Por Juan Gracia Armendáriz
ESTA semana una mujer buena murió en Echarri Aranaz. Se llamaba Rosa Mundiaño Ezcutari, y falleció, tras una larga enfermedad, a los ochenta años. Quizá su nombre no sea muy familiar, pero en la Iglesia de Santa María de Echarri no cabía un alma. Rosa Mundiaño era la viuda de Jesús Ulayar Liciaga, ex alcalde de la localidad, asesinado a la puerta de su casa en 1979. Salvador Ulayar, que entonces apenas era un adolescente, vio cómo un vecino, travestido de terrorista, mataba a tiros a su padre. La historia de Rosa, Jesús, Salvador y de toda la familia, la contó Javier Marrodán en un libro ejemplar, impactante y emotivo, Regreso a Etxarri Aranatz, y por él supimos que el asesino, tras cumplir 14 años de condena, salió de la cárcel con título de abogado y fue acogido en Echarri como hijo predilecto, nombramiento otorgado por el consistorio, con la anuencia de PNV y EA. Luego, el siempre caritativo Patxi Zabaleta acogió al abogánster en su despacho de abogados. Mientras tanto, el oprobio de unos y el silencio de otros acosaron a Rosa y a su familia. Ahí siguen los contenedores de basura, en el mismo lugar del crimen, como una simbólica vejación póstuma, a la puerta de la casa familiar, y la pared, como un siniestro paredón pintarrajeado de vivas a ETA. A cincuenta metros se celebró esta semana el funeral de Rosa Mundiaño y la gente llenó el templo. Hubo hermosos cánticos en euskera, hubo una homilía, y aplausos al final del oficio. Me pareció intuir en la atmósfera un acto de contrición comunitario. Aneja a la iglesia, bajo un muro con apariencia de búnker, está la taberna donde se reúnen los opositores a terroristas. Beben cerveza como si bebieran sangre. Al finalizar el acto, la comitiva partió al cementerio. Durante la homilía el cura habló de perdón y descanso. Rosa vivió su viudedad con dignidad y recogimiento, no se abandonó al odio ni al rencor. Ahora es un árbol que ampara a los suyos.