ME HE QUEDADO CON GANAS DE BESARLOS,
DE QUE SE CONFUNDIERAN CON LOS MÍOS
Si, para extraer el provecho apetecido a trabajar (funjas el oficio que funjas, lo ejerzas donde lo ejerzas), se necesita dedicación y se requiere, además de método, voluntad, para sacarle brillo, o sea, el máximo partido o rendimiento a descansar, a vacacionar, los tres ingredientes que acabo de mencionar son, asimismo, imprescindibles, y suponen el trípode o la triple condición sine qua non para salir airoso de dicho aprieto o brete. Vacacionar ¿acaso no consiste en llenar la baca del coche o de la caravana, en la que te desplazas de un sitio a otro, de aquello que te permite alcanzar o culminar lo que los italianos llaman “dolce far niente”, el dulce no hacer nada, es decir, vaguear, que suelen ser prácticas que no estás acostumbrado a llevar a cabo mientras trabajas?
Hay quien (es diversa, plural o variopinta la casuística que me consta) demuestra el mismo empeño en cumplir, a rajatabla, con todas las tareas que tiene asignadas, atribuidas o señaladas en su curro diario, con el diáfano y tenaz tesón que manifiesta de lograr altas cotas de dicha y satisfacción, al completar sus horas de ocio. Así pues, nada entre delfines hoy, si eso es lo que te llena, aunque mañana vuelvas a disfrutar de idéntica faceta del edén, que es la cruz de esa moneda u obligación que te autoimpones de no dejar para mañana la labor que puedes ultimar hoy. Si, a la hora de trabajar, procuras no procrastinar, a la hora de vacacionar, que dicha medida no te inquiete ni te quite el sueño, pues te importa un bledo o un comino el hecho.
Hoy, por ejemplo, me he dado de bruces en la tudelana calle Fuente Canónigos con N. (esa es la verdadera letra inicial de su gracia de pila bautismal), una fémina bella, venusta. Servidor venía de adquirir los billetes del Alvia en la estación de RENFE, que, próximamente, le permitirán poder viajar en tren a Madrid y, Deo volente, volver de la capital, tras volar a Tenerife, la mayor de las Islas Canarias, donde se yergue imponente y majestuoso el Teide, en la que suele vacacionar durante el estío, disfrutar allí de dos semanas de asueto y regresar.
Que me haya encontrado en la susodicha calle con N. y que haya departido, gratamente, durante unos minutos, con ella, ha propiciado (no abrigo ni siquiera una sola sombra de duda al respecto) que haya soñado, durante mi breve rato de siesta, los veinte escasos minutos que suele durar la que me echo, con N. Mientras me hallaba en los mullidos brazos de Hipnos, he recorrido con ella, de nuevo, la amada isla, por la sencilla razón de que, aunque yo no conduzco, pues carezco de carné de conducir, ella sí lo tiene y conduce con cierta frecuencia.
He ejercido con ella de cicerone, de guía turístico. En la docena o decena de lugares inolvidables donde hemos estado (barruntaba, intuía y sospechaba que Masca le iba a encantar, como así ha sido) nos hemos reído a carcajada tendida y hemos solicitado que nos hicieran fotos a otros afortunados (nosotros también hemos sido requeridos por los tales y las hemos hecho, de buen grado). Lo único que he echado en falta, de menos, ha sido que N. no me ha pedido que le besara los labios (los de arriba, horizontales, y los de abajo, verticales). Me he quedado con ganas de besarlos, de que se confundieran con los míos, aunque un ensortijado pelo hubiera advertido rendija, hueco o grieta por donde, de rondón, poder colarse, ¡qué cosa o asco más rico!, en mi boca.
Ángel Sáez García