SON ANTAÑO Y HOGAÑO MUY DISTINTOS
Y NADIE ESA OBVIEDAD DISCUTIR OSA
Amén de crucial, considero precipuo o principal el primer parágrafo de este escrito y, por ende, juzgo que su lectura es imprescindible, inexcusable, necesaria, para continuar pasando la vista por los restantes. Ruego, por tanto, de modo encarecido, al atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, ora sea o se sienta no binario) de estos renglones torcidos que no se reputen cuantas palabras consiga amparar o cobijar en ellos el abajo firmante y contengan como piezas de un puzle o teselas de un mosaico con humos de encerrar en su interior una verdad radical, incontrovertible, irrefutable, apodíctica, porque no lo es. Yo no soy ni un psicólogo, ni un sociólogo, ni menos aún un psiquiatra. Tan solo soy un mero espectador u observador de la realidad que hace ímprobos esfuerzos por extraer enseñanzas sensatas de cuanto advierte, de manera repetitiva. A cuanto contemplo con atención me empeño en sacarle tanto su enjundia como el jugo o zumo que acarree o tenga. Y lo procuro aprovechar al máximo. Seguramente, las conclusiones a las que llegue aquí servidor carezcan de validez, al no estar respaldadas científicamente; por ello, convendría que el lector no se las tomara más que como meras extravagancias de este menda, al que le gusta conjugar el verbo “extravagar”, que ahora cae en la cuenta y se extraña de que el susodicho no haya sido admitido todavía por los miembros de la RAE en el Diccionario de la lengua española, no obstante don Miguel de Unamuno ya lo usó en su obra “Amor y pedagogía” (1902), hace más de un siglo.
Está claro, cristalino, diáfano, que los casos de ansiedad y depresión entre los adolescentes y jóvenes actuales han aumentado, de manera ostensible, si los comparamos, aunque no haya cifras que mostrar y contrastar, con los púberes y zagales que fuimos otrora. Los de hogaño, cotejados con los de antaño, han cambiado mucho sus hábitos. Esa es una certeza a la que hemos llegado, aunque no se pueda demostrar, al no poder confrontar datos, pues estos entonces no se recogían ni tabulaban.
Que yo recuerde, en nuestra niñez y pubertad no hubo suicidios cercanos. Sí tuve conocimiento y constancia más tarde, quince o veinte años después, de numerosas muertes por consumo indiscriminado de sustancias estupefacientes (me refiero, por supuesto, a drogas, más o menos duras, sobre todo, provocadas por sobredosis de caballo, heroína). Ahora los suicidios en chavales han empezado a preocupar seriamente, además de los deudos y amigos de los finados prematuramente, a las autoridades, a los políticos, que, ya iba siendo hora de que se dignaran tomar cartas en el asunto (con el propósito decente de atajar el problema).
Puede que exista una correlación o relación directa entre el uso (más bien abuso) de las nuevas tecnologías y de los teléfonos inteligentes y el consumo de redes sociales (porque varios gurús del ramo, más que humanos, humanitarios, han juzgado oportuno airear las verdades de cuanto habían tenido conocimiento exhaustivo, incluso por propia experiencia, que creaban dependencia, una adicción inusitada, superior a la de las máquinas tragaperras). Que un experto en dicho ámbito, Jonathan Haidt, haya titulado así, “La generación ansiosa” (2024), su libro más reciente, es llamativo, sintomático. Y en dicho volumen la ciencia (los diferentes estudios que recoge) no brillan, precisamente, por su ausencia.
Ignoro qué sucede en su caso, lector, pero yo soy un andador empedernido, que suelo coronar dos paseos vespertinos (uno antes de cenar y otro después de culminar dicha ingesta) al día. Bueno, pues, le puedo asegurar que en mis dos “andamiajes” (así los denomino; en otro escrito explico el porqué) he visto, a la izquierda y a la derecha de mi recorrido (casi siempre el mismo), que cuadrillas de amigos adolescentes y jóvenes, sentados en torno a un banco público o la mesa de un velador, usaban cada uno de ellos su smartphone, sin cruzar una sola palabra, callados (una madre, Rocío, esposa de mi amigo Carlos, recientemente, me adujo, pues lo sabía de buena tinta, que el absurdo llega hasta el extremo de que incluso esto acaece estando wasapeando entre ellos, lo que yo catalogué como la caraba o la repanocha, nada más tener noticia del sinsentido). ¿Puede haber mayor soledad que sentirse solo estando más que acompañado? ¿¡Qué más ironías nos tendrá reservadas el azar o el devenir!? Si seguimos viviendo, las veremos.
Me parece saludable algún consejo que brinda Jonathan Haidt. Para que los progenitores puedan salir airosos del aprieto de restringir el uso de las nuevas tecnologías a sus hijos conviene que se adhieran o sumen varios padres a la mentada dinámica. Así resultará la medida más efectiva; pues, si se hace de manera individual, se constata lo inicuo, que el adolescente privado resulta doblemente perjudicado.
Nosotros, siendo niños, nos educamos en la calle, espacio común, donde, evidentemente, entonces había menos coches que ahora; pero nuestra imaginación no dejaba de idear nuevos juegos; a veces, combinando otros existentes. Hoy nadie, ningún niño, juega al gua (canicas), ni al marro (que no es ninguno de los dos ejemplos que nos brinda el DRAE), ni al bote, ni salta a la cuerda/comba en grupo, ni juega a la goma. Al menos, yo, que paso cuatro veces por la plaza del Padre Lasa, promotor del tudelano Barrio de Lourdes, donde resido, compruebo que no juegan a los susodichos. Sí se balancean en los columpios, suben y bajan por esas estructuras o esqueletos, pegan patadas a un balón y circulan en patines o patinete.
Ángel Sáez García