EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (L)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
Eres inasequible al desaliento. Y, como el buen paremiólogo que, sin ningún lugar a dudas, también eres, te consta qué dice cierto refrán castellano: “El que no llora no mama”.
Me conoces (ya sabes que soy refractario a los encargos; ergo, por dónde te voy a salir: “Contra el vicio de pedir, la virtud de no dar o denegar”), pero insistes y sigues, erre que erre, en tus trece.
Me temo que hoy no tengo las meninges ni puestas ni dispuestas ni predispuestas (sino indispuestas) para sonetos.
Te agradezco mucho que hayas dejado aquí constancia del estupendo (dice verdades como puños, pero que se pueden y deben complementar y completar —sabes que soy un ecléctico— con otras) poema de la brasileña Martha Medeiros, del que y de quien desconocía su existencia. El menda no es que tenga algunas lagunas; las suyas merecen el adjetivo de oceánicas. Ya lo dijo Isaac Newton: “Lo que sabemos es una gota de agua; lo que ignoramos es el océano”.
Ya queda menos (a mí apenas un día para terminar mis vacaciones y a ti aún algunos para empezarlas). Lo bueno, lo comprobarás un año más, pasa volando: cervus (tempus) currit ut volet (“el ciervo —el tiempo— corre tanto que parece que vuela —o que se las pela—”).
Me ha gustado mucho, muchísimo, la necrología o el obituario que le has escrito a tu finado automóvil. Ni que te hubieras leído las/os muchas/os que trenzó al respecto uno de los mayores expertos en tales urdiduras, César González-Ruano, quien, si no marro, ganó el prestigioso premio Mariano de Cavia por el artículo titulado “Señora: ¿Se le ha perdido a usted un niño?”.
Lamento la pérdida de vuestro coche viejo y que debáis afrontar otra letra mensual, la correspondiente al nuevo. Ergo, ahí va mi ¡adiós! a la máquina (como la llaman los italianos) que dejó de funcionar y mi ¡hola! a la que estrenaréis pronto.
Ya estoy en Tudela (sensu stricto, mi dela), que he rebautizado con el nombre literario de Algaso.
Este año he disfrutado más en los trayectos (de ida —dándole a la mui o sin hueso con Javier, mi cicerone— y vuelta —con Mary, quien es un vivo retrato de mi apócrifa, por irreal, y creativa musa, “Belén”, y con “Rafa”, si no marro, un ducho programador alfareño) que durante la estancia. Pero vengo relajado, que era mi propósito. Allí, en el Edén, este Adán u Odón ha dejado las toxinas que acumuló durante el año y ha vuelto con las pilas recargadas.
Mañana me pondré al día y algún lector (o lectora) habitual o esporádico se sorprenderá gratamente (eso es lo que deseo y espero, al menos).
Como ya sabes cuál es la despedida, te/se la ahorra
Ángel Sáez García
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