POR LA CORAZONADA QUE IRIS/ÁNGEL TUVO
“(…) A pesar de todo lo que les digan, las palabras y las ideas pueden cambiar el mundo (…). Les contaré un secreto (…): no leemos y escribimos poesía porque es bonita. Leemos y escribimos poesía porque pertenecemos a la raza humana; y la raza humana está llena de pasión. La medicina, el derecho, el comercio, la ingeniería son carreras nobles y necesarias para dignificar la vida. Pero la poesía, la belleza, el romanticismo, el amor son las cosas que nos mantienen vivos”.
Les dice el profesor John Keating, Robin Williams, a sus alumnos en la película “El club de los poetas muertos” (1989), dirigida por Peter Weir.
Toda persona o entidad que se ocupa de la prognosis, de prever el futuro, sea singular, dual o plural, nacional o internacional, independientemente de que la predicción llevada a cabo haya sido de un jaez o de otro, amatorio, atmosférico, cultural, económico, político, social,…, una vez hecho el augurio, una de dos, o marra o acierta, es decir, o termina estrellándose contra la dura realidad, que siempre acaba imponiendo su criterio, u otorgándole esta una estrella más de las que atesoraba o poseía, por haber dado, debido a la corazonada que tuvo, de lleno en el blanco o centro de la diana, como acostumbra a hacer la auténtica poesía.
Quien se dedica a aventurar qué viento va a soplar y a qué velocidad, esto es, cuanto nos aguarda a corto, medio o largo plazo, que acaso sea un invidente con una nariz y un oído finísimos, conoce el percal, o sea, sabe el riesgo que corre quien (hembra o varón), como él, decide lanzarse a la piscina sin saber, a ciencia cierta, si está llena o vacía, solo por confiar ciegamente en su sexto sentido (que otros llaman instinto), que le dice que haber escuchado nítidamente cómo un chorro (o varios) de agua fluía/n sin parar cerca le hacía/n suponer que le esperaba un alter ego de esa colchoneta proverbial que suelen desplegar, para amortiguar el golpe de la caída, los bomberos.
Si nos fijamos en las calamidades habidas (y padecidas otrora por nuestros ancestros) en el pasado siglo XX, y somos conocedores (que no significa que seamos ni nada ni un poco ni medio creyentes) de la teoría del eterno retorno, seguramente, pronosticaremos lo obvio, que, como eso mismo le ocurre a cada tempestad, que suele ser perseguida y rastreada por una etapa de bonanza, a la presente y diuturna catástrofe de la covid-19 le irá, probablemente, a la zaga una husmeadora época, más o menos larga, favorable, halagüeña, como los felices años veinte siguieron el reguero de muertos que dejaron a sus espaldas la Primera Guerra Mundial y la mal llamada gripe española; y, asimismo, aunque no en todos los países del mundo por igual, la creación de los Estados del bienestar siguieron la estela que había dejado la Segunda Gran Guerra.
Como no hay mal que por bien no venga, esta es la corazonada que han tenido y compartido (y comparten y compartirán) Iris y Ángel, a más de dos mil quinientos kilómetros de distancia, que, transcurridos más de dieciocho meses de la última vez que se vieron físicamente, tras vencer las vacunas al SARS-CoV-2, ellos, dos cuerpos destinados a compartir una sola alma, un solo corazón predestinado a palpitar en dos pechos, podrán, por fin, hacer lo que tanto han anhelado, abrazarse y besarse sin miedo a contagiar/se, es decir, amarse sin medida, porque es lo que, al menos, ambos intuyen, que de amar una/o no llega jamás a hartarse.
Y es que, como cabe leer, porque así lo dejó escrito Julio Cortázar en el capítulo 28 de “Rayuela”, “probablemente de todos nuestros sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose”.
Emilio González, “Metomentodo”.
Ángel Sáez García