MISIVA A ISIS, MI MUSA TINERFEÑA (1)
Dilecta Isis:
¿Que cómo estoy? Sumamente admirado y agradecido por las letras que agavillaste o reuniste para conformar los párrafos de tu respuesta, que acabo de releer. Pero, parándome a reflexionar y valorar dos segundos (como noto que me he quedado corto, agregaré al susodicho par algunos más) mi parecer, he concluido lo que considero o reputo lo lógico y normal: Eres una inagotable caja de sorpresas gratas, dichosas. Los dos abrazos que nos dimos (castos, sí —al menos, por mi parte—, pero he advertido en la estela que ambos han dejado un ápice o pizca de libido) fueron para mí la repanocha. Los disfruté tanto que, ahora que los recuerdo, los vuelvo a gozar sobremanera.
La vuelta (si me olvido de este episodio frustrante, que no puedo echar en saco roto: cuando fui a facturar la maleta, la señorita del personal de tierra de Aireuropa —trencé al respecto una décima acaso exagerada e inoportuna, porque un soldado forma, pero no conforma, tropa—, compañía con la que volaba, que me tocó en suerte y atendió, me hizo apoquinar —de mala gana, claro, por mi parte— la incómoda cantidad de sesenta euros por la misma, que apenas pesaba doce kilos) fue ingrata. A la ida no tuve ningún problema (nadie me advirtió del hecho).
Y yo, y yo. Las gracias te las tengo que dar yo a ti por propiciar que escriba lo que trenzo. Puedo asegurarte que se goza un montón teniendo un muso (mi hermano lo fue, verbigracia, el primero y único de mi larga lista femenina de las tales), pero el gozo es el doble (o el triple, por la variante sexual, que entra a formar parte del asunto o tema) cuando tienes una musa (que no se tiene que esconder debajo de una mesa ni ir a misa a confesar que lo es).
Si urdí esas líneas, puedes estar segura de que fue por esta sencilla razón, porque te las habías ganado a pulso, te habías hecho digna merecedora de las mismas. Me encontré a tu vera a gusto; diré más, en la misma gloria. Me gusta esa expresión que le solía venir a la boca al Chavo del 8 con cierta frecuencia, “sin querer queriendo”, pero, en mi caso, puedo confirmarte (sin ser obispo ni un enviado suyo, especialmente habilitado por el tal) que fueron voluntarias. Como las que le siguieron, que agrupé en la décima que titulé “Cuando menos te lo esperas”, en la que aparece tu gracia de pila o nombre verdadero, Isis.
Me conformo (porque, en el supuesto de que no me dé por satisfecho, auguro que será peor) con el sucedáneo de abrazo (aun siendo grande) que me mandas, que nada tiene que ver con los dos tamaños que nos dimos mutuamente otrora, porque esos sí que fueron la caraba, la repera.
Espero seguir haciendo lo propio, y recordándote mientras te admiro o viceversa, admirándote mientras te recuerdo. Te encargo lo que, asimismo, te remito, que le des dos ósculos a Marimar, tu retoño con moño, tu oponente adolescente.
Un abrazo (a ver si se parece a los tuyos, porque das unos abrazos que vivifican).
Sigue prendado de tu arrolladora persona(lidad) quien es fiel y leal con las mujeres que lo mejoran,
Ángel Sáez García