El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Los yerros son magníficas lecciones

LOS YERROS SON MAGNÍFICAS LECCIONES

AUNQUE SIEMPRE UN ERROR SEA UN HORROR

“El hombre que ha cometido un error y no lo corrige comete otro error mayor”.

 Confucio

Hay quienes detestan los errores (el abajo firmante de estos renglones torcidos, verbigracia, los aborrece y, si son suyos, aún abomina de ellos más; estos le saben, indefectiblemente, a hiel, aun sin haberlos catado, pues le huelen, velis nolis, a cuerno quemado), pero, asimismo, admiten que, si no suelen ser considerados bienvenidos al principio, acostumbran a ser reputados bien arribados al final, si, una vez identificados, y correspondientemente enmendados, nos empeñamos en no volverlos a cometer. Y es que es una verdad apodíctica esa que predica que los errores, si ejercemos de personas inteligentes con ellos, si somos capaces de extraerles el jugo o provecho que acarrean y contienen, fungen de acicates y/o alicientes; son los ingredientes imprescindibles que nos ayudan a mejorar.

Los religiosos camilos navarretanos, que fueron quienes me educaron y formaron como persona y ciudadano en la inolvidable localidad riojana, se portaron conmigo de manera inmejorable, irreprochable, intachable. Bueno, pues, qué paradoja, sí, qué contradicción, tuve (lo reconocí a la sazón, otrora, nada más incurrir en dicho yerro; y volveré a hacerlo cuantas veces hagan falta, sea menester o preciso) un comportamiento felón, negativo, pérfido, con uno de ellos, quizá con el que menos se lo merecía, el que jamás de los jamases se había hecho digno (o) acreedor del tal, con Pedro María Piérola García, a quien debí invitar a comer el día de las fiestas patronales de Santa Ana, de hace más de tres décadas y media, en el que reparé en su inconcusa presencia, cerca de los soportales de la tudelana Plaza de Los Fueros. Desde esa jornada de marras, en la que reconozco que marré morrocotudamente, peno por la susodicha actitud reprensible (¡cuántas veces habré rememorado el triste suceso; subí la cuesta de la calle Miguel Eza con mi mochila o joroba, cual moderno Sísifo con su roca, reprochándome el fallo garrafal, tanto que aún me cuesta entender Dios y ayuda cómo pude tener el cuajo, los arrestos o las agallas de incurrir en un yerro tan urente), por la sencilla razón de peso de que no estuve a la altura de las circunstancias. Ha habido más ocasiones en las que tampoco he superado el listón del aprobado (según opinión ajena y/o propia, fueran estas coincidentes o discrepantes), pero, como de bien nacido es ser agradecido, haber cometido esa falta con quien no se la había ganado, de ningún modo, me fastidió tanto que aún me incomoda.

¿Qué lección cabe colegir de la enjundia que portan y/o portean los dos parágrafos precedentes? Yo la veo clara, cristalina; que ser ingrato está mal, sin objeción posible, pero no está tan rematadamente mal, siempre que hayamos sacado el máximo partido o zumo a esa conducta manifiestamente perfectible, con ganas y trazas de ser optimizada. Habrá quien piense y profiera que el motivo de que haya creado el personaje literario de Eusebio Arteaga Piérola, fray Ejemplo, con la mitad (en realidad, con el ser entero) de Jesús Arteaga Romero (que, aunque era un trozo de pan bendito, un santo varón, puede que tuviera alguna debilidad o tentación y pudiera caer en ella) y la otra mitad (sensu stricto, con el ente completo) de Pedro María Piérola García, es un conejo que he sacado de mi chistera, la gracia que he repentizado para paliar dicho error. Bueno, pues, siendo honesto, no le diría ni que su aserto va desencaminado ni que al tal le falta razón.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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