MUCHAS GRACIAS, JESÚS, POR TUS RENGLONES
Dilecto Jesús (Arteaga Romero):
Gracias, muchas gracias, por los renglones de los dos escritos (servidor tiene pocas cosas claras, pero una de ellas es, sin hesitación, esta, que siempre intentará mostrarse compasivo con los demás y serán para él bienvenidas todas las muestras de empatía, procedan de quienes o donde procedan) y por la foto de José Ignacio Santaolalla, que me has mandado. Ya le he escrito al susodicho dos cartas, que publicaré los próximos días. Aún no las he subido a mi blog. Si lo conocí antaño, aunque los rasgos sean los mismos que tenía otrora, reparo en que es ahora, cuando contemplo su foto, cuando le pongo cara, la que, poco más o menos, debe tener en estos momentos, conjeturo.
Así es, por Pío Fraguas (con quien zuriteo y charlo y me río los sábados, en la grata compañía de su pareja, Diana) sé de tu fuerza de voluntad, ante los numerosos reveses que lleva procurándote sin ningún miramiento el azar. Lamento tu estado de salud, manifiestamente mejorable, pero me temo que el abajo firmante, tu exalumno, Otramotro, es, mutatis mutandis, una mera copia tuya. Cuando vuelva de mis nueve días de vacación por la isla donde se yergue imponente y majestuoso el Teide, el 26 del corriente mes, Miércoles de Ceniza, tendré que pasar de nuevo por el quirófano, para que el doctor Iñaki Alberdi me extirpe la vesícula biliar. Así que te brindo hoy lo que me doy a diario, ánimos, y te exhorto a que sigas manteniendo el sentido del humor que te permite soportar estoicamente todo lo que te dé Dios (si es que a ti y a mí nos da algo, bueno o malo, que cada día estoy y soy más escéptico, maestro y amigo).
Te confirmo que el mismo texto que te remitió José Ignacio a ti me lo envió también a mí. Lamento tener que iterarme y trenzarte tres cuartos de lo propio que ya le comenté a él, que, si algún día tuve conocimiento de esos dos chascarrillos, que lo pongo en tela de juicio (porque tengo una memoria de elefante, músculo que empecé a ejercitar en Navarrete, con vosotros, religiosos camilos, pero es falible), lo he olvidado. Te iba a contestar lo mismo que respondió el general Ros de Olano cuando, en cierta ocasión, alguien le preguntó por la tesis que quería defender o sostener en su obra “El doctor Lañuela”, un libro de carácter esotérico: que, cuando lo escribió, solo Dios y él lo sabían, pero ahora, una vez había visto dicho volumen la luz, solo lo sabía el Trino, Dios.
Sirvan o no de algo, te agradezco, de veras, tus oraciones por mis dos deudos recientemente finados. Sé que oraste por mi señora madre, Iluminada, con indeclinable fe (de ese mismo cariz o jaez era la suya).
Te abraza y anima a que sigas peregrinando por este valle de lágrimas (beneficia un montón que algunas sean consecuencia directa de carcajadas) quien tanto te debe (pues teneros a ti y a Pedro María Piérola y a Salvador Pellicer y a Ezequiel Julio Sánchez y a … como educadores, guías, maestros, segundos padres, me ayudó a esculpir mi cerebro y mi personalidad),
Ángel Sáez García