EL QUID ESTÁ AHÍ, EN DAR EN EL BUSILIS
¿SE PUEDE INCOMODAR A UNOS ANCIANOS
PARA SATISFACER TU INTERÉS PROPIO?
A veces, lo mucho o poco que conocemos sobre un hecho cruento y luctuoso del pasado (según asevera Perogrullo, conforme este es más remoto van incrementándose las dificultades o sumándose los óbices a su natural esclarecimiento) no lo sabemos de primera mano, porque nosotros no fuimos testigos presenciales, directos, del evento, sino que es el resultado de una azarosa confluencia, delegación, decisión y comunicación ajena. Me explicaré (al menos, lo intentaré; me esforzaré en ello; que lo consiga o no, eso, ya será harina de otro costal). Yo no conocí al hermano de mi abuela materna María Cruz (ni supe si tenía, amén del mentado, más, hembras o varones), pero sí, por referencias indirectas, que escuché en conversaciones mantenidas por adultos, de manera desperdigada, aquí, ahí y allí, de la existencia de dicho hermano, porque, desgraciadamente, lo mató un cuñado suyo, en concreto, un hermano de mi abuelo Leocadio, “el Tapia”, su esposo, al inferirle un navajazo, durante una reyerta (contienda que, cuando se desmanda, o se sale de madre, suele dejar alguna persona muerta, yerta, como fue el caso).
Para el affaire que nos ocupa, debería utilizar servidor la misma expresión que usaba de niño para referirme a cuando, esporádicamente, había acudido a la escuela sin haberme aprendido la lección al dedillo, de carrerilla, que decía que la llevaba cogida por los pelos o con (cuatro) alfileres.
Así que cabe especular con el drama (no menudo) que se tuvo que vivir bajo el techo de esa casa, domicilio habitual de mis abuelos maternos durante tantos años. ¡Qué tensión a flor de piel! Solo quienes padecieron antaño las jornadas subsiguientes al homicidio o asesinato (desconozco cuál fue la calificación definitiva que le dio el fiscal del caso al crimen susodicho) tuvieron conocimiento exacto de esa colección de avatares o vicisitudes. El resto, por muy empáticos que fueran entonces o seamos ahora, pudieron o nos podemos hacer una idea aproximada, pero acaso no alcance la imaginación más fecunda a dar cuenta detallada de aquella trágica realidad.
En la cama matrimonial de mis yayos maternos (recuerdo, siendo un crío, haber dormido en la misma cama con mi abuelo Leocadio) cabe todo un amplio abanico de opciones o varillas, un nutrido o variopinto muestrario de situaciones, desde las más ariscas, hoscas o toscas, a las más cordiales, dóciles o dulces.
Como me ocurre, por ejemplo, hoy a mí, que he rememorado, al albur, las pocas piezas del rompecabezas incompleto sobre el que versa este texto, me gustaría, sin propósito morboso, conocer más datos sobre el espinoso asunto, pero, me temo, sin reflexionar lo suficiente, que las personas que pudieran informarme por extenso sobre el mencionado affaire, una de dos, o están muertas, o los que hace mucho tiempo que murieron, por culpa de la enfermedad que describió el médico neurólogo alemán que se apellidaba Alzheimer y tal vez padecen, fueron sus recuerdos.
Tras recapacitar más detenidamente, he concluido que hay dos personas ancianas que, seguramente, me darían pormenores de lo acaecido, mis tías (por afinidad) María y Adoración, pero no quiero irles con el cuento de que busco saber las razones de por qué acaeció aquel cruento y luctuoso hecho y, sobre todo, no es mi propósito robarles uno de los pocos ratos de alegría que puedan quedarles por vivir haciéndoselo pasar mal, al tener que recordar lo que acaso no quieran o pudiera revolverles las tripas, sin tener ninguna necesidad de ello.
¿Se puede incomodar a unos ancianos para satisfacer tu interés propio? Por poder, está claro que se puede; ahora bien, ¿se debe, éticamente? El quid está ahí, en dar en el busilis.
Ángel Sáez García