El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Sé que perjuicio deparó el prejuicio,…

SÉ QUE PERJUICIO DEPARÓ EL PREJUICIO,

AUNQUE UN RETRUÉCANO OBSERVASTE EN ELLO

Hoy, a la edad que tengo cuando procedo a redactar los renglones torcidos que contenga este texto en prosa, la de un sesentón que se sienta en un sillón y no se siente un sesentón, pero lo soy (no escondo la realidad, irrefutable, ni me oculto tras ella), me gustaría lograr un imposible, sí, que me hubiera leído otrora el adolescente que fui, para que así hubiera podido asimilar la lección que me dio la vida paulatinamente y no de sopetón, como ella se encargó de que, velis nolis, este menda la aprendiera.

De niño, había arraigado en mí una superstición, preñada de religión, que venía a decir, grosso modo, que, si me comportaba bien, según los cánones instituidos, vigentes, si mi actitud era la correcta, recibiría como recompensa bondades sin cuento, procedieran de la gracia divina o del destino, como si este fuera un juez supremo y sus resoluciones resultaran inapelables.

A los 16 años, me caí del guindo o nido, pues comprobé que esa tesis carecía de pies y cabeza (pues, además de ápoda, era acéfala). La tarde del día de Nochebuena de 1978, como mi hermano mayor José Javier tenía que trabajar de camarero unas horas en el tudelano bar “Mesón” (que antaño incluía también la discoteca “Zigor”), me pidió que acompañara a sus amigos, miembros de la sección juvenil de la peña “La Teba” (acrónimo de tudelanos en buena armonía) para hacer sendas visitas a los ancianos (ellas y ellos) residentes en el asilo y a los enfermos del Hospital “Nuestra Señora de Gracia” (donde, apenas unos pocas horas después, sor Lucía, la monja con la que había estado cantando villancicos —que, qué irónica contradicción, sí, me había dicho que teníamos que ir con más frecuencia; que eso hacía sumo bien a los encamados y, si no los sanaba del todo, ayudaba sobremanera a ello—, leyendo las letras de los mismos en las varias hojas que compartimos, me daba friegas en los pies para calentármelos, mientras estaba tumbado decúbito supino en una camilla, esperando a que me hicieran las pertinentes radiografías de columna —se me habían desplazado las dos últimas vértebras dorsales, 11 y 12—, pues había arribado al centro hospitalario aterido de frío, tras haber permanecido durante unos minutos que se me hicieron, amén de eternos, infernales en el canal, adonde había caído el coche que conducía Javi), que yo osé rebautizar, colocándole el preceptivo prefijo “des”, que le convenía, de desgracia.

Con los citados 16 años, tras pasar tres meses ingresado en el susodicho hospital, sin haber leído aún el “Discurso del método”, de René Descartes, autor que nadie debe descartar a priori, constaté que había penetrado en mi mente (aunque ignoraba por qué grieta había conseguido colarse de rondón) una duda, metódica o no, que desbarató el edificio que la religión había contribuido a erigir en mi cacumen con los naipes de una baraja.

Recuerdo qué frase ideé, entre burlas y veras, y espeté a un sacerdote que me visitó y huyó despavorido de mi lado, como si hubiera olido y visto en mi persona al mismo diablo: “¿Quién le dice a usted que la religión cristiana, como las restantes, no sea una mera superstición, como tantas ha habido y, me temo, tantas habrá?”.

Si hacer el bien y confesar la verdad, por dura que esta fuera, me había deparado perjuicios inesperados, me dio por pensar que acaso debería hacer lo opuesto, el mal, y mentir como un bellaco para ver si así cambiaba mi pésima suerte. Lo descarté.

Determiné que era mejor optar por la bondad que por la maldad, aunque eso no tuviera las consecuencias apetecidas. La satisfacción personal por el gesto o la gesta coronada no me la podía quitar nadie. Y así lo pude comprobar, de manera fehaciente, cuando acudía los sábados por la mañana, mientras estudiaba COU, al asilo zaragozano de la calle Cartagena, ayudando a las monjas que lo gestionaban.

Y arribado al colofón, al párrafo final, ahí te mando, atento y desocupado lector, ora seas o te sientas ella, él o no binario, mi postrera reflexión, por si te sirve para tu peculiar existencia: el prejuicio siempre acarrea perjuicio, aunque eso solo sea para ti un mero juego de palabras a partir de un anagrama.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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