¿QUÉ HABRÁ SIDO DE AQUEL RUDO Y VIOLENTO?
Hoy me he levantado de la frugal siesta (suele durar menos de media hora; pero a mí me valen esos pocos minutos de sueño reparador para afrontar con renovado denuedo y acaso ideas frescas la creativa tarde) abroncándome, censurándome, llamándome escritor conservador, que no es lo mismo que conversador, sí, aunque contengan ambas voces las mismas letras y, por ende, las tales sean, mutua o recíprocamente, anagramas entre sí, sino porque, por mucho que fantasees, como no te lo ibas a imaginar, atento y desocupado lector (ora seas o te sientas ella, ora seas o te sientas él, ora seas o te sientas no binario) de estos renglones torcidos, procedo a explicártelo detalladamente, con pormenores.
La causa, motivo, origen, raíz o razón de dicho adjetivo calificativo, “conservador”, descansa o estriba en que hay asuntos sobre los que puede disertar este menda, o temas sobre los que puede tratar, que ya los tiene prácticamente perfilados en la testa, que le debería costar trenzarlos apenas media hora cada uno de ellos y salir airoso, exitoso, de dichos aprietos o bretes. Así que, un día sí y otro también, se adentra servidor en la espesura de la jungla con el propósito de explorar y explotar sus tesoros ocultos, o sea, hallar las vetas metalíferas que esconde, porque los filones de las que acaba de hablar, sin concretar cuáles son, esos, ya los tiene seguros.
Hoy, como tengo lento el talento, y mi cinturón sigue sin muescas, si descartamos los agujeros que ya venían hechos de fábrica y/o serie, he recordado que otrora conocí a un sujeto, que era un jeta, que acostumbraba a hacer una hendidura en su cinto por cada tía que se tiraba. Así lo expresaba el desalmado. Las mujeres (casi todas universitarias, veinteañeras, como él, que en el primer curso de la carrera que decía estudiar, por cierto, no aprobó ninguna asignatura) eran para el caradura de marras el trofeo que, velis nolis, intentaba llevarse cada sábado por la noche a su catre (de ella) y que constara en su cinturón o curriculum vitae con la pertinente muesca en su exitosa carrera de donjuán. O sea, que hender o atravesar con su pene enhiesto la raja de un conejo lubricado de damisela, “sin tener que apoquinar un chavo”, así se enorgullecía el ufano, aparejaba otro corte en su cinto de cuero negro. Me pregunto, retóricamente, qué habrá sido de aquel sujeto rudo y violento, de aquel embrutecido, machista a machamartillo, al que le gustaba formar un corro con incautos y pipiolos, entre los que se jactaba de sus conquistas y saqueos (mientras cenábamos un domingo, en todas las mesas del comedor de la residencia se comentó su última osadía: a una ilusa le quitó las bragas rosas que llevaba y las guardaba como trofeo, que exhibía colgadas del crucifijo en la pared de su cuarto; le caía al crucificado aquella prenda íntima femenina como si le hubiera colocado el fantoche un bazuca apoyado en su hombro derecho, cual émulo del cinematográfico John Rambo), de sus batallitas eróticas.
Nota bene
Como cada lector es muy libre de colegir o deducir de cuanto acaba de leer lo que le venga en gana, barrunto, intuyo o sospecho, por casos anteriores, similares, que no faltará, entre quienes se hayan llevado a los ojos el texto precedente, el que crea, a pies juntillas, que este menda ha hecho aquí, en las líneas que contiene dicho escrito, una etopeya, si no exacta, bastante aproximada, de su propia persona en el pasado. Lamento urdirle que marra morrocotudamente, si ha llegado a pensar lo arriba anotado. Si es que sirve de algo, desmiento categóricamente que cuanto antecede sea un retrato psicológico y moral tanto de su persona como de la mía, porque, conjeturo que el sujeto de marras es irrepetible. Ahora bien, me puedo equivocar; los mass media no se cansan de narran sus fechorías, porque los cafres abundan, son legión.
Ángel Sáez García