Ya llevamos más de 16 años con esta peste que se camufló tras un cuento de "revolución bonita"

Pensar con el trasero

Pensar con el trasero
Nicolás Maduro. VX

Era el 2 de febrero del año 2010 y en mi editorial político diario que para la época hacía en Radio Mambí, de Univisión Radio, en Miami, decía y cito textualmente que «nada tiene que sorprenderle a un pueblo que ha aceptado por más de una década los abusos de un «militarote» infame, traidor a una patria que ha desfalcado y entregado a cuanto chulo y mendicante se le postra o a aquellos que le garantizan formas de permanencia en un poder que lo obsesiona y quiere de por vida…».

Era el 2 de febrero del año 2010 y en mi editorial político diario que para la época hacía en Radio Mambí, de Univisión Radio, en Miami, decía y cito textualmente que «nada tiene que sorprenderle a un pueblo que ha aceptado por más de una década los abusos de un «militarote» infame, traidor a una patria que ha desfalcado y entregado a cuanto chulo y mendicante se le postra o a aquellos que le garantizan formas de permanencia en un poder que lo obsesiona y quiere de por vida…»

Más de cinco años han transcurrido de ese comentario, al «militarote» infame Hugo Chávez le costó caro creer en la excelencia de la medicina cubana y ya no está por estos predios terrenales, pero su peste, el daño aterrador que causó, la violencia y el odio que sembró, todo dio sus frutos y lo padecemos los venezolanos.

Ya llevamos más de 16 años con esta peste que se camufló tras un cuento de «revolución bonita».

Cuando Chávez gana las elecciones de 1998, un dólar costaba 5,64 bolívares viejos; hoy después de 12 años de un control de cambio (5 de febrero de 2003), con una política monetaria concebida para estafar, confundir y dominar al ciudadano, la realidad es que si alguien necesita divisas, tiene que buscarlas en el mercado paralelo y allí un dólar le cuesta 422,54 bolívares mal llamados fuertes. Para dar una idea, el sueldo mínimo en Venezuela es de 6.746,98 bolívares, o sea, unos 13 dólares.

Somos un país monoproductor. Aquí después del petróleo, lo que producimos es delincuentes, unos haciendo de las suyas en las calles y otros en lo mismo pero en el alto Gobierno. Con la baja en el precio del petróleo, el saqueo rojo ha quedado más que en evidencia.

No hay dinero para tapar a «realazos» el horror de haber permitido que un atajo de troperos ambiciosos se erigiera en «reserva moral». Los resultados ya los conoce el mundo.

Donde se le aplaudía a Chávez el grito «exprópiese» no hay medicamentos, no hay comida, no hay productos de limpieza personal ni tampoco detergentes. Quedan pocos medios de comunicación libres y sus dueños y directivos están amenazados y algunos ya fuera del país. ¡No hay! es la respuesta más escuchada.

La realidad, sintetizando, es que un país donde los ciudadanos pasan sus vidas en tensión porque no saben hasta cuándo podrán limpiarse el c… no es un país.

Ver a unos seres abrazados a cuatro rollos de papel higiénico como si de su título de graduación se tratará, es patético. Verlos en colas interminables, día a día, me confirma que fue una táctica aprendida de los Castro.

Me confirma lo que me dijo en 1992 un siniestro personaje de apellido Fuentes de quien se decía que era el representante del G2 en la embajada de Cuba.

Con su aterrador ojo de vidrio (era tuerto) se me quedó viendo y con una sonrisa horrorosa me señaló cuando en la entrevista que le realizaba le pregunté cómo podía ser «victoriosa» una revolución donde el ciudadano se desgastaba día a día en humillantes colas y cartilla de racionamiento en mano.

«Muy sencillo -respondió-, quién pasa sus días buscando un pollito, no piensa en tumbar Gobierno».

Y, muy sencillo, lo impusieron aquí. Le mostraron a Chávez y su banda las razones por las cuales Fidel Castro y su nomenclatura tenían más de medio siglo en el poder.

Le mostraron lo que era realmente «el hombre nuevo», un ser sin dignidad, sin esperanzas, resignado y cuya obsesión es «resolver», aunque hacerlo signifique prostituirse ellos y la familia.

Aquel gorila abyecto que se creyó inmortal arruinó Venezuela y, aunque a muchos de esa «oposición oficialista» les obsesione echarle el muerto al «heredero» Nicolás Maduro, pensando que con eso se aseguran no sé qué, la realidad es que esa peste que irrumpió en 1998 devastó lo que era un país y lo convirtió en lupanar, en guarida.

A Maduro nos lo dejó Chávez y a uno de sus secuaces, el encapuchado Elías Jaua, un terrorista urbano más que reconocido, lo comisionaba a cada rato para que expropiara. No olvido a Jaua en funciones de vicepresidente de esta montonera, que se reía y reía y sigue haciéndolo como hacen los ladrones frente al botín.

Muchos tuiteros me comentan el horror que vivimos. Muchos coinciden conmigo en que esos millones a quienes sólo les preocupa con qué se limpiarán el c… son los degradados venezolanos tan iguales a los de la isla mazmorra. Muchos son los que neciamente decían «no somos cubanos».

Lo que estamos viviendo no es nada comparado a lo que viene. Hay que pensar más que sentir. Esto es una tragedia y hay que superarla. Hay que pensar con la cabeza y abrazarse a la dignidad.

ebruzual@gmail.com @eleonorabruzual

NOTA.- Click para ver otras columnas de Eleonora Bruzual

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