El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Antonia, cuando es buena, es estupenda,…

ANTONIA, CUANDO ES BUENA, ES ESTUPENDA,

PERO, CUANDO DE MALA HACE, ES MEJOR

Como conmigo empezó a formarse la fila, fui el primer viajero en subir las escaleras que daban acceso al autobús. Así que, si no había cometido un error garrafal, que se me pasara por alto la persona que confiaba, deseaba y esperaba ver, Nieves, este viernes la susodicha no había abordado el bus. No obstante, como he aprendido a no dar nunca nada por sentado, y aún quedaban unos minutos, cuatro o cinco, no más, para que emprendiera la marcha, me levanté y eché un vistazo rápido hacia delante y otro hacia atrás, por si la veía, pero no la vi, porque, sencillamente, no estaba. Yo ocupaba el mismo asiento, el 26, y anhelaba que, si veía que Nieves montaba en el autobús, se acomodara en el que quedaba libre, a mi izquierda, el 25, el de la ventana.

Cuando escuchamos por megafonía que el bus que se dirigía a Rosales, final de trayecto, iba a salir, la joven que ocupaba el asiento 23, junto al pasillo, en la parte derecha, giró su cabeza y me preguntó si podía sentarse a mi vera. Le iba a contestar que no, porque me había producido, amén de chasco, desazón que Nieves, durante aquel viaje, no tomara el bus, pero, en un santiamén deduje e intuí que sería injusto (para ambos, para ella y para mí) optar por la negativa, y le respondí que sí. Contó a su favor que pusiera cara de ángel, de no haber cometido una falta grave en su vida.

Por ende, me levanté, salí al pasillo, le dejé pasar y nos sentamos. Nada más hacerlo, Antonia, “Toñi”, que estudiaba Biología en Zaragoza, se presentó y yo, que suelo estar a la altura de las circunstancias, correspondí. Luego me dijo:

—Pensé que no me iba a atrever, pero recordé una frase que, en uno de sus textos, usted atribuyó a uno de los Siete Sabios de la Antigua Grecia, la que dice así: “Aprovecha la oportunidad”, de Pítaco, de Mitilene; y, ahora, sabiendo que es usted Otramotro, no me hubiera perdonado nunca no haber dado el paso previo para conseguir el hecho, el premio. Aún estoy anonadada, deslumbrada, no se crea, pero, después de escuchar su nombre de pila, Ángel, lo estoy un ápice menos.

—Las personas que solemos tomar como estrellas del firmamento son seres humanos, como nosotros. A mí solo me acochinan, acojonan o acongojan durante uno o dos minutos, como mucho.

—Déjeme decirle que usted me parece un escritor formidable.

—¿Sabes cuál es la primera entrada que nos brinda el Diccionario de la lengua española de la voz “formidable”?

—No.

—Muy temible y que infunde pavor.

—Pues también, además de fascinante o magnífico, claro.

—Aunque me apabullas y sonrojas, gracias.

—Desde que hice caso a mi amiga Nieves, de la que escribió el primer encuentro que tuvo con ella en este autobús de línea, que me recomendó encarecidamente que lo hiciera, leo los textos que publica a diario en su bitácora de Periodista Digital.

—¿Eres amiga de Nieves?

—Sí, las dos somos de Trinquete. Este fin de semana se ha quedado en Zaragoza, porque tiene el martes un examen de Bioquímica, y esa asignatura se le está atragantando.

—No me extraña. A mí me pasó otro tanto.

—Es verdad. Usted también estudió Medicina.

—Solo el primer curso. Al año siguiente comencé Filosofía y Letras.

—Nieves vive en un piso compartido de la Avenida de Valencia con otras tres chicas.

—Yo viví en otro, pues no creo que sea el mismo, de esa calle zaragozana, y lo compartí hace cuarenta y tantos años con otros seis jóvenes varones. Dos de ellos, “los Luises”, siguen siendo amigos míos, pero del alma.

—Durante el mes largo que lo leo, el texto del día y dos o tres anteriores, he llegado a la conclusión, no sé si acertada o erróneamente, de que usted es un ángel, como su propio nombre de pila indica, y un demonio. Es, a la vez, el personaje bueno y el malo de los ideados por Arthur Conan Doyle, o sea, Sherlock Holmes y James Moriarty, su némesis.

—Toñi, todo ser humano tiene su parte positiva y su negativa, su doctor Henry Jekyll y el misántropo Edward Hyde, un caso característico de TDI, trastorno disociativo de la identidad. Tú, por ejemplo, que parece que eres un trozo de pan bendito, no haber roto un plato en tu vida, puedes devenir, en menos que canta un gallo o que mi amigo Julián se yanta una ración de callos, en un súcubo.

—Le suelo decir a mi madre lo mismo que dejó dicho la actriz Mae West: “Cuando soy buena, soy estupenda; pero, cuando soy mala, aún soy mejor”.

Y, desgraciadamente, nos despedimos, porque llegamos a Trinquete y Toñi se apeó en la parada, que queda junto al coqueto y remozado castillo medieval.

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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