El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Una mujer pobre y una pobre mujer

“Os lo repito; es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de los Cielos”.

Mt. 19, 24 (Mc. 10, 25; Lc. 18, 25)

Si usted, amable, atento, dilecto, discreto y selecto lector de estos renglones torcidos, ronda los treinta (o los sobrepasa), habrá escuchado más que probablemente, con toda seguridad, y hasta me atrevería a añadir, sin ningún temor a marrar, que en más de una ocasión, decir a alguien que determinados hombres son tan pobres que no tienen otra cosa que dinero, el excremento del diablo.

Ignoro si usted ya conoce el cuento, la anécdota. Al menda lerenda, “Otramotro”, apenas un as o comino, poco, muy poco, le importa que éste tenga, o no, base real, que ésa sea verídica o fantaseada. Si lo/la trae aquí y ahora a colación es porque considera (y hasta cree a pies juntillas) que la moraleja que contiene, si logran extraerla un gran porcentaje de cuantos lo/la lean, puede aprovechar a muchos, o sea, resultar didáctica a tope, quiero decir, ser útil a bastante peña. Ahí va, por tanto, la conseja.

Una señora que frisaba los cincuenta, con permanente, enjoyadísima, vestida con un traje rojo, con los zapatos y el bolso a juego, también bermejos, ergo, conjuntada, salía en ese preciso momento por una de las puertas del hipermercado que comunicaba con uno de los pisos del parking en compañía de su mucama, que iba a su zaga, empujando el rebosante carro con la compra recién hecha. Una perspectiva cenital del mismo nos informaría pormenorizadamente, sin duda, de lo que sobrenadaba en el susodicho, néctares diversos y ambrosías varias, los caldos y manjares mejores, las bebidas y viandas más caras.

Cuando la señora se dispone a abrir el maletero de su cochazo (le ruego que sea usted quien elija la marca y el modelo, porque servidor es un lego en la materia), se da cuenta de que una mujeruca enlutada, que lleva en su mano izquierda un manojo de hierbas, de las que crecen en las bases y junturas de los pilares con el suelo del parking, donde tienen el hábito de aliviarse y marcar territorio los canes, acaba de arrancar unas cuantas de la columna más cercana.

-Perdone, señora, mi curiosidad. ¿Puede decirme qué es lo que anda haciendo usted, ahí, encorvada? (le pregunta la ricachona a la pobretona).

-Puedo. Estoy recogiendo hierbajos. Son para comer. Hace dos días que no nos alimentamos de otra cosa en casa.

-Vaya, lo siento; de veras (la sibarita y fautora abre su bolso, saca su cartera y extrae de la misma –¿un buen fajo de billetes?; ¡qué va!- una de sus tarjetas de visita, que entrega a la cada vez más atónita, epatada y entre indignada y pasmada indigente, conforme escucha lo que continúa). Ahí aparece mi dirección; si quiere, mañana mismo puede venir a comer a mi casa.

-Se lo agradezco mucho, pero es que tengo una buena recua de hijos y…

-Que vengan también con usted.

-Es que mis hijos mayores están casados y, asimismo, tienen familia.

-Lo dicho. Quedan todos invitados.

-Pero, ¿está usted en sus cabales?

-No, señora; yo no estoy loca. En el perímetro inferior de la tapia que rodea mi mansión la yerba está así (y acompaña la dicción con el gesto de llevarse la diestra, con la palma abierta y paralela al suelo, a la altura del ombligo) de crecida. Calculo que tendrán yerba para una semana larga.

(Coda: Salvando las distancias, a la mucama del cuentecillo le ha ocurrido con “Otramotro” algo parecido a lo que le sucediera al mozo de campo y plaza de “El Quijote” con Cervantes, que se olvidó de ella.)

Ángel Sáez García
[email protected]

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

Lo más leído