El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Identifico a Puerto con Confucio

IDENTIFICO A PUERTO CON CONFUCIO

Aunque he hecho el esfuerzo ímprobo de retrotraerme en el tiempo, al objeto de hallar el nombre y el primer apellido al menos del decente docente que me lo enseñó (y/o de quien lo aprendí), reconozco que no he logrado recordar, a ciencia cierta, de quién asimilé el conocimiento que sigue, que las personas hemos nacido o venido al mundo, stricto sensu, para culminar dos cosas, sobre todo, aprender y morir. De esta certeza (madre) he deducido, por mi propia cuenta y riesgo, dos verdades (hijas); una, que cumpliremos con nuestro rol o tarea asignada a los seres humanos (eso es lo que creo, a pies juntillas), si aprendemos algo la víspera de nuestra muerte; y dos, que, como errar es humano (“Errare humanum est, sed perseverare diabolicum”, o sea, “errar es humano, pero perseverar en él diabólico”), ese día previo a nuestro deceso u óbito podemos equivocarnos, metiendo la pata hasta el corvejón por última vez.

Aunque, en el caso de hallarme delante de un tribunal de justicia, solo admitiré tal cosa como posible (jamás de los jamases como cierta), puede que la lección precedente la aprendiera del religioso camilo Daniel Puerto, nuestro profesor de Latín, durante los tres últimos años de la extinta Educación General Básica, EGB, de Sexto a Octavo, que cursé, estando interno, en el seminario menor de Navarrete (La Rioja). Él tenía la costumbre de formar con nosotros, sus discípulos, un corro y, una vez asignados los puestos en el mismo y apuntados en su libreta (puede que lo que recogiera en dicho cuaderno fueran los aciertos y los fallos; ahora no estoy seguro de ello), a fin de llevar un control, procedía a interrogarnos para probar nuestra competencia o sabiduría en la materia que nos impartía; si te preguntaba y no acertabas (te daba para responder tres segundos, que computaba ayudándose de su varita proverbial; recuerdo, cómo olvidarlo, que un compañero solía ponerse nervioso en dicho trance y, en cierta ocasión, se la arrancó de la diestra, con la que la sostenía Puerto, para que no pudiera contar los tres segundos preceptivos, que podrían devenir fatídicos, pues transcurridos estos, no había vuelta de hoja), pasaba el turno al condiscípulo siguiente, que, si daba de lleno en el blanco o centro de la diana, te sobrepasaba, perdiendo tú una posición en el corro. Cabe (no descarto) la posibilidad de que servidor haya mezclado dos modos distintos de llevar o manejar el corro, el de Puerto y el de Ezequiel Julio Sánchez, en Geografía e Historia.

Puede que, de manera inconsciente, para nosotros fallar la respuesta a la pregunta planteada por Puerto llevara aparejada un naufragio, no poder llegar incólume a puerto, esto es, una muerte provisional (o un mero aviso de la misma); y, por eso, detestábamos (algunos, entre los que me incluyo, por supuesto) tanto entonces marrar. Acaso ese sea el principal de los motivos por los que, desde entonces, me sabe a rayos equivocarme. Sé, ciertamente, que errar es humano (arriba ha quedado claro, cristalino, diáfano), pero he constatado, cada vez que he cometido un desacierto, que reparar en que, por la razón que fuera, pasé por alto un yerro, sin haberlo enmendado a tiempo, tras repasar al menos tres veces consecutivas, tres, dicho texto, como es mi hábito llevar a cabo con cuantos firmo y rubrico, mi manera personal de darlos por buenos, hace que pille un cabreo morrocotudo conmigo mismo; tanto me enfado que, en ese preciso momento parece que se me llevan los demonios al más ínfimo de los infiernos. Luego se me pasa, pero ahí queda el malestar como testigo del error.

El yerro, en sí mismo, no es malo, sino bueno, siempre que hagamos con él tres cuartos de lo mismo que suele culminar la persona diligente e inteligente, aprender de él. Si le sacamos todo el jugo o provecho y eso nos sirve para enriquecernos intelectualmente, que es la única riqueza a la que aspiran las personas con dos dedos de frente, las sensatas, habremos hecho lo oportuno.

Lo que no tiene un pase es que no lo enmendemos, cuando tengamos noticia de que hemos incurrido en él. Y, si han sido varias veces, con más motivo.

Como nos enseñó, aunque no fuera maestro nuestro en el colegio navarretano de los Camilos, Confucio: “El hombre que comete un error y no lo corrige comete otro error mayor”.

Y para abundar en dicha idea, acaso convenga recordar qué contestó Thomas Alva Edison cuando le preguntaron por las muchas veces que había ensayado para obtener su invento de la bombilla: “No fracasé, solo descubrí 999 maneras de cómo no hacer una bombilla”.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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