La Hora de la Verdad

Miguel Ángel Malavia

Diario de un peregrino en Tierra Santa. Capítulo II: Tras el ‘Sí’ de la niña y las huellas del obrero

¡Qué bello es amanecer ante el Mar de Galilea! Estar tumbado y ver cómo los rayos del sol relucen sobre el enorme ventanal; levantarte y asombrarte ante la inmensidad del lago receptor del poder celeste; todo en calma, en paz, en silencio. Saber que estás en Israel, y encima es Sabbath, el día sagrado de los judíos. Ya la noche anterior, en la víspera, al ponerse el sol, pudimos ver las velas. Y en un breve paseo por la calle, la nada. Ni un alma por las aceras, ni un coche. Paolo y yo pasamos por delante de una escuela rabínica. La gente cenaba. Nos hubiera gustado entrar.

Nuestro primer destino, con el calor apretando a las siete y media de la mañana, fue el Monte Tabor, allí donde Cristo se transfiguró en la blancura perfecta. El bus nos dejó en la ladera de un imponente alto. La única forma de ascender (aparte de andando, claro) era con unos taxis, repartidos en grupos. Ya lo viví en Estambul, pero lo de conducir sin reglas creo que es algo propio de todo Oriente. Nuestra furgoneta estaba capitaneada por un fanático de Michael Schumacher, cuya camiseta colgaba en el techo del vehículo, y que se dedicaba a pasar rozando a los ciclistas y a apurar las curvas con el acelerón de sonido acacharrado.

Supervivientes, nos maravillamos con la basílica erigida en la cumbre. Allí rezamos laudes, ante el altar de la belleza, que representaba la culminación en vida de un Cristo que aún debía morir y resucitar. Las capillas dedicadas a Elías y Moisés eran testigos de nuestro gozo. Como Pedro, yo también exclamaba para mí: “Maestro, ¡qué bien se está aquí…”. Hubiera imitado su propuesta de levantar unas tiendas y dormir allí, pero teníamos que ir a Nazaret… Un reparador zumo de naranja natural selló nuestra despedida del Tabor y nuestro punto de partida hacia el lugar donde María y José criaron al pequeño Jesús.

Lo que fue Nazaret, una pequeña aldea judaica de poco más de 100 habitantes, es hoy una ciudad árabe poblada por 70.000 personas. Allí los cristianos suponen un significativo colectivo en medio de una clara mayoría musulmana. Nada más llegar, nos dirigimos a la iglesia de la Anunciación, que se levanta sobre el lugar en el arcángel Gabriel escuchó las palabras de una quinceañera llamada María: “Hágase en mí según tu palabra”. Es grande que Dios quisiera ser hombre, pero aún lo es más que para ello debiera esperar la libre respuesta de una chiquilla de pueblo.

Poco queda de la original Nazaret, pero la emoción que se siente ante los restos de la gruta de la Anunciación –en la que el culto proviene desde muy antiguo, dando a ella una sinagoga de los siglos II y III– es indescriptible. La bellísima basílica que hay sobre la misma es de 1964 (con restos de las construcciones bizantinas y de época cruzada), siendo su decoración y estructura moderna en sus dos plantas, aunque en la primera se mantiene la oscuridad ante el misterio que acaeció en su roca, que se conserva en relativo buen estado. Allí tuvimos una Eucaristía muy especial, con la mirada puesta en la Sagrada Familia. Me recreaba en imaginar cómo sería la vida del pequeño Jesús, quien trabajaba junto a José en la reconstrucción de elementos del hogar. Allí Él lloraría, reiría, soñaría, tendría fiebre, se haría hombre… esperaría su momento. José y María verían crecer a su hijo. ¿Allí moriría el padre de Jesús? ¿En Nazaret descubrió María el luto que hoy veo en la Virgen de la Soledad?

Tras cantar a María en la gruta de su ‘Sí’ y pasear por lo que fue la aldea original (que hoy conforma el conjunto de la basílica), también acudimos a la fuente en la que los ortodoxos cifran el misterio. En una pequeña iglesia de nuestros hermanos en la fe encendimos una vela allí donde ellos consideran que sucedió el hacerse carne humana por Dios.

Nuestra siguiente parada fue Séforis, que en época de Jesús fue la capital de la región en la que vivió junto a sus padres, albergando el palacio de Herodes Antipas. Sólo quedaban restos de mosaicos y pinturas y estructuras de edificios cortadas en su raíz, pero no era difícil pensar que allí, en esa gran urbe, trabajó el Maestro antes de serlo. Nazaret, pequeña aldea, no daría el suficiente trabajo para unos artesanos. ¿Cómo serían los viajes de Nazaret a Séforis? ¿De qué hablarían José y su hijo por el camino? ¿Para quién trabajarían? ¿Se le haría muy larga la espera a la madre y esposa? A mí me gustó especialmente ver las huellas de los carros sobre los caminos de piedra. A ellos contribuirían, seguramente, dos obreros de Nazaret. Y yo seguía su dirección dos milenios después. También fue especial estar en el Sanedrín, pues Séforis fue la capital espiritual de Israel tras la revuelta contra Tito, que en el año 70 d.C. acabó con la destrucción del Templo de Jerusalén.

La jornada peregrina acabó en la actual Caná. Pese a que no se corresponde exactamente con la que aparece en el Evangelio, allí se conmemora el inicio de la vida pública del Cristo. El primer milagro, con la Madre de testigo e impulso, en una fiesta entrañable: una boda, con el amor como colofón. Tres matrimonios que formaban parte del viaje renovaron, con todos como nuevos testigos, sus votos matrimoniales. Mari y yo, en espera del día que ha de ser culminación e inicio, compramos vino de Caná: instrumento mediante el cual Dios se hará presente en la ceremonia junto al pan. Antes de que sea Dios, ya lo tengo. Y lo bebí y disfruté, pues junto a Paolo compré otras dos botellas para las “duras” noches en la habitación…

Una vez llegados al hotel, nos quitamos el sofoco del calor asfixiante con las risas de la piscina y el relax del jacuzzi. Juan Pablo encontró, otra vez, el amor de su vida en una bella hebrea. El día acabó con un paseo nocturno por la costa de Tiberíades. A modo de verbena de cualquier fiesta de pueblo de cualquier lugar, puestos de comida y ropa, música y bailes. Un barco era una discoteca ambulante. Decenas de personas bailaban en puntos diferentes. En el Benidorm de Israel nos sentíamos menos guiris. La cerveza, al menos, no era tan diferente a la nuestra.

Ya en la terraza de la habitación, con la copita de vino de Caná ante la majestuosidad del Mar de Galilea, me sentía feliz. Olía a sal y silencio. Finalizaba un día en el que había caminado por las huellas del Maestro cuando sólo era un obrero que vivía junto a sus padres. Al día siguiente cruzaría esas aguas para encontrarme con el que ya haría milagros y se diría Hijo de Dios. Pensarlo me hizo dormir con una sonrisa.

MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

Autor

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Miguel Ángel Malavia

Conquense-madrileño (1982), licenciado en Historia y en Periodismo, ejerce este último en la revista Vida Nueva. Ha escrito 'Retazos de Pasión', ¡Como decíamos ayer. Conversaciones con Unamuno' y 'La fe de Miguel de Unamuno'.

Lo más leído