El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Dios quiera que alacranes no seamos

DIOS QUIERA QUE ALACRANES NO SEAMOS

Ayer soñé, una y otra vez, de manera “eternorretornable”, en plan bucle, que volvía a rememorar y escuchar aquello que antaño nos adujo Pedro María Piérola García al final de una clase de Lengua y Literatura Españolas (me consta que en algún texto anterior, ignoro si publicado o sin alumbrar todavía, pero ya subido a mi bitácora, el blog de Otramotro, aquí, en Periodista Digital, tomé la decisión de aclarar que no fue él el religioso camilo que nos impartió dicha asignatura durante los tres años académicos que cursamos, al menos, sí quien firma esto abajo, en el seminario navarretano, sino Jesús Arteaga Romero, de quien, por cierto, mi amigo Pío Fraguas, con quien coincidí dos temporadas por aquellos lares u hogar, que considero mi cielo en el planeta Tierra, me acaba de dar la triste nueva de que Arteaga falleció ayer, mientras servidor redactaba estas líneas a bolígrafo en una media cuartilla amarilla; R. I. P., D. E. P., descanse en paz): “Cuantos de vosotros renunciéis a seguir la carrera eclesiástica y os decantéis en el futuro por dedicaros a escribir en los periódicos y/o libros (de todo tipo) tened siempre en cuenta y presente que, si tenéis un miedo cerval a lo que los críticos literarios puedan decir o escribir de vuestros escritos, lamento adelantaros que habréis dilapidado o malgastado vuestro preciado y precioso tiempo, todo el que hubierais invertido. Y más os valdría, por tanto, que buscarais otro menester más acorde con vuestro temperamento y os sacarais del cacumen o de la manga otro oficio no expuesto a tanto ofidio suelto, ya que en eso consiste, básicamente, la labor de los críticos literarios actuales, en dar cera, locución verbal que se usa para no caer en el vicio de repetir “criticar severamente”, cual Zolio. El verdadero fin u objetivo de los mencionados, por las numerosas muestras que dejan sus rastros, huellas o estelas y uno lee, parece ser desanimar a los débiles de carácter, para ver si así dejan vacantes los escaños respectivos que ocupan y puedan aspirar a ellos quienes tienen los redaños bien puestos, en su sitio, poco más o menos, lo que, cuando son las fiestas patronales de vuestras localidades y vais a la feria, os dedicáis a hacer vosotros, al optar por gastar parte de vuestros cuartos en la caseta donde lanzáis pelotas forradas contra una serie de muñecos puestos en fila sobre una balda, al inclinaros por jugar al pimpampum”.

En otros sueños anteriores, a Piérola, a quien he comparado en textos alumbrados o sin publicar con Juan de Mairena, el ficticio profesor de gimnasia y retórica que salió del caletre de Antonio Machado, lo recuerdo aleccionándonos oportunamente, en el supuesto de que alguno de nosotros deviniera, por extrañas carambolas del destino, que otros llaman, sencillamente, chiripas o serendipias, en crítico literario: “Esforzaos por ser justos, esto es, no seáis nunca parciales y, si alguna vez pecáis de faltos de ecuanimidad, que sea por causa de la relación de amistad que mantenéis con el criticado. La lengua viperina es muy útil, pero reservadla para la autocrítica, para zaheriros a vosotros mismos. No ejerzáis nunca de alacranes; seguid el excelente ejemplo de Juan de Mairena”.

Recuerdo, verbigracia, que Piérola, que se había aprendido de memoria (razón bastante para que yo intentara hacer lo mismo, memorizar lo propio, pues había comprobado, de manera fehaciente, que todo lo que Piérola se sabía de carrerilla y había guardado en su pesquis era enjundioso) varias reflexiones que el literato sevillano puso en boca de su alter ego y/o personaje inolvidable, nos alegó más de una vez y de corrido esta: “Si alguna vez cultiváis la crítica literaria o artística, sed benévolos. Benevolencia no quiere decir tolerancia de lo ruin o conformidad con lo inepto, sino voluntad del bien, en vuestro caso, deseo ardiente de ver realizado el milagro de la belleza. Solo con esta disposición de ánimo la crítica puede ser fecunda. La crítica malévola que ejercen avinagrados y melancólicos es frecuente en España, y nunca descubre nada bueno. La verdad es que no lo busca ni lo desea”.

Ignoro si el atento y desocupado lector de estos renglones torcidos, ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, es creyente o no. Si lo es, hoy le ruego con especial encarecimiento que rece conmigo las oraciones que él elija, de manera voluntaria, por el alma del religioso camilo Jesús Arteaga Romero, a quien debo una buena porción de lo que soy. Le agradezco, amable lector, el gesto de antemano.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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