Y LA TRANSICIÓN DEL SIGLO XX.

 

LOS BORBONES, TRAS ANULAR, las antiguas Coronas de Castilla y Aragón, organizaron el territorio en intendencias y luego en provincias.

La última división provincial, que prácticamente es la llegada a nuestros días, efectuada en 1833, fue la del político granadino Francisco Javier de Burgos, secretario de Estado de Fomento y ministro de Hacienda. El mapa de las provincias españolas es casi el que ha llegado hasta nosotros.

En esa división provincial de 1833 aparecen por primera vez las provincias de Santander, desgajada de la de Burgos, y La Rioja que agrupó territorios provenientes de Burgos y de Soria

Las variaciones más destacables, desde aquel mapa provincial hasta nuestros días  han sido, por las razones que sistemáticamente se repiten, para perjudicar –para seguir perjudicando, habría que decir- a Castilla:

1.- La comarca de Requena-Utiel, territorio históricamente castellano, y que en 1833 pertenecía a la provincia de Cuenca, fue desgajada de esta provincia castellana e incluida en la de Valencia en 1851.

2.- Ya en la época de las autonomías del siglo XX, las provincias de Santander y Logroño, desmembradas de la provincia de Burgos, como se ha dicho, fueron constituidas –y empleo conscientemente la voz pasiva, porque fue decisión de las élites de algunos partidos- en Comunidades Autónomas propias (lo cual incurriría en algún inconveniente constitucional, si quisiéramos verlo así, puesto que la Constitución de 1978 exige tener personalidad histórica propia a las regiones uniprovinciales -Asturias, Navarra…- que quieran acceder a la autonomía) y desconectadas por entero de Castilla, como si nunca hubiera habido ningún vínculo entre estas tierras.

También el sur de Castilla, la tradicional Castilla la Nueva, fue desgajada del común tronco castellano, y además rebautizada con un nombre extraño, el de Castilla-la Mancha, donde se igualan y unen por un guion conceptos diferentes: un antiguo Estado y al menos una antigua región política, con el nombre de una de las múltiples comarcas.

Que “la” Mancha es el nombre de una comarca, es decir, una parte interna y geográfica de un todo político mayor está tan claro que aparece marcada, incluso, con el signo distintivo que el idioma castellano reserva para las comarcas: ir precedidas por un artículo determinado.

La Mancha, la Alcarria, la Sagra, los Montes de Toledo, la Moraña, la Tierra de Pinares, la Rioja, los Cameros, La Montaña, el Valle del Pas… todo comarcas geográficas pertenecientes a un todo político mayor: históricamente, a Castilla. Hasta el propio idioma, de obligado conocimiento constitucional, incluso para los políticos, según el artículo 3 de nuestra Constitución, lo sabe y con claridad manifiesta así lo indica.

LA ÉPOCA DE FRANCO

EL HUNDIMIENTO ECONÓMICO DE CASTILLA y no ya la emigración sino lo que es más grave la despoblación o pérdida en términos absolutos de población ocurrió durante los años centrales del siglo XX, en especial durante las décadas de los 50, 60 y 70.

A veces he dicho que Triespaña (Madrid, Barcelona y Bilbao) viene gobernando ininterrumpidamente España, y en su provecho, desde mediados del siglo XIX. Pero ello es particularmente cierto durante el Régimen de Franco.

Mientras Madrid, Barcelona y las provincias vascas conocían un superdesarrollo y una superpoblación espectacular, todas las provincias de Castilla y León y de Castilla-La Mancha aceleraban un proceso sin precedentes de despoblación.

Como consecuencia de él, la emigración de las dos Castillas y León fue la primera en número de migrantes durante el franquismo en Vascongadas, Zaragoza, Valencia y Madrid y sólo en Barcelona y restantes provincias catalanas fue superada por la andaluza, siendo en Cataluña la emigración castellana la que ocupa el segundo lugar.

No obstante, la ausencia de medios de comunicación regionales y mucho menos de las dos Castilla y León han hecho que no se hable de este tema, sino que sean Andalucía y Galicia, y algo menos Extremadura, las únicas que tienen “fama” de emigrantes.

Al contrario, por si fuera poco a Castilla, que lo padeció especialmente, se le atribuye el supuesto papel de soporte y zona beneficiada por el Régimen de Franco.

 

LA LEYENDA NEGRA ANTICASTELLANA

De hecho, desde mediados del siglo XIX y mucho más en los siglos XX y XXI, a Castilla además de región o zona hiperdevastada se le ha asignado otro papel suplementario: el de cubo de la basura de las culpas de España.

Comenzó a sembrarse un odio visceral hacia Castilla, repudiada y acusada de todos los males desde los más diversos lugares y plataformas puestas en pie por las enriquecidas oligarquías periféricas.

Se trata de una Leyenda Negra contra Castilla, llena de falsificaciones y desvirtuaciones de su Historia que comenzó a gestarse por los intelectuales románticos periféricos de mediados del XIX, catalanes, vascos y gallegos.

Tal movimiento de infundios y patrañas contra Castilla, que desvirtúan por completo la realidad de lo que había pasado en España desde que se produjo la unión de las Coronas de Castilla y Aragón, encontró eco y divulgadores de primera magnitud y calidad literaria en los componentes de la Generación del 98, ninguno de ellos castellano: todos periféricos, pero todos ellos impactados por el Desastre del 98 y por las oleadas de pesimismo que indujo en la sociedad española.

Había que encontrar un culpable, y lo encontraron ya señalado por esos movimientos regionalistas periféricos desde hacía cincuenta años antes: el culpable de todo era Castilla.

