El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

De la verdad amigo y de Camus

DE LA VERDAD AMIGO Y DE CAMUS

“No camines delante de mí, puede que no te siga. No camines detrás de mí, puede que no te guíe. Camina junto a mí y sé mi amigo”.

   Albert Camus

Aunque, de manera oral (nunca, salvo error u omisión, por escrito; esta, si no marro, es la prístina), he contado varias veces la misma anécdota, y en todas ellas, indefectiblemente, he echado mano para el arranque o comienzo de la misma de mi expresión ordinaria, “en este mundo inmundo”, me consta, de modo fehaciente, que fray Ejemplo, a quien se la escuché referir por primera vez, usó otra, la suya, “en la faz del planeta azul, la Tierra”. Sigamos relatándola. Siempre ha habido, hay y habrá (me temo, porque la experiencia es un grado, y es lógico tener en cuenta la querencia o tendencia y, por ende, colegir que cuanto acaeció ocurrirá) grandes personas, incluso reputadas, por tirios y por troyanos, sujetos geniales, congéneres excepcionales, que, cuando los conoces de cerca, en la distancia corta, de forma directa, en el día a día, pues el trato personal que mantenemos con ellos lo faculta, permite, procura y promueve, te pueden dejar el corazón helado, de piedra, tanto por lo bueno u óptimo, como por lo malo o pésimo de su actitud habitual, ya que pueden propiciar una conducta generosa, y hasta pródiga, como protagonizar el comportamiento contrario, un proceder malvado, perverso.

Si no de modo literal, la enjundia o sustancia del comentario que obra en el párrafo precedente se la oí aducir a fray Ejemplo (seguramente, para apoyar, dar solidez y vigencia o reforzar la que servidor había encerrado en el que le había adelantado o narrado previamente), tras referirle o relatar este menda cuanto me había confesado, en voz baja, casi casi en secreto, una persona que se ennovió (luego no hubo boda) con quien estuvo trabajando de ayudante, a la disposición y servicio de un general, cuyos nombre y apellidos salieron a relucir en los periódicos y más tarde en los libros (sobre todo, de historia; en los más antiguos, de modo elogioso, y en los más recientes, sin estar en vigor la censura de entonces, de modo crítico, por sus tics autoritarios; de seguir vivo hoy y estar en el cargo que ocupó otrora, incumpliría, de manera manifiesta, notoria y pública, un día sí y otro también, el artículo 37 de la Ley 85/1978, de 28 de diciembre, de Reales Ordenanzas de las Fuerzas Armadas, que dice que: “por ningún motivo dará mal ejemplo con sus murmuraciones; no las tolerará; no hablará mal de sus superiores, ni de sus subordinados; si tuviera alguna queja, la comunicará de buen modo y por conducto regular a quien la pueda remediar”), un ogro.

Al cabo de los años, cuando yo conocí, por uno de esos giros inesperados del azar o el destino, al susodicho ogro del parágrafo anterior, comprobé cuanto había constatado en otros casos, que la edad había hecho estragos en aquel nerón, que, debido a sus muchos achaques, había devenido en un osito de peluche. No van desencaminados algunos de mis semejantes (ora sean o se sientan ellas, ellos o no binarios), en concreto, aquellos que suelen aseverar que, si la edad del sujeto es provecta, algunas acciones de los ancianos se parecen, como una gota de agua a otra gota de agua, a los hechos que les acaecieron a los tales cuando eran recién nacidos o bebés. Y que no solo atañen a que a ambos les ponen pañales, sino que agradecen las muestras de cariño que les hacen los demás más que cualquier otra cosa (incluso aquellos que hace años ya no saben ni quiénes son ellos ni quiénes son las personas que les cuidan, aunque sean sus propios hijos o nietos, por culpa de ese ladrón de guante blanco, el alzhéimer, que los dejó in albisper istam, al robarles todos sus recuerdos).

La fuerza, el ímpetu, el poder, encumbra a cuantos lo ostentan hasta que logran alcanzar la cima; y, una vez hollada esta, a fin de conservarlo o mantenerlo, algunos creen que deben aparentar ante sus superiores y sus subordinados que se han comido a su perro de presa, un buldog, verbigracia, si lo tenían, porque, cuando te miran, sus ojos semejan los de una gorgona, Medusa, por ejemplo, y, cuando te dan órdenes, que te están perdonando la pena de muerte a la que te habías hecho acreedor, sin duda, aunque tú sigas desconociendo el porqué.

A mí, sin embargo, siempre me gustó el rastro que dejaron las huellas de las pisadas de los zapatos que calzó Albert Camus en la senda de la fetén, por la que decidió deambular; pues tuvo los redaños de no arredrarse, ser coherente y demostrar, con ejemplaridades varias, que el prestigio de la autoridad moral, dignidad con la que lo habían investido, lo merecía de largo, al ser honesto y haber dicho en ocasiones anteriores (y en numerosas posteriores) verdades como puños, aunque fuera censurado y aun motejado de traidor por quienes otrora fueron amigos suyos.

   Nota bene

Como en esta vida cada quien escoge a sus amigos, yo prefiero elegir a los míos (“los Luises”, Pío y Pacho, verbigracia). No me molestan otras preferencias; ni quienes optaron por Sócrates, Platón o Aristóteles (la locución latina “amicus Plato, sed magis amica veritas”, “amigo es Platón, pero más amiga es la verdad”, se le adjudica a Aristóteles, y este, el estagirita, ciertamente, en “Ética a Nicómaco” dice “pues siendo amigos ambos, es más honrado poner la verdad por delante”). Ahora bien, si me tengo que quedar con tres a los que no conocí, me decanto, a ojos cerrados, por Kant, Unamuno y Camus.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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