HAGA LO QUE HAGA Y DIGA LO QUE DIGA
NO VOY A SALIR NUNCA BIEN PARADO
¿Para ser considerado un tipo o tío decente uno debe decir siempre la verdad pura y dura o callarla cuando sabe, a ciencia cierta, por experiencia propia, cuál puede ser la consecuencia indeseable, el efecto colateral pernicioso, que, sí o sí, puede derivarse o acarrear dicho proceso, al constarle al sujeto que se dispone a proferirla la piel fina, finísima, que gasta quien va a enfurecerse, seguramente, nada más oírla, esto es, conoce, de antemano, el resultado, pues las yemas de sus dedos cataron, porque palparon, varias veces el mismo paño o percal?
El tándem que forma la honestidad de una persona (o sea, la dignidad de cuanto hace, sus actos o comportamientos, y dice, criterios, más o menos razonados o argumentados, con arreglo al estado y a la calidad de cada quien), cuando se empareja con una sinceridad total, completa, absoluta, puede devenir en una bomba que, cuando explota, hace añicos cuanto encuentra a su paso, a la velocidad del rayo, en su onda expansiva.
Siempre recordaré la tarde de aquel día en el que, de consuno, o común acuerdo, decidimos aspirar a ser honestos, a ser sinceros, pero en grado sumo, y yo me brindé a ser el primero del grupo en someterse a dicho vapuleo. La experiencia fue tan terrible que no hubo más sesiones de sinceridad suprema. El tutor, de manera acertada, las consideró contraproducentes. La injusta colección de reproches que me hicieron mis propios compañeros, a quienes les tenía un evidente aprecio, devino en que, al observar la piel que levantaron sus latigazos y padecer el notorio dolor que me infligieron sus humillaciones, le refiriera a quien se le había ido el experimento de las manos, qué había notado quien se había sometido a dicha somanta o tunda de palos, servidor; qué sensación brotó, nació o surgió en mí, una aversión, una animadversión y una inquina insólitas hacia él, por ser el proponente y máximo responsable del desaguisado, y hacia mis sádicos colegas.
A uno de los que me zahirieron de manera inmisericorde, me quedé con ganas de decirle cuanto pensaba de él, cuando le tocara su turno, esto:
“Eres un perro verde o, mejor, azul, amigo mío. No hay manera de acertar contigo. Si me muestro alegre, porque te veo complaciente, contento, y te digo que celebro verte ufano, radiante, eufórico, sales por peteneras, argumentando, por ejemplo, que, si, como solo son plenamente felices los tontos, te estoy llamando, indirectamente, a ti zo(que)te. Si te veo bajo de ánimo, triste, y me intereso por conocer la causa de tu depre o melancolía, porque me molesta que un amigo (ya sabes que te considero uno de mis mejores amigos, aunque no te lo diga a diario), me largas que acaso sea uno de los causantes de tu desgracia. Y, como no te conformas con poco, sigues con que, si no soy el origen, he contribuido a ella. Mutatis mutandis, me siento, porque padezco y parezco el destinatario de esa copla que hay quien adjudica a Antonio Machado y forma parte del estribillo de esa canción que, si no marro, interpretaba Emilio José, y dudo si no fuiste tú quien, disfrazado de Euterpe, inspiraste sus notas a quienes compusieron su música, Mauricio López de Arriaga Hernández, Jorge Eduardo Murguía y José Antonio Aguilar Jiménez: Ni contigo ni sin ti / Tienen mis males remedio. / Contigo, porque me matas; / Y sin ti, porque me muero”. Puede que, si hacemos el esfuerzo de encontrarle un rastro, el origen de dicha idea quepa hallarlo en este dístico del bilbilitano Marco Valerio Marcial: “Difficilis facilis iucundus acerbus es idem. / Nec tecum possum uiuere nec sine te” (“Difícil y fácil, alegre y arisco, eres tú mismo. Ni contigo puedo vivir ni sin ti”).
“Si gozo de que todo te vaya bien, porque eso me complace, de veras, te parece mal que me alegre. Si me lamento de que te vea mustio, porque, me ocurre lo propio, pero al contrario, que lo deploro, pones en tela de juicio que me apene. La cuestión es quejarte de todo y por todo, y hacerme responsable de cuanto malo te pasa e irresponsable de cuanto bueno. Si yo veo el arcoíris a ti te da por guiparlo todo negro, y viceversa. Como odias el término medio de Aristóteles, donde él colocaba la virtud, porque detestas lo tibio, lo mediocre; y que te anime, o lo opuesto, que no me muestre empático, o no te colma o juzgas el colmo, ya sé que, haga lo que haga y diga lo que diga, cuando me topo y paro a hablar contigo, no voy a salir nunca bien parado”.
Eladio Golosinas, “Metaplasmo”
Ángel Sáez García