De tal forma, los contenidos de pura invención y embuste de la Leyenda Negra anticastellana, que como se ve es distinta y causada por motivos diferentes que la Leyenda Negra española, encontraron unas formas literarias exquisitas y una altura excelente, por lo que fueron aceptadas por muchos intelectuales posteriores y han pasado a los programas docentes, siendo hoy lo que se enseña a los propios castellanos sobre su tierra, su pasado y su presente.

 

SIGLO XXI. LA SITUACIÓN ACTUAL CASTELLANA

 

 

 

EN ESTOS MOMENTOS, A causa de todos los elementos disgregadores que se han señalado, Castilla se haya dividida en cinco comunidades autónomas sin ninguna vinculación entre sí, como si nunca la hubieran tenido y como si no siguieran guardando unas conexiones culturales evidentes.

Ningún pueblo de la historia ha sido tan frívolamente desmembrado. Y además sin que se sepan los motivos que han llevado a ello por parte de las élites de los partidos, siguiendo las instrucciones que se les hayan dado desde donde sean.

Desde luego, en ningún momento se ha concedido a los castellanos y castellanas el “derecho a decidir” si quieren estar unidos o separados políticamente.

Desde luego, la unidad de lengua, acento castellano –lo que a veces se llama “ausencia de acento”, que es el acento propio de Castilla- y cultura entre unas y otras partes de Castilla, y eso es lo que define a un pueblo, son indudables por más barreras políticas artificiosas que levanten dentro de esa cultura.

 

UN CONSEJO CULTURAL DE LAS CASTILLAS Y MADRID

 

PERSONALMENTE, PUESTO QUE SIEMPRE me ha movido la cultura –y el afecto particular que siento por la cultura castellana, la mía y la que asumí como mía –por contraste- desde que era casi un niño, desde que tuve que salir a la emigración durante esos antes citados años 60 del siglo XX…- me conformaría con que se creara un Consejo Cultural de las Castillas y León.

Un Consejo para armonizar las cuestiones culturales, folklóricas, turísticas, hospitalarias… de las dos Castillas y Madrid, ese territorio el madrileño que queda en medio de ambas Castillas.

Lo cual es otro absurdo, puesto que Madrid además cuenta con el castellano más universal de los posibles: el alcalaíno Miguel de Cervantes, que se extrañaría mucho de haber sido expulsado en nuestros días del concepto de castellano… Él, que en todo momento supo y así lo expuso que escribía en “nuestra impar lengua castellana”.

Un Consejo Cultural de las Castillas y Madrid para coordinar todo lo no político sería perfectamente constitucional, más incluso que alguna regiones uniprovinciales que se han creado en Castilla, como antes se ha dicho, la cual sin embargo sí prohíbe la federación política de comunidades autónomas.

De hecho, ya se celebran de cuando en vez reuniones de autoridades de todas las Castillas para organizar en común asuntos culturales, conmemoraciones, promover en común el turismo por Castilla interior rematado por la oferta de las playas de Cantabria, etc.

Con un par de reuniones al año y alguna exposición itinerante por las provincias castellanas creo que se estaría en camino de desandar el mal camino que lleva Castilla hacia su descomposición.

Y también creo que ello sería bueno para Castilla, para las Comunidades de Cantabria y Rioja, que aunque en principio no participaran en esas reuniones, es muy probable que quisieran asomarse a ese fuerte grupo de provincias que se congregaran en tal Consejo Cultural. Y, a la vez, sería bueno para España.

Una Castilla fuerte, en efecto, sería bueno para Castilla y una fuerza centrípeta para el conjunto del Estado español, como lo ha sido desde su constitución dinástica, en el siglo XV.

Por último, para aquellos que deseen algo más, es decir, algo político, creo que sería bueno recordar las palabras de aquel maestro de castellanía y eminente historiador, académico y político moderado y centrista que se llamó Claudio Sánchez-Albornoz.

A principios de los años 80 del siglo XX, un anciano Claudio Sánchez-Albornoz, que se acercaba a los 88 años de edad, hizo públicas declaraciones como éstas:

“Ha llegado la hora de defendernos unidos, castellanos y leoneses, de un nuevo tremendo peligro.

 Unidos, sobreviviremos; separados seremos piltrafas de las comunidades autónomas: Cataluña, Euskadi y Galicia.

 Únanse todos los castellanos y leoneses. Formen un frente cerrado y poderoso para constituir una gran región autónoma, desde el mar Cantábrico a Sierra Morena, que pueda defenderse de los zarpazos de los demás y mirar el porvenir con esperanza.

 No tengo otra ambición que contribuir a la gloria de España y de nuestra tierra castellano-leonesa. Unidos adelante. Maldición para los que se opongan a esta unión de los hermanos de Castilla y León”

Encomiables palabras con un objetivo posible entonces, si las élites políticas así lo hubiera decidido, como decidieron disgregar Castilla; muy difícil en nuestros días del XXI.

Ahora bien, la creación de ese Consejo Cultural de las Castillas y Madrid puede ser posible de inmediato: en cuando la Ejecutiva de uno o más partidos viejos o nuevos en el poder de estas comunidades castellanas, decidan promoverlo para las tareas provechosas que se han indicado.

 

Juan Pablo Mañueco

Bibliografía general

 

https://www.periodistadigital.com/juan-pablo-manueco/20180113/bibliografia-y-biografia-de-juan-pablo-manueco-2-689403117921/

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Juan Pablo Mañueco

Nacido en Madrid en 1954. Licenciado en Filosofía y Letras, sección de Literatura Hispánica, por la Universidad Complutense de Madrid

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