ODIÉ, SÍ, CUANTO AMÉ CON TODA MI ALMA
Hoy, con la perspectiva o el prisma original que dan los años transcurridos desde el affaire, sonrío y hasta me río a carcajada tendida, a mandíbula batiente, pero qué mal lo pasé. Acaso (no; estoy seguro del hecho, sin él) entender qué les había pasado a otras personas, me sirvió para sobreponerme de la negra depresión que padecí otrora, para salir airoso, indemne, de ese ponzoñoso pozo en el que estuve metido o creí haber estado encerrado, recluido.
Después de haber leído y releído lo que varios deportistas de primera fila han confesado públicamente, en libros escritos por ellos o en entrevistas que les han hecho, que tuvieron que cortar por lo sano, decir basta y acudir a las consultas de médicos especialistas en salud mental para poder superar sus fobias y neuras, somos muchos, una legión, quienes hemos conseguido rehacernos.
Antaño me enamoré de una mujer que no me convenía y fui una pelota (del deporte que más le guste practicar al atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos) en sus manos o en sus pies. Hizo conmigo todo lo que le dio la gana, pues yo estaba enamorado de ella, sin resquicio, hasta los mismos tuétanos, en un estado que suelo calificar ahora, cuando me refiero a él, de una fusión, a partes iguales, de estupidez y locura.
Yo veía, escuchaba, pero no tamizaba correctamente esas percepciones. Así que, cuando ocurrió el desenlace, la ruptura, me quedé desnudo y a la intemperie, sin saber qué hacer ni a adónde ir, desanimado y desarmado, desmotivado y desnortado. No sé si la causa fue el efecto o viceversa, pero mi depresión me llevó a odiar lo que tanto había amado. Puede que el odio que sentí hizo que la depresión se abriera paso dentro de mi cacumen por una grieta que quedó expedita en medio de una de las anfractuosidades o circunvoluciones del cerebro y se coló de rondón en él, instalándose de manera interina.
“Odi et amo”, escribió Catulo en su Carmen 85, que sigue así: “Quare id faciam, fortasse requiris. / Nescio, sed fieri sentio et excrucior”, o sea, “Te odio y te amo. Por qué hago esto, acaso te preguntes. No lo sé, pero siento que ocurre y me atormenta”. Él vivió esa oposición mientras el amor palpitaba; yo, cuando mi amor por ella, qué déspota, impuso que había acabado. Llegué a detestar a quien no podía ni quería ver. Me daba miedo poder encontrarme con ella y quería estar a años luz de aquel lucero que había sido mi estrella preferida.
Esa relación me marcó. A veces, si hay un espejo, aún me veo reflejado en él, agachado, en cuclillas, recogiendo del suelo, trozo a trozo, los papelitos de diversos colores en los que quedaron hechas trizas mis ilusiones, como si fueran los fragmentos del confeti tras la fiesta. No le he echado el candado al amor, pero no creo que vuelva a enamorarme más como lo hice entonces. Fue una bendición, como leer ahora EL PAÍS durante el fin de semana y conseguir el reto de completar otrora el crucigrama blanco de EL PAÍS SEMANAL. Me refiero al año 1980, cuando estudié COU en el colegio “Enrique de Ossó”, de Zaragoza.
Ángel Sáez García