EL MITO ES UN RELATO DE FICCIONES
QUE NARRA DE VERDADES UN ACERVO
Nihil novum sub sole. Nada hay nuevo bajo el sol. Aquí, en el planeta Tierra, sigue pasando lo que ocurrió y continuará aconteciendo lo que acaeció, mientras el mundo siga siendo (in)mundo, un siglo tras otro, como desde la noche de los tiempos viene sucediendo y así lo seguirá haciendo, me temo, hasta que llegue el fin de los tales (que acaso no venga determinado o marcado, como en las películas, por un cartel que contenga tres o más letras que signifiquen lo mismo, que el filme que se estaba viendo/oyendo ha arribado a su fin).
Por mucho que me esfuerce en educar lo mejor que sé a mis alumnos, quienes me escuchan y me leen (cuando me escuchan y me leen), mi sacrificio está condenado a la inutilidad total, a quedar en agua de borrajas o cerrajas, en nada (de nada). Las líneas precedentes, las que acabo de trenzar en este parágrafo, el segundo del texto, no las urdió Pedro María Piérola García, no, pero me da en la nariz, y por eso he decidido apostar doble contra sencillo que otras semejantes, al menos, sí las pensó, porque han sido las que me han brotado y fluido libremente cuando he pensado en su magisterio inmarchitable, infinito. Así que me desdigo, no. Su esfuerzo/sacrificio no fue baldío (¿ni el mío?).
Todos los profesores de letras (bueno, si no todos los que han sido, son y serán, la inmensa mayoría de los tales, seguro) sabemos, a ciencia cierta, que los mitos son importantes, porque contienen o encierran un cúmulo de verdades (dentro de sus mentiras, que pueden sernos beneficiosas y útiles, aunque para un porcentaje, ¿el grueso?, no lo sea) como puños, y acarrean la clave que nos deja expedito o franquea el acceso o, en su defecto, portan la llave que nos permite abrir el cofre donde cabe hallar cuanto es significativo, pertinente, distintivo y relevante, para el hombre (en genérico, como especie). Narran historias de sentimientos humanos, desde el amor, el odio, la amistad, la esperanza, hasta… la muerte y aun la resurrección; emociones ajenas que despiertan las anejas, nuestras, propias (y es que así llegamos a comprender y comprendernos, pues, haciendo el esfuerzo de entender a los demás, los otros, conseguimos entendernos a nosotros mismos, y viceversa, bidireccionalmente). En el mundo actual no hay ni hallamos enfrente monstruos multicefálicos, como la hidra de siete cabezas, con los que tenemos que luchar heroicamente, a brazo partido, para aprehender y aprender el DES (acrónimo del único trío inexcusable en educación que lleva, antes o después, indefectiblemente, al éxito: dedicación, esfuerzo y sacrificio), avanzar y enriquecernos (de saberes, no de dineros, crematísticamente, aunque puede que la última sea una mera consecuencia o efecto colateral de la primera), pero son varios los problemas que nos acucian y, paulatinamente, vamos descabezándolos o derribándolos, uno a uno, como si fueran muñecos del pimpampum puestos en fila sobre la balda de una caseta de feria, con nuestra inteligencia poliédrica, armada de pelotas de tela, en lugar de blandir nuestras manos espadas de doble filo.
Los mitos son canales por los que circulan sentimientos y pensamientos primordiales, prístinos, profundos, y principios y valores imperecederos; y esa realidad incontrovertible, irrefutable, es la que favorece o propicia que sean vistos, por cuantos hicimos el esfuerzo/sacrificio de desentrañarlos y enseñarlos, como pilares básicos, fundamentales, de nuestra cultura. A pesar de los numerosos avances científico-técnicos que hemos experimentado, innegables, el hombre (ella o él) sigue siendo, en esencia, el mismo; o sea, que, vamos a volver, me temo, como la pescadilla que se muerde la cola, al comienzo de este texto, al latinajo que lo arrancaba y cabe leer en el Eclesiastés. Y es que, ciertamente, el desarrollo de la tecnología ha cambiado el panorama, la manera de ver los casos y las cosas de este mundo inmundo, verbigracia, la de amar y guerrear, pero no ha logrado suprimir ni el amor ni la guerra, aunque haya quien (bien sádico, bien masoquista, su complementario) cuando hace el amor parece que esté haciendo la guerra, viviendo un episodio (¿colateral?) bélico.
Ángel Sáez García