SOY UN EMPEDERNIDO MENTIROSO
Y ME SIENTO ORGULLOSO AL PROCLAMARLO,
CUANDO SOSTIENE UN BIC AZUL MI DIESTRA
“—Cuando yo uso una palabra —insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso— quiere decir lo que yo quiero que diga… ni más ni menos.
—La cuestión —insistió Alicia— es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
—La cuestión —zanjó Humpty Dumpty— es saber quién es el que manda… eso es todo”.
Lewis Carroll, en “A través del espejo y lo que Alicia encontró allí” (1871).
Lo reconozco sin ambages ni requilorios: soy un mentiroso redomado. Cuando escribo literatura de ficción, embeleco mucho, siempre que venga a cuento la bola, el bulo o la trola (o sea, admito que engaño con un porqué, siempre que abrigo una razón de peso para intercalar una patraña en el relato que estoy trenzando, es decir, llenar la grieta, el hueco o la rendija que advierto en mi texto con contenido verosímil, aunque sea falaz), claro, aunque, en un principio, no lo exija el guion del pensamiento pergeñado por este menda, cuando sostiene un BIC azul su diestra. Sé que miento cuando sueño estando dormido, porque me consta, de manera fidedigna, que, si mi consciente puede ser mendaz, mi inconsciente siempre lo sobrepasa y deja atrás, a la hora de elaborar embustes. Y engaño, asimismo, cuando sueño estando despierto, pero entonces, en ese caso, no miento a los demás ni me miento a mí mismo, porque, sensu stricto, sé que lo ideado por servidor no es verdad, pero tampoco mentira, y lo mismo saben los otros. Porque ¿a ese conjunto de hechos alternativos que, siendo fabulados, no quieren pasar por verdades, se le puede denominar nido de falsedades? No. O sí, que de todo hay en la viña del señor.
Si, como dejó escrito negro sobre blanco y en letras de molde Oliver Sacks, “todo acto de percepción es hasta cierto punto un acto de creación, y todo acto de memoria es hasta cierto punto un acto de imaginación”, no me extraña nada de nada que tenga tanto predicamento entre mi peña o piña de amigos, la cuadrilla de “El Andaluz”, ese aserto que no se cansa de proferir, porque lo suele tener siempre en la punta de la lengua, a punto de largar o soltar, fray Ejemplo, que aquí todo bicho viviente con dos dedos de frente, todo bípedo implume que sea consciente de que no es un pollo desplumado, miente como un bellaco o bribón, aunque algunos solo lo hagamos, de manera literaria, para que quienes hacen el esfuerzo intelectual de leernos puedan pasar un buen rato mientras lo hacen.
Está claro, cristalino, que, si con la información que ponen en circulación los mass media y recibimos por los diversos canales podemos completar un mosaico, y ese conjunto de teselas lo consideramos la realidad, cuanto mayor sea el puzle conformado con las piezas suministradas mayor, mejor y más veraz será el mosaico o conocimiento que tengamos del mundo. Bueno, pues, eso no siempre es verdad, porque los errores, voluntarios e/o involuntarios, y las falsedades también son información, y esa, al ser falaz, puede venir a entrar en conflicto con la veraz; así que los poderes pueden priorizar unas sobre otras, escogiendo las que mejor se acomoden a sus intereses, que suelen ser las falsedades.
Hannah Arendt, en el ensayo “Verdad y mentira en política”, 1974, que recoge dos opúsculos breves, “Verdad y política”, publicado una década antes, y “La mentira en política”, en 1971, tras ver la luz en el New York Times los Documentos del Pentágono, en torno a la guerra de Vietnam, sostiene que el modo de falsear un hecho no es escondiéndolo o silenciándolo, sino manipulándolo para que diga lo que el poderoso quiere que diga, remedando la cita que encabeza estas líneas, de Lewis Carroll en “A través del espejo…”. Más tarde, la influyente filósofa Hannah Arendt nos alecciona así: “Nadie ha dudado jamás con respecto al hecho de que la verdad y la política no se llevan demasiado bien, y nadie… ha colocado la veracidad entre las virtudes políticas. La mentira siempre ha sido vista como una herramienta necesaria y justificable no solo de los demagogos, sino, también, del hombre de Estado”.
Me consta que todos los autócratas que en el ancho mundo son, varios puñados, que también se colocan bajo el mismo falso paraguas que cobija a Putin y a Trump, “nuestros oponentes son peores que nosotros”, acostumbran a jugar con las cartas marcadas para, si no pueden ganar, al menos, no perder, y echan mano de la mentira como hizo el ministro para la Ilustración Pública y Propaganda de Hitler, Joseph Goebbels: repite todos los días la misma mentira, conseguirás que un día sea considerada verdad.
Si, como dejó dicho Albert Camus, “el arte es la expresión más pura de la libertad”, y como dejó escrito Miguel de Unamuno, “solo el que sabe es libre y más libre el que más sabe”, cabe concluir cuánta nota dormida hay en el rótulo y dentro de las páginas de “La verdad de las mentiras”, ensayo poliédrico de Mario Vargas Llosa, esperando al atento y desocupado lector que las espabile.
Nota bene
A veces miento por el mero hecho de disponer de la facultad o posibilidad de hacerlo, de probar a ejercer la máxima libertad en mi proceso creativo.
En “Mi patria era una semilla de manzana”, libro de recuerdos en el que la premio Nobel de Literatura de 2009 Herta Müller mantiene una larga, interesante y concienzuda interviú con la periodista y editora Angelika Klammer, se leen entre otras cabales reflexiones, este aserto certero de la novelista, ensayista y poeta rumano-alemana (pues tiene la doble nacionalidad): “Creo que la ternura inesperada te puede asustar igual que la violencia inesperada, por no decir que más todavía”. Nada más leerlo y apuntarlo en mi cuaderno de notas, me hizo recordar la verdad que puede contener toda ficción, por ejemplo, una película que me fascinó la primera vez que la vi y oí, y me ha seguido flipando todas y cada una de las veces que la he vuelto a ver y oír, “El indomable Will Hunting” (1997), filme dirigido por Gus Van Sant, e interpretado en sus principales papeles por Matt Damon y Ben Affleck, que ganaron el Oscar de ese año por ser los guionistas del mismo, y Robin Williams, que se hizo con el Oscar al mejor actor de reparto.
Ángel Sáez García