ME ALEGRA OÍR EL MAR, PISAR LA PLAYA
Y MÁS AÚN CHARLAR CON MI TOCAYA
No es algo que me ocurra todos los días, pero hay jornadas en las que, a ratos, siento un contento, amén de intenso e inmenso, diuturno, duradero en el tiempo, por el mero hecho de estar y sentirme vivo. Dicha alegría, que no me produce alergia, su anagrama (si soslayamos la tilde), cuando esta se manifiesta de modo desbordante, que eso me suele suceder viendo y oyendo el rumor del mar, al contemplar el lento fluir de un río y, no sé si ha sido por una sencilla asociación de ideas, efectuando la micción, esto es, orinando; y ahora que tomo, prescrito por mi doctora de Atención Primaria, a la que antes llamábamos galena de cabecera, un diurético, la torasemida, por la tensión arterial, que la tengo alta, con más motivo.
De un tiempo a esta parte, he constatado que el corazón me va más animado; sin ir acelerado y menos aún desbocado (como he padecido varios episodios de fibrilación auricular rápida, paroxística, sé de lo que hablo), cuando me reúno con mis hermanos (tres varones y una fémina, la pequeña, la Nena, casados; cada uno de ellos tiene dos hijas/os, pero como las mayores, heterosexuales, tienen pareja estable y hasta viven con ellas, tengan la intención de casarse o no, pues los diecisiete solemos ser ahora veinte, si da la casualidad de que podemos formar una piña completa, que cada vez resulta más difícil), cuñados, sobrinos y allegados. Otro tanto o tres cuartos de lo propio me acaece cuando me junto con “los Luises” y Mari; Pacho, Armando y Ricardo; o Diana y Pío. Así que cabe aseverar lo obvio, que a mí la alegría me brota, nace o surge, unas veces, debido al paisaje (sobre todo, cuando me hallo solo) y, otras, por culpa del paisanaje (acompañado).
Bueno, pues, aunque no sean personas reales, sino ficticias (nadie negará que todas gozan de un fundamento auténtico, fetén, pegado a lo existencial, verdadero), idéntica sensación tengo cuando quedo, para lo que sea menester llevar a cabo, con Emilio González, “Metomentodo”, a quien dejé aparcado (no arrumbado), como el coche que me falta (y esta verdad es apodíctica, incontrovertible, porque carezco, asimismo, de carné de conducir), que es uno de mis heterónimos más queridos. Él sabe la razón: con una mitad (aún viva en el recuerdo) de Jesús Arteaga Romero y otra mitad (ídem) de Pedro María Piérola García, dos azquetanos de pro, ambos religiosos camilos, procedí a unirlas y, como la fusión no produjo rechazo, conformé con dichas dos mitades la personalidad arrebatadora (qué va a airear al respecto su hacedor) de un maestro singular, impar, completo y casi casi perfecto, fray Ejemplo; y, como Metomentodo no es envidioso, entiende que le dedique más tiempo creativo al fraile, que es un bebé, aunque tenga ochenta primaveras ya, que a él, que ya se considera o tiene por un ente hecho y derecho.
El postrero y más reciente episodio de dicha a espuertas lo vivió el abajo firmante de estos renglones torcidos yendo sentado en un bus urbano (como se dio la circunstancia casual de que ese día contraté los billetes para el vuelo de ida y vuelta a la mayor de las islas canarias, Tenerife, y la estancia en el asiduo hotel portuense, donde estaré hospedado, Deo volente, durante mis próximas vacaciones estivales, las doce últimas jornadas del verano, me permito la licencia y el lujo de llamarlo guagua, siempre que nadie se moleste conmigo por este antojo, bagatela o minucia), dándole a la mui o sinhueso con la misma persona con la que había mantenido diez minutos antes otra charla menos entusiasta, esta vez de literatura.
El breve diálogo que sostuve con quien iba sentada delante de mí, mi tocaya Ángela, fue especial, enriquecedor y, además de estupendo, estimulante.
Ángel Sáez García