MUCHA GENTE NO LEE LA ENTREVISTA
Y CON EL TITULAR SOLO SE QUEDA
A ningún quinceañero nacido en la villa de Algaso o residente, desde hace una década y media al menos en la citada ciudad septentrional, le extrañará leer cuanto me dispongo a verter aquí, a continuación, sobre mi guía y maestro, fray Ejemplo: es un tipo, aun ochentón, multitarea; y todos los palos que toca, todas las labores que realiza, las culmina de manera competente. Ayer, sábado, había quedado con otros dos profesores del Instituto “Juan de Mairena” para ir por la tarde a la feria, que se había instalado en el recinto correspondiente, con ocasión de las fiestas patronales de santa Ana y san Joaquín. Como teníamos que pasar por el convento (iríamos andando el triple kilómetro largo de distancia que separaba el centro, la plaza de la Constitución, del ferial), he llamado por teléfono a fray Ejemplo, tras haberlo consensuado con Félix y Juan Pedro, “Juampe”, mis colegas, para ver si le apetecía acompañarnos. Como me ha confirmado que se uniría con gusto al trío docente, durante el trayecto, antes de llegar al cenobio, les volví a iterar a mis compañeros la tesis de marras, que fray Ejemplo es un polímata avant la lettre. Los dos dejarían de ser unos escépticos redomados (ese era mi augurio) cuando palparan el percal, a la hesitación andante, cuando escucharan sus razonados dictámenes.
Una vez llegados al recinto, en el que no había que adquirir previamente una entrada para acceder (que el ingreso fuera gratis et amore le llamó la atención al fraile; puede que lo dijera de manera irónica o que nos engañara; yo me decanté por la segunda opción aducida, porque esa es la sensación refractaria, al menos, que me quedó), les propuse comprar unos churros. Fray Ejemplo calló; estaba atento a cuanto ocurría en derredor suyo, un constante fluir de gente, yendo y viniendo sin control; y Félix, pendiente de cuanto hacía fray Ejemplo y, sobre todo, de que no se perdiera en medio de la vorágine, hizo lo mismo, enmudecer. Solo Juampe acertó a decir: “Acaso más tarde, con un chocolate”.
A fin de probar la vigencia de mi tesis, mientras mirábamos los cuatro al cielo, en realidad, a la parte alta de la noria, le interrogué a Fray Ejemplo (la pregunta se las traía) sobre algo hipotético:
—¿Qué nos puede decir de la diuturna relación de enemistad que mantienen el dueño de la atracción de los autos de choque y el de la noria, desde que compartieron alegrías y penas, al llevar a medias un local de ocio y restauración en un centro comercial sevillano, negocio que salió mal y tuvieron que cerrar?
—Que la sed de venganza que siente el uno por el otro, y viceversa, puede quedar en agua de borrajas o cerrajas, cuando aparezcan por sus respectivas atracciones, con ganas de echar una mano y ayudar en lo que sea, el hijo de uno y la hija del otro, universitarios primerizos; y se gusten a rabiar. El amor, a primera vista, de las criaturas (rogaría encarecidamente a sus respectivas esposas que les compraran a sus parejas, los progenitores de los retoños, sendos pañuelos, cuando vean cómo se miran sus vástagos entre sí, porque a los dos, me temo, se les va a caer la baba) va a hacer polvo, a dejar en nada la enemistad manifiesta de los padres, su mutua sed de venganza.
A renglón seguido, Félix, aprovechando su turno, le preguntó a fray Ejemplo:
—¿Qué le sugiere quien vende ahora entradas en la caseta de la barcaza?
—Que tiene cara de villana, pero luego, en la vida normal, puede que sea un trozo de pan. Me consta que el villano deja de ser un canalla cuando constata o es consciente de que ha cometido un acto infame; si no siempre, en el grueso de los casos.
—Puede que trabaje también en el tren de la bruja —replicó Félix.
—Puede. Ese parche de tafetán azul me tenía que haber servido para no descartar que hubiera en la feria una atracción remozada del quijotesco teatrillo de maese Pedro.
Juampe le preguntó:
—¿Por qué las entrevistas le disgustan?
—Mucha gente no lee la entrevista y con el titular solo se queda.
Está claro, cristalino, que, terminadas las fiestas, cada quien contará la feria según le fue a él en ella. De nada servirá que a los demás les haya ido bien, si a él le ha ido mal, peor, pésimamente, y viceversa; ¿por qué? Quizá, porque, entre feriantes, los de ahora y los de antes, sigue sin arraigar ese adagio sueco (que no suele hacerse el tal) que dice así: “Una alegría compartida es una alegría doble; una pena compartida, la mitad de una pena”.
Ángel Sáez García