El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

En Rosales, refugio de Otramotro

EN ROSALES, REFUGIO DE OTRAMOTRO

Rosales existe y no existe. Un experto en mecánica cuántica, ergo, que conozca el archiconocido y proverbial experimento mental del gato del físico teórico austríaco-irlandés Erwin Schrödinger, Premio Nobel de Física en 1933, que compartió con el británico Paul Dirac, seguramente, me entenderá. Rosales es el refugio de Otramotro, el taller adonde acude cuando se atasca. Alguna vez le he escuchado decir que es mano de santo o panacea, ya que basta con desplazarse a dicho lugar, y respirar el aire que por aquellas alturas circula, para que vuelva a recuperar, a las pocas horas de su estancia allí, su swing, su dinámica habitual de escritura. Es un lugar extraordinario, porque los ruidos naturales que se generan allí, pues no faltan, y escuchan, en lugar de desconcentrarlo, de estorbarle, son fautores, pues le ayudan a componer sus piezas literarias. Ahora bien, Rosales es un nombre apócrifo, fingido, no real, que él usa para que el auténtico quede en el anonimato, en secreto, oculto al conocimiento del público. Lo ha llamado así por una razón cierta, porque su vecina más cercana tiene unos rosales envidiables, por su fragancia y exuberancia, en el amplio y cuidado jardín.

Como la realidad actual se parece al león de la Metro, que ruge desafiante y está sin amaestrar, Otramotro huye del mundanal ruido, de esa no tan asidua fiera de feria que, cuando no le enseña sus fauces, le exhibe sus garras afiladas con las que le amenaza con hurtarle porciones de su bien más preciado y precioso, su imperturbabilidad de ánimo, su serenidad, esa fuente que le suministra energía para que ponga en marcha y funcione a buen ritmo el motor de su escritura.

Nada más llegar a su casa, tras hacer sonar tres o cuatro veces la aldaba de su puerta, me ordena, desde dentro con su vozarrón característico:

—Empuja la puerta, que está abierta, y entra, seas quien seas (puede parecer extraño, pero Otramotro trata a todos, amigos o enemigos, de igual manera).

Cuando me reconoce, más por la voz que por mi silueta, desdibujada, en el zaguán, se levanta de la silla, acude a mi encuentro y nos abrazamos; ese es, desde años, nuestro saludo, y mantenemos el ritual.

Me fijo en que, entre la prensa sabatina, la del día de autos, tiene sobre su mesa EL MUNDO, el ABCLA VANGUARDIA y EL PERIÓDICO. Echo en falta EL PAÍS, y le pregunto:

—¿Y el Periódico Global?

—Ya sabes que soy laminero, morrudo, y lo guardo para el postre, Metaplasmo.

Como yo no he traído mi ejemplar de EL PAÍS, que he dejado en casa, me propone que lea el diario que más me apetezca durante dos horas.

—Si te peta o place leer el diario de PRISA, lo tienes en la mesa que hay junto al sillón —me dice y señala con el mentón y la vista—. Puedes ocupar mi sitio y hacerlo a tu gusto y hábito, de delante hacia atrás o viceversa, o a salto de mata, al azar. Y, por supuesto, te invito a comer. Esta mañana he hecho una menestra de verduras con productos de La Mejana, pero puedo prepararte unos huevos con chorizo y/o jamón, en un periquete.

—Acepto, de buena gana o grado, el convite.

—Hala, pues al lío, a leer.

A la una en punto, tras colocar sobre la mesa los vasos, los cubiertos y las servilletas de papel, ha abierto una botella de crianza de Ramón Bilbao, ha llenado hasta la mitad los recipientes y tras acercarme uno, ha levantado el suyo, los hemos entrechocado sutilmente y él ha brindado:

—¡Salutem et amicitatem!

—Me consta que ese brindis, en latín, lo usas de ordinario con tu amigo Pío Fraguas (y su esposa Diana).

—Pues considérate tan amigo como Pío, Eladio.

Hemos acompañado el trasiego de vino de Rioja con un popurrí de frutos secos, sobre todo, anacardos, avellanas y pistachos, y patatas fritas de una bolsa de la marca Santa Ana, de las que es devoto, como de la Abuela y Patrona tudelana.

Y concluyo esta crónica así. Mientras estábamos despachando la variada menestra, exquisita, Otramotro ha hecho referencia a dos autores clásicos. Primero ha recordado una cita del libro IV de “La República“, de Platón, en la que en el diálogo que mantienen Adimanto y Sócrates cabe leer esta pregunta sobre los enfermos: “—¿No es lo más singular en ellos el que consideran como su más mortal enemigo al que les anuncie que si no cesan de comer y beber con exceso y de vivir en el libertinaje y en la desidia, de nada les servirán ni las bebidas, ni el hierro, ni el fuego, ni los encantamientos, ni los amuletos?”. Luego ha venido la del capítulo XLIII de la Segunda parte del “Quijote”, de Cervantes, donde el hidalgo, ya caballero, le aconseja a su escudero, Sancho: “Come poco y cena más poco, que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago. Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra”.

   Eladio Golosinas, “Metaplasmo”.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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