NADIE EXISTE, SI NO LE DAS UN NOMBRE
SU HISTORIA QUEDA EN NADA, SI NO LA URDES
Está claro, cristalino, que toda verdad tiene carácter interino, o sea, es provisional, pues dura en pie mientras no es abatida, contradicha o refutada por otra que, en ese mismo momento, tras desplazarla de un plumazo de su pedestal, ocupa su lugar, donde la derribada se enseñoreaba. Este pensamiento, por supuesto, no lo ideé yo, ya que aquí me limito a repetir con mis palabras lo que adujo con las suyas quien lo pergeñó, su autor, el filósofo austriaco-británico Karl Raimund Popper.
Ignoro si el atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos es maniqueo o mazdeísta, o sea, dualista y, por ende, además de por paronomasia, duelista. Reconozco, sin ambages ni requilorios, que yo, en parte, lo soy. Y, si me solicitaran con encarecimiento que me decantara y/o quedara con un solo duelo, optaría, a ojos cerrados, por el trance de las espadas altas y desnudas del vizcaíno y don Quijote, en el breve tránsito del capítulo VIII al IX de la Primera parte de la inmortal obra cervantina, cuando a su autor el relato del historiador arábigo Cide Hamete Benengeli, autor fingido, se le acaba.
Tomemos como verdad radical, entre pasajera y perpetua, cuanto el neurólogo británico Oliver Sacks sentenció, que “todo acto de percepción es hasta cierto punto un acto de creación, y todo acto de memoria es hasta cierto punto un acto de imaginación”. Siguiendo el método científico, procedamos con el adagio y pongámoslo a prueba para ver qué concluimos.
El último de los “Cuentos breves y extraordinarios”, obra que lleva la firma de sus dos autores argentinos, Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, que aparece bajo el rótulo de “El mundo es ancho y ajeno”, contiene apenas unas líneas, estas:
“En el capítulo XI de la Vida nueva, Dante refiere que, al recorrer las calles de Florencia, vio unos peregrinos y pensó con algún asombro que ninguno de ellos había oído hablar de Beatriz Portinari, que tanto preocupaba su pensamiento”.
Bueno, pues, en la contraportada del diario EL PAÍS, del pasado sábado 8 de noviembre de 2024, en la interviú que Ángeles Caballero hizo al neurocientífico bonaerense Mariano Sigman, dice el entrevistado, según recogió la periodista, que en “El mundo es ancho y ajeno” se narra “un pasaje de la Divina comedia donde Dante va caminando, ve un transeúnte y de repente se asombra profundamente de que ese transeúnte no conoce a Beatriz”.
A continuación, en apenas tres parágrafos, daré cuenta de mi escueto dictamen sobre el apotegma de Sacks:
El ser humano, por lo general, tiene un inveterado horror vacui, horror al vacío, y tiende a rellenar los huecos con la información esperada, que no siempre es la exacta o fidedigna.
El verbo principal del relato breve es “pensó”, y a ese pensamiento, como si hiciera las veces de un asador o espetón, el miedo lo atravesó, de arriba abajo, o a la inversa, o de derecha a izquierda, o viceversa. A Dante le dio pavor que su amada y musa Beatriz hubiera peregrinado por este valle de lágrimas en vano, sin dejar su huella o impronta (me temo que no faltará la perspectiva de quien vea un interés peculiar o personal del poeta en ese mismo hecho, en plata: por el interés, te quiero, Andrés). Y él se puso a la tarea, porque se dijo: nadie existe, si no la/o nombras, y ninguna historia es susceptible de ser cantada, si no la cuentas. Y la historia de amor entre Beatriz y Dante merecía la pena ser propalada, contada y cantada; y eso propició que la susodicha, aun habiendo transcurrido mucho tiempo, merezca la pena seguir leyéndola y divulgándola y aprendiendo de ella.
Ciertamente, no le faltaba razón a Oliver Sacks, cuando sentenció cuanto aún obra de pie sobre su peana y se lee arriba.
Ángel Sáez García