El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

¡Qué buena compañera es la doble ese!

¡QUÉ BUENA COMPAÑERA ES LA DOBLE ESE!

Ignoro qué cavilan los vecinos del edificio donde vivo, pero no desconozco qué pienso yo al respecto, cuando empuño el BIC azul y me pongo a trenzar de ese asunto en concreto, que, para mí, grosso modo, se concentra, reduce o resume a un mero tándem: parto de la realidad pura y dura y luego la metamorfoseo a mi antojo, sin dejar de engarzar una mentira tras otra, como el bellaco empedernido que, como literato, lo reconozco sin ambages, soy. Salvo que urda una fiel crónica de un viaje (incluida la comida) con mis amigos más íntimos, o de un suceso, como es el caso, que, cada cierto tiempo, se repite y viene a exasperarme y a incrementar, velis nolis, mi ya de por sí natural, elevada tensión arterial, ¿acaso a alguien le cabe alguna duda de que todo letraherido que compone ficciones es un mendaz redomado? A este menda, al menos, no.

Bueno, pues, hoy me da por conjeturar que en la finca de marras, la susodicha, unos nos limitamos a desconfiar de los otros, y viceversa; en suma, que todos recelamos de todos, sin excepción. Todos decimos perrerías de todos; y no solo los que no tenemos perro de los que lo tienen y no siempre limpian cuanto sus ladradoras mascotas manchan. Cuando notamos que alguien nos hurta un derecho (a dormir y descansar plácidamente, por ejemplo), porque hacen ruido aposta (estoy plenamente convencido de que eso es así, y no una leyenda urbana; llevo un chip incorporado que pita cuando el ruido no es normal, sino producido adrede), nos sentimos agredidos, insultados, ninguneados.

Sostengo la tesis de que hay quienes no están preparados para vivir en un edificio, porque les falta seguir y aprobar un curso de civismo, de urbanidad. Hay quien se ducha a la hora de la noche que le da la gana, real o fingida. Hay quien, a las cinco de la mañana, se cree que está en medio del campo y habla a grito pelado con su comunicante de bobadas sin cuento, como si a sus vecinos nos interesara escuchar a esa hora bagatelas a gogó, antes que dormir a pierna suelta; y es que las paredes del edificio donde residimos parece que fueron hechas, más que con ladrillos, con papel de fumar (exagero, sí, sin duda, pero he echado mano del recurso literario de la hipérbole por la sencilla razón de que, si no se escucha todo, se oye casi todo, el grueso, la mayor parte; incluso cómo se ríe, durante más de media hora seguida, con sus pausas pertinentes, claro, ignoro la razón, a las dos y media de la madrugada, una fémina; así que ruego, con especial encarecimiento, que no me pregunten por el porqué).

A mí no me parece mal que quienes se hallan entre nosotros, tras emigrar (procedan de donde procedan), traigan a España sus costumbres, siempre que no contravengan las ordenanzas municipales de nuestra ciudad y menos aún que nos las quieran imponer (eso ya sería la repanocha). Lo digo porque usan zapatos con tacones o punteras con chapa de metal, parecidos a los de claqué (deduzco, por cómo suenan) para taconear a la hora del día o de la noche que les venga en gana, porque a la adicta al taconeo le ha surgido la sospecha o le ha dado la neura de que puede olvidar, ipso facto, cuanto aprendió a coronar en su país; a la tal le falta hacer esta inexcusable reflexión: ¿Qué tal le sentaría a ella soportar dicha incomodidad, esos ruidos, en su casa? No llevar a cabo ese imprescindible ejercicio de empatía y solidaridad es lo que el abajo firmante de estos renglones torcidos echa en falta.

¿Y tú qué? Pues yo, como vivo solo, juzgo que no llego a hacer ni una décima parte del ruido que generan la media docena (o más) de personas que (calculo, a oído de buen oyente) viven en el piso de arriba, que, ya, cuando montan un fiestón, superan la docena (o eso es lo que me parece a mí, que es quien colige o infiere). Escribo mis urdiduras o “urdiblandas” a mano por las tardes, cuando ellos duermen la siesta, cuando la doble ese, la soledad y el silencio, no hay mejor compañía en el mercado, se digna hacerme una visita.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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