SOBRE EL HOMBRE, ESE SER CONTRADICTORIO
Cabe argüir/decir/trenzar del hombre muchas cosas. Me apuesto doble contra sencillo, porque estoy persuadido (si no del todo, casi) de ello, a que nadie, que sea sensato y/o tenga dos dedos de frente, le extrañará escuchar ni tampoco pasar su vista por cuanto le consta, pues lo habrá oído y leído varias veces, verbigracia, esto, que es una pura y dura contradicción. De esa posible y hasta plausible definición se deduce que es un animal complejo; ahora bien, se le puede pintar o retratar también como entidad simple, y con un mecanismo sencillo. Durante un viaje en tren de dos horas largas de duración, estuve escuchando, a ratos, sin querer queriendo, a un grupo de cuatro féminas amigas, casadas, dos de ellas de manera doble, y eso es lo que saqué en claro que opinaban sobre nadie en particular, un mero varón prototípico. Y no me pareció lo que escuché de él una exageración o hipérbole, sino que habían dado de lleno en el blanco o centro de la diana con sus atinadas flechas, fueran lanzadas por ballesta o arco.
Yo, lo reconozco sin ambages, más de una vez me he sorprendido largando verdades sin cuento, o sea, mientras profería sin requilorios algunas conclusiones a las que había llegado en mis conjeturas o reflexiones, pues vine a aseverar que soy un autor con un don y una virtud, sin mencionar otros/as (por no jactarme de ello ni mucho menos aún con ganas de apabullar); por ejemplo, que soy un sujeto pobre en dineros, pero rico en ideas (al menos, una al día), ese es mi don; alguien con una óptima y, al mismo tiempo, pésima memoria, que más que aciaga es propicia, esa es mi virtud, pues me ayuda a coronar cuanto hago, mi tarea cotidiana, escribir. Por si el atento y desocupado lector no lo ha terminado de entender, me explico mejor abajo, en el párrafo que sigue.
Desde que dispongo de una tribuna fija, mi bitácora de Periodista Digital, el blog de Otramotro, publico todos los días del año (aunque no todas las jornadas urda, porque tal vez una docena o decena, no más, no culmine dicha labor) una nueva urdidura o “urdiblanda”. Me precio de tener buena memoria para recordar cuanto me acaeció ayer o hace escasas fechas, y, al unísono, mala memoria, que me permite olvidar pronto, a las pocas horas, aquello que acabo de redactar o versear. Cuando he hecho referencia a esa habilidad, mis contertulios han ponderado esa doble facultad mía. Y es que es una bendición, porque me facilita tener la pizarra mental limpia, dispuesta para volver a escribir con blanca tiza imaginaria sobre ese encerado impoluto, antes de hacerlo azul sobre blanco, que en mi caso suele ser muchas veces sobre gualdo, amarillo. Por eso yo no tengo miedo al folio en blanco, sino a la mente per istam, in albis.
Desconozco qué pensarán mis colegas al respecto, pero lo importante, para mí, a la hora de empuñar con los dedos pulgar, índice y corazón de mi diestra el BIC y ponerme a escribir, es haber cazado o pescado, al vuelo o sin anzuelo, una idea sobre la que discurrir o disertar. Y cobren bien o nada (como es mi caso; si me pagaran por llevar a cabo dicha tarea, eso ya sería la reoca, repanocha o miel sobre hojuelas), yo, tras haber escrito más de nueve mil textos, tengo la sensación refractaria de que antes, cuando hacía mis pinitos, sí que elegía qué palabra debía seguir a la última escrita, pero ahora, con las tablas adquiridas, mi impresión es otra, que no escojo, sino que tengo tanta confianza en la fiel herramienta que uso, el bolígrafo BIC azul, que su punta escribe la voz que debe aparecer, no otra, por la competencia adquirida por servidor en dicho menester. Mi piadoso progenitor, Eusebio, solía decir que la experiencia es madre y maestra de ciencia y conciencia; y puede que eso explique el paso intermedio de la elección o selección que ahora me salto.
Barrunto que otro tanto le acece al experto fontanero, al perito electricista, al ducho músico, pintor (de brocha gorda y artístico), albañil o… (sea o se sienta ella, él o no binario).
Ángel Sáez García