EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (LXXV)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
Te haré caso y me creeré un copo de nieve. Para evitar malentendidos, porque puede haberlos, seré más preciso o especificaré. No me creeré que yo soy un copo de nieve (aunque, en mis momentos de mayor locura, puedo ser capaz de creerme el susodicho y aun a pie/s juntillas), sino que me creeré un copo (anagrama de poco) de nieve de cuanto aduces.
Sabes (te consta) que la prudencia (si consideramos cualquiera de las tres acepciones que da el DRAE por separado, en pareja —son posibles tres— o en su conjunto) es más una gracia, una virtud, que otra cosa (un vicio, verbigracia). Al parecer, tú adviertes o captas en ella lo que yo suelo ver en cada una de las personas que conozco, un poliedro de muchas caras. Yo me he acostumbrado a observar su cara clara (o evidente). Pero puede que tenga, como la luna (tú, al menos, das a entender que la ves), su cara oscura (u oculta).
Creo, sinceramente, que, si antes no nos ponemos de acuerdo en lo importante, en qué significan las palabras, nuestra discusión puede devenir bizantina.
A tu primera cuestión, contesto que no es prudente, sino negligente o propio de la dejadez (no de la prudencia).
A tu segunda pregunta, respondo que el verdadero ciudadano debe tener criterio y, por lo tanto, la obligación de criticar cuanto no vea bien (actitudes o hechos) en sus representantes. Empero, añadiré lo mismo que Ulpiano, que “alterum non laedere” (“no molestar al otro”) es uno de los principios del derecho (aunque tú, un provocador de marca mayor, hagas como que lo ves al revés).
Disfruta a tope del antruejo, de los carnavales, con la máscara más cara o la más barata, pero siente (convéncete de) que tú vales mucho. Sé (me consta) que te pones el disfraz de impostor con el objeto de sacar lo mejor de mí.
Celebro que el soneto (al menos, los dos tercetos) haya sido de tu agrado.
A mí, sin embargo, me ha tocado bailar con la más fea. Mi madre ha vomitado la comida (el primer plato, unas pochas —si las hubieras probado, hubieras podido comprobar que exigían, como pareja de baile, la locución “de rechupete”— que estaban de miedo, divinas de la muerte —mi primo José Félix suele decir, cuando algo le parece exquisito, por esas cosas que tiene el lenguaje, que está “de muerte”—) y se me ha agriado el estómago. Tras fregar, secar y recoger la cocina, mientras ella sesteaba, he estado haciendo la compra en el súper y en la carnicería. Ahora, cuando se ha levantado de la siesta, se ha tomado las pastillas con un flan y parece que las unas y el otro le han sentado bien. La he dejado con mi hermano Miguel Ángel, “el Chato”. A las seis menos diez habrá pasado su amiga Carmen para acompañarla al centro de los jubilados.
Déjame comentarte (a ver si consigo hacerlo con la mitad del arte que has logrado derramar tú sobre tus sentidos versículos) que has urdido un estupendo panegírico en verso libre al hijo de Lucía, que, desde ya, luce un poco flamenco, libérrimo, junto a la estrella que ha caído rendida y vencida ante las notas o el sonido envolvente que mana de su guitarra eterna.
Gracias, por acordarte con arte de Paco, que, inopinadamente, a los sesenta y seis años, nos ha dejado huérfanos de ese misterioso ángel, duende, embelesamiento, que no miento, o encanto inefable; un genio en el manejo del instrumento de las seis cuerdas; por hacerlo con tan apropiados, líricos y/o poéticos versos.
Te alaba el gusto quien te saluda, aprecia y abraza,
Ángel Sáez García
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