Obama esconde sus cartas sobre su política en Oriente Medio

Obama esconde sus cartas sobre su política en Oriente Medio

(David Ignatius).- Obama no puede hacer borrón y cuenta nueva. Hereda un legado de odio y recelos. Pero lo que no cambia es la esencia del desafío al que se enfrenta, ayudar a las partes de la región a pasar página y entrar en una etapa nueva.

Quizá Barack Obama se imaginó que podría asumir el puesto el 20 de enero haciendo borrón y cuenta nueva en Oriente Medio. Hablaba de abrir un diálogo con los enemigos de América, como Siria o Irán, en busca de la paz y la seguridad en la región.

Esa imagen de «pasar página» trajo esperanzas a muchos en Oriente Medio, pero motivó la preocupación entre muchos de los intransigentes de todas las franjas. Irán y sus satélites se temieron que la diplomacia estadounidense pudiera socavar su atractivo radical; algunos israelíes se preocuparon por la posibilidad de que las políticas de paz de una administración nueva y desconocida pudieran minar la seguridad israelí.

Pero como demuestra la lucha de la semana pasada en Gaza, no hay nada parecido a borrón y cuenta nueva en Oriente Medio.

La última cadena de sucesos era tristemente predecible: Hamás, movido por Irán y su propia ideología fundamentalista, se negaba a prolongar una tregua de seis meses que expiraba el 19 de diciembre, y reanudaba el lanzamiento de misiles. Los líderes israelíes, empujados por la política electoral y una opinión pública enfurecida, respondieron con un asalto radical a Gaza. Los israelíes podrían haber querido arrebatar la iniciativa Hamás mientras un comprensivo Presidente Bush estuviera aún en el cargo.

Ahmet Davutoglu, el principal estratega en política exterior de Turquía, me había dicho hace dos semanas en Estambul que las opciones políticas de la región se alineaban como fichas de dominó. Esta última semana, todas caían hacia donde no debían.

Las posturas que modelaban esta última ronda de conflicto quedan expresadas de manera resumida en las declaraciones de los dos bandos: Meir Sheetrit, ministro israelí de interior, declaraba a Radio Israel el martes, “El ejército israelí no debe detener la operación antes de quebrar la voluntad de los palestinos, de Hamás, de continuar disparando contra Israel.” Eso es comprensible, en el caso de una opinión pública israelí que pensó percibir la paz cuando Israel se retiró unilateralmente de Gaza en 2005. Pero si este conflicto ha enseñado una lección, es que los esfuerzos por «quebrar la voluntad» del otro bando casi siempre fracasan.

La respuesta inflexible de Hamás se trasladaba en una declaración de su ala militar, citada en el New York Times: «Es más fácil que se seque el mar de Gaza que derrotar la resistencia y expulsar a Hamás.” Hasta el asalto israelí, eso habría sido un alarde hueco; Hamás era cada vez más impopular entre su electorado. Pero los ataques habrían impulsado su popularidad, en Gaza y en todo el mundo árabe.

Los manifestantes pro-Hamás hacían su aparición en las calles la semana pasada, desde Egipto a Jordania pasando por el Líbano y Turquía. De hecho, el mayor temor entre los diplomáticos no es tanto detener la lucha como evitar su propagación.

Atrapados en sus implicaciones se encuentran los regímenes árabes que desprecian a Hamás y a los que les encantaría ver a Israel acabando el trabajo, pero cuyas opiniones públicas están indignadas con los ataques israelíes. Cada régimen está atrapado en un sentido diferente: Egipto, que arbitró la tregua de seis meses, se enfrenta ahora a una intensa presión popular encaminada a ayudar a Hamás; Jordania, temerosa de tener que hacerse cargo de una caótica Cisjordania al colapsar las conversaciones de paz, ha ampliado sus contactos con Hamás y su patrón, Siria.

En una muestra clásica de intranquilidad en el reino hachemita, se dice que el Rey Abdaláh II ha sustituido a su jefe de Inteligencia. Se va Mohamed Dahabi, un respetado ex jefe del gabinete; entra Mohamed Ratha’n Raqqad, un experimentado supervisor de Inteligencia salido de una influyente familia jordana que se forjó fama a base de combatir a grupos islámicos radicales.

Obama no puede hacer borrón y cuenta nueva. Hereda un legado de odio y recelos. Pero lo que no cambia es la esencia del desafío al que se enfrenta, ayudar a las partes de la región a pasar página y entrar en una etapa nueva.

Obama debería forzar la lista de opciones que existían antes del enfrentamiento de Gaza, un acuerdo arbitrado por los turcos entre Hamás y Fatah para ampliar el mandato del Presidente palestino Mahmoud Abbás, de manera que las negociaciones de paz puedan continuar bajo su autoridad en 2009; apoyo estadounidense a las negociaciones de paz entre Israel y Siria, que estaban a punto de pasar a ser conversaciones directas justo la víspera de empezar la batalla de Gaza; e intercambios exploratorios con Teherán para ver si es posible concebir un nuevo marco de seguridad para la región.

Por encima de todo, Obama tiene que encontrar la forma de mantener una visión estadounidense clara e independiente de esta zona de conflicto. La lógica de la guerra autodestructiva está destruyendo Oriente Medio; tiene que haber un camino mejor, y la tarea de Obama es buscarlo.

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Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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