El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

El reto que me puso fray Ejemplo

EL RETO QUE ME PUSO FRAY EJEMPLO

Dedico los párrafos que contiene este texto en prosa a mi querida sobrina Alba, porque hoy, jueves 25 de junio de 2026, cumple años; así pues, con cariño a raudales se los mando junto con mis ¡muchas felicidades!

Reconozco que no soy partidario de que me hagan encargos literarios, ni, menos aún, de que me pongan o propongan (si no ha sido una iniciativa que haya brotado o surgido del propio caletre de servidor) desafíos, pero, como toda regla (conductual o no) suele tener su excepción, que viene, precisamente, a confirmar dicha norma actitudinal, recuerdo que, hace dos décadas cabales, antes de estrenarme como escritor cotidiano en mi bitácora de Periodista Digital, el blog de Otramotro, le dije que sí a un reto que me planteó fray Ejemplo, que titulé con el rótulo que el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario) de estos renglones torcidos ha comprobado que los encabeza.

Hice bien, lo correcto, porque esa fue una prueba que me puso Eusebio Arteaga Piérola y, según él, la superé con nota; y, desde entonces, lo considero mi amigo (como él opina que yo lo soy para él).

Dicen, quienes conocen cuanto atañe o concierne al ser humano y acostumbran a usar su intelecto a diario, que la felicidad la encontramos las personas en las pequeñas cosas (una párvula mansión, un velero o yate de medianas dimensiones, no; es broma), en un conjunto variopinto de acciones sin importancia (o que la inmensa mayoría de los demás no se la conceden), por ejemplo, juntarnos, después de comer con tres amigos leales, que lo son desde la más tierna infancia, a jugar una partida de cartas por parejas al guiñote a la mejor de dos cotos de tres episodios ganados cada uno, que suele durar, si el azar no se muestra caprichoso, o sea, la suerte resulta repartida, minuto arriba, minuto abajo, una hora y media.

En el primer párrafo de “El mito de Sísifo”, de Albert Camus, este dejó escrito en letras de molde, negro sobre blanco, una verdad que reputo irrefutable, que “no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Las demás, si el mundo tiene tres dimensiones, si el espíritu tiene nueve o doce categorías, vienen a continuación. Se trata de juegos; primeramente, hay que responder. Y si es cierto, como pretende Nietzsche, que un filósofo, para ser estimable, debe predicar con el ejemplo, se advierte la importancia de esa respuesta, puesto que va a preceder al gesto definitivo. Se trata de evidencias perceptibles para el corazón, pero que se debe profundizar a fin de hacerlas claras para el espíritu”.

Es evidente e innegable que ninguno de mis amigos ni yo queremos dar aún ese paso definitivo e irreversible, puesto que carece de vuelta de hoja, adelantarnos a otro miembro del cuarteto o grupo, los cuatro que nos juntamos casi todas las tardes del año, en torno a una mesa del casino “La Fuerza”, de Algaso, a jugar al guiñote.

Mientras vamos lanzando naipes de la baraja española sobre el tapete verde, cantando veinte o cuarenta, a veces, nos da por hablar de naderías o de temas de enjundia. Hace dos meses largos, dialogamos de que todos tenemos la intención de suicidarnos, pero ninguno ha llevado ese propósito por ahora a cabo. Intuyo que no hemos coronado dicha pretensión porque no queremos aguarles la fiesta a los otros tres.

Conjeturo que nos falta arrojo, determinación. Y puede que la razón estribe en que, aunque en el guiñote no se guiña, como ese gesto sí está permitido en algunos lugares en el juego del mus, nuestro confesado propósito se limita a ser un guiño, mera consecuencia de jugar casi todas las tardes del año al guiñote.

Y, como el hombre es un ente de costumbres y rutinas arraigadas, a nadie le debe extrañar que el fundamento del reto que me puso fray Ejemplo hace veinte años y acepté gustoso culminarlo, esté o se halle en unas palabras de Honoré de Balzac, que dicen así: “Nadie se atreve a decir adiós a un hábito propio. Muchos suicidas se detienen en el umbral de la muerte ante el recuerdo del café donde cada tarde van a jugar una partida de dominó”.

   Nota bene

   El efecto dominó no se produce porque nadie, insisto, quiere negarle a los demás la prebenda o el privilegio de ser la primera ficha en caer (y, como corolario, arrastrar en su caída las fichas de los restantes).

   Ángel Sáez García

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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