El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Jornada sin reír, día perdido

JORNADA SIN REÍR, DÍA PERDIDO

Para quien firma abajo estos renglones torcidos, al menos, está claro, cristalino, que alcanzar la cumbre, arribar a puerto o cruzar la meta, o sea, diñarla, morir, no puede ser la finalidad y el propósito de nuestra odisea, peregrinaje o viaje por el planeta azul (cada día que pasa más oscuro, sí), la Tierra, de nuestra vida, pues ese es el fin que le aguarda, atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario), a usted, y les espera, asimismo, a cualesquiera otros de sus congéneres, incluido entre ellos, por supuesto, este menda, su seguro servidor. Así que el objetivo debe ser otro; ahora bien, ¿cuál? Acaso lo sea ponderar con ecuanimidad el conjunto de experiencias que hemos acumulado mientras duraba nuestra romería por este valle de lágrimas, bagaje que, dependiendo de un montón de circunstancias o factores y, sobre todo, del partido o provecho que le hayamos extraído, de las enseñanzas que hayamos atesorado, nos han hecho personas sabias o necias, ricas o pobres, mejores o peores.

Uno de mis maestros preferidos, fray Ejemplo, es aficionado a muchas cosas; entre ellas, tiene la rara habilidad de meter, velis nolis, en las conversaciones que mantengo con él (ignoro lo que sucede cuando departe de lo que sea con los demás), el tema de la curiosidad, pues sostiene la tesis de que, una vez abierto el abanico, los seres humanos tenemos la oportunidad de elegir la varilla de fisgonear, que es el mejor medio para alentar nuestra reflexión y, por ende, alimentar nuestra creatividad.

Para fray Ejemplo la actualidad, siempre que estemos atentos a sus numerosas manifestaciones, nos suministra un acervo abigarrado o panoplia variopinta de asuntos, que nos pueden ayudar a cazar al vuelo o pescar sin anzuelo la idea sobre la que va a tratar o versar la próxima urdidura o “urdiblanda” que nos disponemos a dejar, azul sobre gualdo, o negro sobre blanco, sobre la media cuartilla habitual, usando el bolígrafo BIC azul, o en el folio en blanco, echando mano del teclado de un ordenador.

No sé quién dijo (puede que lo dejara también escrito en letras de molde) que una jornada sin reír era un día perdido. Sin embargo, como he hecho otras muchas veces, he recurrido a Google, herramienta a la que di en llamar otrora “el espabilaburros”, y, en un pispás, el experto y resolutivo buscador ha vuelto a abrirme, de par en par, los ojos: quien adujo que “un día sin reír es un día perdido” fue quien tantas veces estimuló nuestra hilaridad y fomentó nuestro goce o gozo, Charles Chaplin, “Charlot”. Bueno, pues, sin dilapidar más tiempo, vayamos a lo nos concierne o incumbe. Ahora mismo, mientras estoy redactando estas líneas (“nulla dies sine linea”, recomendaba Plinio el Viejo, o sea, “ningún día sin un trazo o línea”), a bolígrafo, una vecina del piso de arriba no deja de reírse. Desconozco el quid, por qué lo hace. Ahora bien, yo diría que se ríe demasiado, en exceso, más de la cuenta. Empero, si hacemos caso a lo que defiende mucha gente (y así lo refiere), que la risa es contagiosa, puede que la susodicha no pare de reírse por la sencilla razón de que ella se sienta o vea contaminada por su propia risa; y ese es el motivo por el que entra en un círculo desopilante, no vicioso, sino virtuoso, en el que la risa está a la orden del día.

Como es una verdad incontrovertible que hay mucho crédulo suelto y agarrado (no quiero decir aquí que sea rácano, tacaño, sino acompañado) por ahí; y otra que lo propio puede sostenerse a la inversa o viceversa, que, asimismo, hay mucho incrédulo (ídem), para que el atento y desocupado lector de estos renglones torcidos (ora sea o se sienta ella, él o no binario) pueda comprobar, de manera fehaciente, que cuanto he afirmado en el parágrafo precedente es cierto, le propongo (va en serio; no es una guasa o zumba) que, pertrechado de una grabadora, habiendo quedado antes conmigo de acuerdo, mediante correo electrónico o llamada de teléfono, me diga a qué hora y qué día puede venir a mi casa y así pueda corroborar o ratificar cuanto asevero en este escrito, y es cuanto juzgo o reputo, un dictamen o veredicto apodíctico.

Nota bene

   Puede que a la risa le ocurra tres cuartos de lo mismo que suele pasarles a las cuestiones relacionadas con el amor, que demasiado sea todavía poco, como eso sostuvo Pierre-Augustin de Beaumarchais, en lo tocante al segundo caso.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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