Sí, sin lugar a dudas, urgen varios altos el fuego. Y no sólo en el ámbito interior, anejo, sino también en el exterior, ajeno.
En esa pira de pirados que, según algunas mentes calenturientas, conspira y arde (diseminada en numerosos focos) en el extremo superior izquierdo de la piel de toro puesta a secar al sol que más calienta y al viento que más asusta (pues, aunque parezca mentira, casualmente y causalmente, susto de oro es anagrama de Suso de Toro), porque hasta espanta (y es que, buscándole comparanza al susodicho extremo, éste cada día que pasa se parece más al mapa de “Bonanza”), en la Comunidad Autónoma de Galicia o Malicia (pues, al paso que vamos, si tenemos en cuenta o tomamos en consideración el comportamiento incendiario, mentecato y terrorista (medioambientalmente hablando) de un grupo significativo de cafres, el cambio de la inicial “G” por la versal “M” le conviene, cuadra y hasta va o viene como alianza al anular) el alto el fuego es necesario, perentorio.
En esa pira de quienes aspiraron a ser lo que son, otros pirados, que semeja la frontera y los territorios aledaños a ella y que se extiende entre el Líbano (donde si se liba algo -escasamente dulce- será, con toda seguridad, zumo de ajenjo) e Israel (donde lo real se confunde con lo irreal y viceversa) el alto el fuego, amén de imprescindible juego y/o ruego, se me antoja la égida anhelada y anhelante de Isabel Pantoja, el mejor (galáctico más caro) y más barato profiláctico.
Ángel Sáez García
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