CUANDO EL LIBRO DE ESTILO NO SE ESTILA,
¿QUÉ CABE HACER? ¿TIRARLO A LA BASURA?
Cuando un periodista (ora sea o se sienta ella, él o no binario), mero contador de hechos ciertos, cree que su forma de redactar las noticias de que tiene conocimiento por el medio que sea, siempre que este sea creíble, verosímil, es la idónea, qué difícil resulta hacerle ver que está equivocado, y, aún más, que le convendría cambiar de perspectiva, prisma o punto de vista y la manera de relatarlas. Cuando una costumbre o rutina se ha instalado o esta ha echado raíces dentro de uno, constata, de guisa fidedigna, lo que tengo por obvio, que, como adujo certeramente Albert Einstein, es más fácil desintegrar un átomo que cepillarse un prejuicio, que nos ha caído encima de la ropa y se ha quedado prendado y hasta prendido de ella como si fuera una miga de pan.
Hace tres semanas justas, en la Nota bene que añadí a la urdidura que rotulé “¿Quiénes rebajan? ¿Quiénes aseguran?”, que vio la luz en mi bitácora de Periodista Digital el 9 de febrero de 2026, elogié con sumo gusto, por ser merecedor de encomio, el artículo que Soledad Alcaide, Defensora del Lector de EL PAÍS, había escrito oportunamente, titulado “Léxico para el rigor”, que fue publicado la víspera, el domingo 8 de febrero de 2026, en la página 18 del Periódico Global.
En el tercer y último punto de dicha pieza, que Soledad denominó “nombre ficticio”, la Defensora argumentó: “Se ha extendido en los reportajes el recurso de dar un ‘nombre ficticio’ a una fuente sin identificar que se repite en una información. La expresión resulta muy desafortunada porque levanta un velo de duda sobre el testimonio: si hay resquicio para inventar un nombre, por qué no para falsear la fuente (…) Pero el manual de estilo solo la admite cuando haya ‘un motivo grave que debe indicarse en el texto’: ‘Por temor a represalias, por estar obligado a mantener la confidencialidad del asunto que revela u otros análogos’. Recurrir a un nombre figurado no puede ser una excusa para hurtarle al lector esta justificación, vital para la credibilidad de la información”.
Vaya por delante que no tengo nada en contra de las personas de los periodistas Elsa García de Blas y Carlos E. Cué, de EL PAÍS, ni de ningún otro de su amplia Redacción, pero sí del incompleto modo de redactar de ambos, porque me hurtan información.
Si tengo en cuenta y/o tomo en consideración lo que escribió ayer, domingo 1 de marzo de 2026, Sergio del Molino en “La tele de los que no tienen tele”, su artículo de la página 63, en lo tocante al literato Emmanuel Carrère, este “es el menos fiable de los narradores, nunca sabes qué inventa, cuándo juega y cuándo se somete a la verdad”; lo que dejó escrito, negro sobre blanco, mi quinto Javier Cercas en “El secreto vacío”, de la página 30: “No hace falta haber leído a Shakespeare para saber que una misma persona puede hacer las cosas muy bien en un determinado momento y, al cabo de unos años, hacerlas muy mal: es lo que ha ocurrido con Juan Carlos I” (por cierto, con Javier Cercas, que es humano —confundió recientemente en su palo de ciego “La respuesta de Mike Pence” a Rob Riemen con Rob Reiner; y es que el mejor escribano echa un borrón—, y conmigo, que ídem; y con Elsa García de Blas y con Carlos E. Cué, sí, también); y, asimismo, que la realidad es poliédrica; no sé cómo interpretar los tres destacados del artículo titulado “Los barones del PP se dividen ante el giro de Feijóo en los contactos con Vox”, que firma Elsa en las páginas 26 y 27 del Periódico Global. En el antetítulo leemos este: “‘Si fracasan las negociaciones (falta la coma) ya no será un problema de Azcón o Guardiola’, advierte un líder autonómico”. En la columna central de la página 26 se leen estos dos: “‘La intervención de Génova siempre sale mal’, recuerda un veterano dirigente” y “‘Al PP le va tocar tragar muchos sapos’, advierte otro cargo popular”.
