¿CÓMO CAÍ EN LA DEPRE Y SALÍ DE ELLA?
Un día, regresando del bufete a casa, mientras callejeaba repasando o resumiendo mentalmente la jornada laboral, me di de bruces con una fiera, distinta y distante de las otras fieras que suelen exhibirse en la feria, que tiene fauces y garras especiales, de un jaez diferente del habitual, el aburrimiento. Y, aunque esa voz termine en “miento”, hágame caso usted, atento y desocupado lector, sea o se sienta ella, sea o se sienta él, porque le estoy contando la verdad pura y dura, pues no le miento.
El susodicho aburrimiento era hijo de la monotonía y nieto de la rutina. Desde que se casó con la desesperanza (parte oculta que no había visto aún de la esperanza), una de dos, o no levantaba cabeza o andaba dándose cabezazos contra la realidad, de la que él no veía ni su autenticidad ni sus prodigios de colores, pues tendía a quedarse y/u optaba por abrigar la dignidad, en blanco y negro.
Ver, día tras día, el rastro que dejaba el rostro del tedio, reflejado en el espejo del escaparate de la tienda de ropa de caballero de la esquina (que, nada más doblarla, te deja en el portal del edificio donde vivo), que tanto se parecía a la estela que dejaba la cara que veía cada mañana en el espejo de mi cuarto de baño antes de afeitármela, amén de desalentador, era frustrante, porque te dejaba desangelado; esa fue la causa o el origen de que el drama se instalara en mis días anodinos, revelando con crudeza la sensación refractaria de mi fracaso, de mi naufragio vital, que anticipó mi depresión.
Me sacó del profundo, negro y humillante pozo del esplín un instante luminoso de inspiración, una epifanía, que pareció resolver el intrincado enigma en el que me hallaba inmerso, la depre, con una pasmosa habilidad o facilidad, en un pispás.
Echarme a los ojos la contraportada de un libro plurieditado, titulado “El mosaico”, en concreto, la foto del rostro risueño de Iris Gili Gómez, su autora, y en las niñas de sus ojos la imagen inobjetable del triunfo inapelable de la paciencia, hija de la constancia y del empeño, rebasó hasta sus mismos topes mis tanques de orgullo y satisfacción; y el peso que ejercieron estos me sacó sano y salvo, que eso significan las voces “ileso” e “indemne” en castellano/español, de la depre. Ese hecho me hizo rememorar unas palabras inolvidables de don Miguel de Cervantes en el capítulo tercero de la Segunda parte de su inmortal obra, “Don Quijote” (1615), estas: “—Una de las cosas —dijo a esta sazón don Quijote— que más debe de dar contento a un hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo, andar con buen nombre por las lenguas de las gentes, impreso y en estampa. Dije con buen nombre, porque, siendo al contrario, ninguna muerte se le igualara”.
Y es que, como decía Iluminada, el ser más generoso que he encontrado en esta vida, y tanto iluminaba si prestabas atención a cuanto decía, juicioso, más de una solución suelen tener algunos problemas. Por si se ha colado la duda por alguna grieta o rendija, esa gracia de pila es la de mi señera y señora madre, Iluminada.
Ángel Sáez García