El papa Francisco ha vuelto a alzar la voz por aquellos que el mundo parece haber olvidado: los niños indocumentados atrapados en el limbo de la frontera entre Estados Unidos y México.
En la apertura de la cumbre ‘Amémoslos y Protejámoslos’, el pontífice denunció la falta de protección legal de 150 millones de menores en todo el mundo, niños que no existen para los estados y que, por lo tanto, están expuestos a la explotación, la violencia y la esclavitud moderna.
Entre los asistentes a la cumbre, personalidades como la reina Rania de Jordania y el economista Mario Draghi respaldaron la necesidad urgente de crear mecanismos efectivos para la protección infantil. Sin embargo, mientras las palabras resuenan en los pasillos del Vaticano, en el otro lado del Atlántico la realidad sigue siendo brutal. Las políticas de mano dura contra la migración continúan, con Estados Unidos endureciendo sus expulsiones y preparando la revocación de programas de protección para miles de migrantes latinoamericanos.
Bajo el gobierno de Donald Trump, estas medidas no han hecho más que recrudecerse, dejando a miles de menores atrapados en centros de detención o deportados a países que no conocen y donde su seguridad no está garantizada. Lo más alarmante es que la opinión pública parece haberse acostumbrado a estas imágenes de sufrimiento.
Francisco recuerda que estos niños son la «esperanza de los miles que suben desde el Sur hacia EE.UU.«. Pero, ¿de qué esperanza hablamos cuando las políticas migratorias los tratan como criminales en lugar de como víctimas?
La indiferencia de los gobiernos y la falta de voluntad política para proteger a los menores migrantes son una de las mayores vergüenzas de nuestro tiempo.
Es hora de que los discursos se conviertan en acción y que la comunidad internacional exija responsabilidad a quienes han hecho de la migración un problema, en lugar de una oportunidad para la humanidad.
