La oferta de Obama al ruso Medvedev

(PD).- A las 48 horas de que Mike Mullen, jefe del Estado Mayor Conjunto del Ejército norteamericano, denunciara públicamente que Irán disponía ya del uranio adecuado para montar su bomba atómica, y semanas después de que los iraníes demostraran que disponen de vectores para lanzar satélites espaciales, se anuncia que el presidente Obama, en carta dirigida al presidente Medvedev, se saltaría la barrera checo-polaca antimisiles a cambio de la colaboración rusa para detener el acelerón final de los persas hacia su meta como potencia nuclear.

Como es natural y lógico, la oferta norteamericana ha sido bien recibida, aunque su aceptación formal podría demorarse hasta el 2 de abril, en Londres, donde se celebrará la segunda ronda del G-20 sobre la crisis económica mundial. O hasta el día 5 del mes próximo, en Praga, donde se celebrará la Cumbre de la UE, con el propio Obama y, quizá, con la diarquía rusa; es decir, con Medvedev y Putin.

Explica José Javaloyes en Estrella Digital que el cambio de la política defensiva norteamericana (y de la misma OTAN) no tiene por qué haberse producido. Y no sólo porque Robert Gates sigue al frente del Pentágono, sino porque, conforme lo señalado por Mike Mullen, lo que han cambiado son las circunstancias. Irán ha llegado en su carrera a las puertas mismas del infierno. Ello fundamenta las razones occidentales para alzar la citada barrera defensiva en el espacio. El riesgo estaba pero la oferta rusa de compartir el uso de la suya propia sobre el mar Caspio podría no equilibrar la percepción de seguridad que brindaba a la OTAN la disponibilidad de un escudo antimisiles integrado en su sistema.

Si ahora Rusia añade a su oferta de seguridad compartida frente al riesgo atómico iraní (el riesgo atómico norcoreano es otra cosa) el compromiso de ejercer una presión suficiente sobre Teherán, para que se descabalgue de su sueño atómico, se llegaría al extremo de que Obama se saltara la barrera checo-polaca, prescindiendo de ella. Cosa ésta que traería seguramente la desactivación de las tensiones rusas con Occidente. Unas tensiones alentadas por el reconocimiento euro-atlántico (con excepciones) de la independencia de Kosovo y que llevaron a la suspensión rusa del Tratado para la Reducción de Armas Convencionales en Europa, a la reanudación rusa de los vuelos estratégicos con sus aviones de guerra, y asimismo al patrullaje estratégico también de su Marina por todos los mares del mundo.

Ese eventual «deshielo» en la relación ruso-americana -propiciado por el multilateralismo al que promete apuntarse la nueva Casa Blanca- no incluiría cuestiones tales como la aceptación occidental de consecuencias políticas de la Guerra de Georgia, durante el pasado verano, como el impuesto desmembramiento territorial de ese Estado caucasiano, al otorgar Moscú la independencia de las regiones separatistas de Osetia del Sur y Abjasia, que fueron rusificadas por Stalin durante el imperio soviético.

Hay otras barreras que la de misiles entre la OTAN y Rusia. Barreras conceptuales sobre la interpretación histórica del post-sovietismo. O sea, por ejemplo, el debate de si la Rusia de ahora tiene títulos de herencia sobre sus entornos europeos. Pero bien está la colaboración ruso-americana para pararle los pies al régimen de los ayatolás.

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