¿CÓMO DEFINIRÍA HOY “DISCIPLINA”?
PARA AUTOFLAGELARME CORTO LÁTIGO
Ayer, mientras daba el paseo vespertino, que acostumbro a iniciar, una vez he rematado la tarea autoimpuesta, mi diario texto en prosa, me encontré en la tudelana calle Fuente Canónigos con una pareja de conocidos, Carmen y José María, que son matrimonio. Tras saludarnos, mutua o recíprocamente, y respondiendo a la pregunta que me había formulado Carmen, les expresé mi asiduo modo de proceder y, a renglón seguido, la citada fémina comentó: “Ángel, es que tú eres una persona muy disciplinada”. Y yo, tras asentir, agregué: “¡Qué poco se consigue de mérito en esta vida sin disciplina!”.
Ahora, en casa, mientras recuerdo la anécdota y trenzo las presentes líneas, constato la evidencia, que carezco de acceso a internet; así que no puedo consultar la susodicha voz en el Diccionario de la lengua española, DLE; pero, supongo, dará cuenta de tres significados, al menos:
1.- Conjunto de normas de conducta que sigue, más o menos a rajatabla, una persona o colectividad.
2.- Modalidad académica (asignatura) o deportiva (diversas pruebas atléticas que se llevan a cabo en el estadio olímpico, por ejemplo).
3.- Látigo corto.
Sin saber muy bien por qué, me han brotado unas ganas enormes e irrefrenables de juntar y fundir o fusionar los tres sentidos que he dado del mentado vocablo en uno solo, y me ha salido esta improvisada definición: La disciplina es el látigo corto que suele manejar una persona o grupo humano para mantener a raya una serie de normas comportamentales a fin de mejorar cada día su rendimiento deportivo, ético, estético e intelectual, y, por ende, batir sus plusmarcas personales.
Bueno, pues, nada más urdir mi definición global de dicha dicción, vaya usted, atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de estos renglones torcidos, a saber por qué, he recordado la primera tribuna de opinión que me publicaron en un periódico regional, navarro. Era sábado y aquel día fui a una boda. Enseñé el periódico (en sentido estricto, mi extenso artículo, orgullosísimo, a todo quisque que acudió invitado al banquete, menos a los recién casados, que estaban a lo suyo, como yo a lo mío).
Aquel periódico lo guardé, como oro en paño, en un lugar estratégico de casa, al que no podía acceder fácilmente mi señora madre, Iluminada, limpiadora empedernida, encima del armario de mi habitación. Pero un día se subió a una escalera para quitar el polvo allí existente y lo halló. Lo había metido en una bolsa para bajarlo a la basura. ¡Menos mal que me lo dijo! Recuerdo qué le solté: ¡Gracias a Dios, mamá, no has cometido un sacrilegio! Al rato, llegó mi progenitor, Eusebio, que la apoyó, pues se puso de su lado o parte. No me pareció mal, porque mi padre, que derrochaba una inteligencia natural sin parangón, argumentó y sentenció que el mejor artículo del periódico hodierno servirá mañana para rebozar un bocadillo de jamón serrano o de tortilla francesa o… algo peor.
Y yo me quedé dando vueltas, tras el breve impasse (tres puntos suspensivos transcurren en un santiamén), a la última opción que brindó. Y rememoré, siendo “muete” (así llamábamos antaño en Tudela al muchacho o mocete), cómo en algunos retretes de los bares del barrio de Lourdes, a los que entraba, tras pedir permiso, para hacer aguas mayores o menores, en lugar de papel higiénico de la marca “El Elefante”, que gastábamos en casa, y del inodoro (qué humor e ironía gastaba el autor que concedió a dicho útil tal vocablo), había una simple taza chata con agujero, como las de la mili, y, ensartados en un alambre, varios trozos de periódico para limpiarse el culo, sí, tras haber defecado. Así que, para no envanecerse, conviene recordar los usos que se les daba entonces, otrora, a las páginas del diario.
Y la anécdota referida en el párrafo precedente me ha llevado a rememorar, a su vez, la frase audaz, cabal, que Truman Capote incluyó al final del parágrafo inicial del prefacio que colocó a su obra “Música para camaleones”: “Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse”.
Ángel Sáez García