EL VAIVÉN DE LOS DEDOS CALMA EL ALMA
Atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de estos renglones torcidos, aunque puedo equivocarme (el ser humano es un ente falible), me arriesgaré y aduciré que jamás (de los jamases) he escrito a propósito de la copia de un cuadro que hay sobre una de las paredes del vestíbulo de mi casa, que, quien entra por la puerta, se lleva, sí o sí, a los ojos de su cara (salvo que quien traspase el quicio sea invidente, claro), porque queda enfrente. En la réplica o reproducción de dicha pintura, una mujer, vestida de blanco, con el pelo recogido (pero no en la clásica forma de moño), sentada en un sillón de madera, ha dejado de leer el libro que tiene sobre sus muslos y mira el horizonte desde la terraza del palacete donde se halla, mientras intenta tamizar lo que acaba de leer.
Una vez he escrito el primer párrafo del texto en prosa, mientras mantengo empuñado el BIC azul con los dedos pulgar, índice y corazón de mi diestra, intentando averiguar por dónde voy a continuar el relato, qué derrotero o ramal debo tomar, me demoro en recordar los elementos precipuos o principales del lienzo: las columnas, las rocas, el mar, las tinajas, los cántaros, las flores, los arbustos, etc.
Aunque parezca un número de magia o una mera patraña, mutatis mutandis, reparo en lo obvio, que hago algo parecido a lo que corona mi prima Manuela (Manoli), cuando muchas noches, tras entrar en su casa para comentar con ella y su esposo, Manuel (Manolo), lo acaecido durante el día, me fijo en que tejer un jersey, como hace ella, tiene mucho que ver con lo que redacto ahora, las líneas que compondrán esta semblanza.
Ni Manoli ni yo sabemos que la prenda que ella confecciona y la pieza literaria que anda trenzando servidor tienen la misma destinataria, y es, pásmese, lector, la lectora del cuadro, que, atónita, se devana ahora los sesos, se estruja las meninges, a fin de entender cómo puede ser posible que ella sepa lo que nosotros, los hacedores del jersey y la fábula, ignoramos, que el vaivén de las manos calma el alma.
Ángel Sáez García