El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

¿Un libro puede ser una mascota?

¿UN LIBRO PUEDE SER UNA MASCOTA?

COMO A AMBOS CABE ACARICIAR SU LOMO,

SÍ, SIEMPRE QUE ESTE NO MENEE EL RABO,

QUE TIENE, Y LEER SUELO DESDE EL CABO

Basta fijar la mirada, o sea, concentrar la atención, en el modus vivendi de las personas que conocemos y queremos para constatar lo evidente, la pluralidad o variedad de las circunstancias o situaciones que las rodean. Está claro, cristalino, que vivimos tiempos de individualismo machacón y, tal vez, como consecuencia o correlato de ello, creciente soledad, en los que una mascota, can o minino, puede ayudar a un quídam a atenuar o paliar la impresión refractaria que ha dejado en su mente lo obvio, la inopia de relaciones humanas plenas, satisfactorias. ¿Cabe considerar mascota un libro? ¿Y una enciclopedia? Supongo que todo dependerá de si quien contesta a dicha pregunta es un lector empedernido o no lee. Como a ambos cabe acariciar su lomo, sí, siempre que este no menee el rabo, que tiene, y leer suelo desde el cabo.

Este menda, verbigracia, vive solo. Ahora bien, aunque tiene pocos amigos, los que atesora son óptimos, excelentes. Como se junta menos de las veces que quisiera con ellos, ha pergeñado la manera de buscarles inconcusos e increíbles sustitutos a los tales, los libros. Hasta un buen diccionario, si lo sabes manejar oportunamente, puede ser un estupendo libro, que, aunque tocho, en realidad, también lo es. Ha comprobado que esos encuentros son indelebles, inolvidables. Y ha hallado una posible explicación a dicha quintaesencia en unas líneas de Baltasar Gracián: “Esta es la ordinaria carcoma de las cosas. La mayor satisfacción pierde por cotidiana, y los hartazgos de ella enfadan la estimación, empalagan el aprecio”.

Ignoro qué opinión tiene al respecto el atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos, pero este es mi criterio, que una ciudad, la que sea, pierde distinción, elegancia, prestigio, si se le restan esos lugares de alto refinamiento, cultura o arte, donde uno ha aprendido a sentirse a gusto y a salvo de cualquier zarpazo de la estupidez. Me refiero, claro está, a los edificios religiosos o laicos, privados o públicos, en los que hay que entrar y contemplar, si están abiertos y son visitables, aunque uno sea ateo, ácrata o lo que haya decido ser, cuanto contienen; los museos y las bibliotecas.

En el reciente viaje que hice con mi amigo del alma Luis de Pablo a Cantabria, contemplamos, por dentro y por fuera, el santuario de la Bien Aparecida, patrona de dicha comunidad autónoma, en Ampuero (en cuyo restaurante degustamos lo que nos recomendó la fémina a la que preguntamos por su concreta ubicación en el pueblo antedicho, la tortilla, exquisita); la cueva del Valle, en Rasines, y de Cullalvera, en Ramales de la Victoria, en cuyo hotel “Río Asón” estuvimos magníficamente hospedados durante los cuatro días que duraron nuestras cortas vacaciones; el Museo de la Cantería Rodrigo Gil de Hontañón y la iglesia de San Martín, que queda enfrente (Victoria, la cicerone o guía estuvo, sencillamente, de diez, en sus explicaciones), en Cereceda; y los pueblos bonitos de Cartes y Liérganes, por ejemplo.

Si yo he visto con mis propios ojos que el dueño lleva a su mascota en brazos (algo parecido suele hacer conmigo Hipnos o su hijo Morfeo, que me sostienen en los suyos, cuando caigo rendido de sueño donde sea y me quedo en ellos, mullidos, durmiendo a pierna suelta), si esta es pequeña, y aun siendo grande, ¿por qué no puede portar en los susodichos una pila de mascotas, o sea, de libros?

Desconozco si el motivo descansa o estriba en las células espejo o radica en otra ignota fuente o razón de peso; ahora bien, lo que a mí sí me consta es que los genios (que pueden ser el autor de un libro y el lector atento del mismo) se reconocen entre sí al instante, tras leer una docena o decena de páginas, como lo propio ocurre con las personas catalogadas por las demás como raras (extraordinarias), que se perciben al momento, nada más mirarse fija y recíprocamente a los ojos.

Si el ser humano es un animal social, verdad que no he hallado aún a nadie que la haya refutado, abatido del pedestal donde está, urge recuperar cuanto antes su capacidad para dialogar y escuchar, intentando entender, interpretar, lo que dice el otro, la parte de verdad que acarrea y tiene el otro.

Jean Jacques Rousseau se preguntaba en “El contrato social” (1762) por el bien común. Y argumentaba que era una parte de lo que defiendes tú, una parte de lo que juzgo yo y una parte de lo que sostiene ella, él o el no binario. Todo ello, bien conjuntado, es el interés general, el bien común. Algo similar cabe deducir de la teoría del perspectivismo de José Ortega y Gasset. Basta recordar la anécdota ejemplar de la manzana que exhibió en cierta conferencia proverbial.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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