
José Rosado (Periodista Digital).- Matanzas indiscriminadas, saqueos en los comercios y miles de refugiados se cuelan como gotas de agua en la frontera con Uganda. La barbarie que ocurre en Kenia recuerda cada día más a la vivida en Ruanda en la que los enfrentamientos acabaron en genocidio ante la mirada indiferente del resto del mundo.
Ya han muerto 300 personas desde que se iniciaran las protestas por los resultados electorales. El reelegido gobierno, lejos de buscar una solución civilizada, ha ordenado a la Policía disparar a matar a los manifestantes.
Nada más conocerse los resultados, el opositor Odinga llamó a los disturbios, y desde entonces los enfrentamientos no han hecho más que recrudecerse. Las imágenes son estremecedoras: cacerías humanas, jóvenes asesinados a machetazos y miles de refugiados escapando de una inminente guerra civil.
Las imágenes de las mujeres y niños quemados vivos recuerdan ineludiblemente a los horrores ocurridos al genocidio que sacudió Ruanda en 1994.
Considerada una ‘potencia económica’ en el Este de África, Kenia lucha por su supervivencia más allá del conflcito étnica; diferentes expertos tratan de distinguir entre el enfrentamiento que acabó en genocidio al otro lado de los Grandes Lagos.
A diferencia que Ruada, en Kenia existe una diversidad tribal incomparable, donde el grupo étnico mayoritario, los kikuyu, tan sólo representan el 22% de la población. Mientras en Ruanda la mayoría de la población estaba compuesta por hutus y tutsis, Kenia cuenta con cerca de 42 etnias distintas.
La etnia de los kikuyu -a la que pertenece Kibaki- juega un papel dominante en la vida económica del país desde la independencia de Gran Bretaña en 1963. Para Mark Bellamy, antiguo embajador de EEUU en Kenia, «no conviene a ningún dirigente político atizar la violencia étnica».
«Madurez democrática»
No obstante, algunos analistas consideran que estos enfrentamientos son consecuencia de la madurez democrática de Kenia. John Otieno, abogado y analista político keniata apunta que «todo el mundo piensa que es tribal, pero no lo es».
Es una sociedad que toma conciencia de sus derechos, especialmente de que ningún gobierno puede reivindicar un poder absoluto.
Otros analistas, como la keniata Mary Mutua, cree que conforme aumenta el número de muertos, «Odinga es consciente que pronto se encontrará solo y podría querer buscar una solución al conflicto que le haga pasar por un héroe ante la opinión pública.
La mayoría de los observadores subrayan que la particularidad de Kenia respecto a otros países africanos puede ayudar a frenar el caos político y económico.
«Las élites de Kenia han invertido su dinero en Kenia» y no en el extranjero como es el caso en muchos países del continente y «ésta es la mejor razón para que no dejen que el país se derrumbe», afirma un diplomático occidental destinado en Nairobi.