¿Encomia el o la responsable de edición el escamoteo evidente de Elsa o se lo afea? Ignoro qué pensará el atento y desocupado lector de estos renglones torcidos, pero a mí me queda la sensación refractaria, tras leerlos, así como lo propio han hecho otros que aparecen en el cuerpo de la crónica, que me han hurtado información. ¿Quién es ese líder autonómico del PP? ¿Quién es ese veterano dirigente? ¿Quién es ese otro cargo popular?
Si acudimos a la página 34, en la columna titulada “El rey que no quiere volver como ciudadano”, que firma Carlos E. Cué, nos encontramos con el mismo problema aducido arriba. Nada más releer el segundo subrayado hecho por mí, ya tenía un título provisional para esta urdidura, y su correspondiente subtítulo. Helos aquí: “Según fuentes políticas diversas, de las que no daré ningún ejemplo…”
Para no hacerlo muy largo, destacaré tres ejemplos de lo que yo he dado en llamar “incompleto modo de redactar”, pero hay más. Primero: “‘hemos tenido la mejor semana en mucho tiempo, al fin se habla de contenido’, se relajaba un ministro estos días”. Segundo: “De hecho, la salida del emérito de España, según diversas fuentes políticas (de las que, por supuesto, no da ninguna; para qué), fue una operación coordinada entre La Zarzuela y La Moncloa para salvar la imagen de Felipe VI…”. Tercero: “En algunos círculos conservadores, y sobre todo ultraderechistas, estos días había muchas críticas contra Felipe VI por no facilitar el regreso de don Juan Carlos. Y en La Moncloa culpan a Feijóo de esta deriva. ‘¡Pero cómo se puede ser tan torpe! ¡Feijóo pisa todos los charcos! La Casa Real ha sido muy clara…’, sentencian al máximo nivel del Gobierno”. Si algún lector se pregunta qué es eso, le aseguro que no es el único, o sea, que no se halla solo. Yo tampoco sé cuál es el intríngulis de esa entelequia.
En una pieza anterior, en la que trataba sobre el mismo affaire, me preguntaba: ¿Habrá que tirar el manual de estilo de EL PAÍS a la basura por ser papel mojado? Acaso sea lo que más convenga, si algunos de sus periodistas lo toman como el pito del sereno. ¿O es que no se pitorrean de él? Amén de hacerle cortes de mangas, le hacen peinetas a gogó, a tutiplén.
Nota bene
Por seguirle la zumba a mi querido quinto, olvidábaseme de decir que ayer me parecieron justos los dos galardones otorgados por él en su “El secreto vacío”: “el Premio de Pensamiento (iba a refutarle que sería más de Sentimiento, pero he recordado lo alegado por don Miguel de Unamuno, que piensa el sentimiento y que siente el pensamiento, y me he dicho: quieto, parado, y punto en boca) Orgasmo de Rotterdam (a partir de ahora, le deberé a Cercas la falsa etimología de Erasmo, que acaso me procure una fortuna, mera fusión o contracción de Eros y orgasmo) se lo llevó de calle (y tal vez le pongan su nombre y apellido, aunque parezca otro nombre, a una avenida o rúa) Enrique Santiago, quien le demostró a Occidente que es posible ‘blanquear’ con la verdad (‘una clarísima operación de blanqueo’, declaró). Y el Premio Chus Lampreave a la sinceridad se lo concedí yo solo, pero por unanimidad (que tiene más empaque y enjundia, ¡genial!, sinceramente) a Mertxe Aizpurua, que reconoció, desolada: ’Ha sido una decepción’”.
Al paso que vamos (esto solo va para doña Soledad Alcaide), o la manera incompleta de redactar de Elsa y Carlos cambia radicalmente o mi crítica va a devenir en otra costumbre o rutina. Pero esta, sanísima.
Ángel Sáez García