
Seis meses después de inaugurarse su pontificado, nadie puede dudar ya que Francisco va a ser un Papa que rompa costuras y marque un tiempo realmente renovado en la Iglesia. Con su valentía al afrontar cuestiones espinosas, como los abusos por parte de clérigos o el escándalo de ciertos golfos en la banca vaticana, Benedicto XVI supuso en sí una llamada de atención para el cambio que estaba por venir. Fue un ‘clic’ que estalló estruendosamente con su serena renuncia. Él allanó el camino para alguien con la suficiente fuerza como para acometer cambios esenciales. Era la hora del Papa revolucionario. Y, por lo visto, nadie mejor para esa difícil misión que Bergoglio, llegado desde la periferia más extrema, la que marca “el fin del mundo”.
No voy a volver a repetir lo que ya he escrito en varias ocasiones en estos meses. Pero sí quiero llamar la atención sobre algo que, a buen seguro, va a ser muy comentado en los próximos días y que va a llegar como un torrente a la opinión pública. Es la entrevista que el Papa ha concedido a Antonio Spadaro en nombre de todas las revistas jesuitas. No dice algo diferente a lo ya dicho constantemente en este medio año, pero, por su repercusión mediática, es de destacar lo que supone un alud de titulares valientes y que a muchos van a sorprender, como estos tan significativos: “Jamás he sido de derechas” y “la religión tiene derecho de expresar sus propias opiniones al servicio de las personas, pero Dios en la Creación nos ha hecho libres: no es posible una injerencia espiritual en la vida personal”. En una larga charla, Francisco aborda infinidad de temas, de un modo absolutamente natural y llano, como abierto en canal. Y extremamente osado, pues el Papa no duda en entrar en las cuestiones más polémicas. Sin embargo, de todas sus declaraciones, quiero resaltar tres.
La primera: “No podemos seguir insistiendo solo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. Es imposible. Yo he hablado mucho de estas cuestiones y he recibido reproches por ello. Pero si se habla de estas cosas hay que hacerlo en un contexto. Por lo demás, ya conocemos la opinión de la Iglesia y yo soy hijo de la Iglesia, pero no es necesario estar hablando de estas cosas sin cesar”. O dicho de otro modo: muchos cristianos se conforman con declararse “provida” y “profamilia”, olvidándose de que la fe es algo mucho más hondo y auténtico, del que el resto de cosas son un reflejo consecuente pero añadido.
La segunda abunda en esta idea y ofrece una alternativa basada en el testimonio como algo preferente: “Veo con claridad que lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas. Ya hablaremos luego del resto. Curar heridas, curar heridas… Y hay que comenzar por lo más elemental (…). La Iglesia a veces se ha dejado envolver en pequeñas cosas, en pequeños preceptos. Cuando lo más importante es el anuncio primero: ‘¡Jesucristo te ha salvado!’”.
Y, finalmente, esta advertencia frente a convertir lo cristiano en algo desnaturalizado, hasta el punto de mutar en una simple ideología de confrontación contra otras: “Un cristiano restauracionista, legalista, que lo quiere todo claro y seguro, no va a encontrar nada. La tradición y la memoria del pasado tienen que ayudarnos a reunir el valor necesario para abrir espacios nuevos a Dios. Aquel que hoy buscase siempre soluciones disciplinares, el que tienda a la ‘seguridad’ doctrinal de modo exagerado, el que busca obstinadamente recuperar el pasado perdido, posee una visión estática e involutiva. Y así la fe se convierte en una ideología entre tantas otras”. Más claro el agua.
Ratzinger, consciente de lo que el mundo necesita y viéndose incapaz de liderar él mismo el necesario cambio, dio paso al Papa revolucionario. Con él ha llegado el “lío” al que el Papa nos llama a los cristianos. Y lo ha empezado a montar él mismo. Que nadie se engañe, su reforma no se va a quedar únicamente en una reestructuración de la Curia vaticana ni en la puesta en vereda de los crápulas con sotana. Va a ir mucho más allá. La conjunción del aire fresco de la Iglesia en América Latina y la inteligencia y finura jesuíticas van a remover los cimientos de esta Iglesia “enferma por estar encerrada”.
Más de uno, dentro de casa, está triste, asustado y desconcertado. Como ya les pasó a muchos cuando el “loco” de Juan XXIII convocó el Concilio Vativano II. Pero esta vez el sueño no será apresado por los oficialistas amodorrados en la autosuficiencia. Mientras, el resto del mundo se congratula con el Papa que necesitaba este tiempo, que ya lo era de agonía para los discípulos de Jesús. Sin tal vez quererlo, ellos, los de “fuera”, son más conscientes de la que se avecina que muchos de los que juegan en el mismo equipo que Francisco.
MIGUEL ÁNGEL MALAVIA

