Palpito Digital

José Muñoz Clares

La cuota menstrual, ahora anual en Rusia

Un antiguo compañero, jurista pero con vocación de pedagogo, me dijo sin asomo de vergüenza que él a su hijo, por entonces adolescente, “le arrimaba una hostia de vez en cuando” sin motivo alguno. Le pregunté el por qué de tan dadivosa conducta y me dio un fundamento que le parecía de peso: “para que sepa quién manda en mi casa”. Y eso es lo mismo que debió pensar un magistrado de la Audiencia de Murcia que, por las mismas fechas, absolvió a un tipo al entender que pegar a la señora una vez al mes era conducta permisible y, mucho me temo, que hasta recomendable para asentar el orden establecido y dejar clara la cadena de mando doméstica. Si hubiéramos profundizado en el disparate habríamos llegado al fundamento último de tan metódico maltrato: es deber del hombre, por el bien de la mujer, a título de recordatorio con frecuencia asociada a la carga menstrual: si menstrúas una vez al mes, bien está que tu marido – y señor, según le dijo el cura a la mujer al casarlos – te recuerde con un buen mamporro cuál es tu papel en la vida, en la casa, en la cama y en el matrimonio en general. Es la misma razón tuitiva por la que allí donde rige la Sharia (Corán en acción directa) impide que una mujer sea testigo por sí misma en un juicio y la obliga a ir acompañada de otra mujer: porque al ser ellas “tonticas”, sólo sumando una a la otra se puede tener un testimonio entero, ya que lo que no recuerde la una se lo recordará la otra. Así que desde tal ortodoxia está muy bien fundamentado que el marido “caliente” a la mujer de vez en cuando a fin de ponerla en su sitio. Por aconsejar en tal sentido se condenó en España a un imán, se secuestró el manual de instrucciones del maltrato y se puso fin a una situación que, de momento, no ha tenido seguidores que publiquen sus desvaríos; otra cosas es que de tapadillo siga habiendo barbudos que lo recomienden por no desdecir las sagradas enseñanzas que rigen armoniosamente la vida de tantísimos fieles devotos de las sagradas escrituras más recientemente reveladas.
Ahora Rusia, ese paraíso de libertades regido en plan fijo discontinuo por un exespía sovietizante con ojos orientales y corazón de Rasputín – y mucho me temo que con la cabeza hueca, como su amigo Trump -, acaba de dar un paso al frente en la suavización de la conducta: a propuesta de una tal Elena Mizulina – mujer tenía que ser -, la violencia ejercida sobre la mujer saldrá del código penal, será considerada como mera cuestión civil a saldar con 500 euros, hasta 15 días de arresto – ¿no es eso penal en Rusia? – y 120 horas de trabajos en beneficio de la comunidad, con dispensa para quien le arrime una galleta a la parienta pero sólo una vez al año, que quedará impune por la misma razón que alegó mi amigo y apoya cierta profética creencia: para recordarle quién manda en la casa. Si a esos le sumamos el alcoholismo severo que arrastran los rusos, que al licor de los licores llaman vodka – diminutivo de “vodá”, agua; es decir que vodka significa agüita  y como tal se la beben-, es de imaginar la triste suerte que soportan las mujeres en Rusia, un país en que la tasa de homicidios multiplica por 12 la nuestra.
Siendo aterradoras las cifras y más todavía la iniciativa legislativa que ha puesto a precio de saldo el maltrato a la mujer, más miedo debería darnos el hecho de que las antiguas potencias de la Guerra Fría estén ahora bajo el mando de dos personajes como Putin y Trump, para quienes las mujeres apenas superan el concepto instrumental de desahogo del macho. Conocida es la forma de entrarle Trump a las mujeres: las agarra por el eje de simetría y, si tragan, tragan. Putin no le anda muy lejos. Así que ojalá acaben resolviendo sus escasas discrepancias en plan macho, con un duelo en que acaben ambos muertos o, mejor aún, acierten a darse un tiro recíproco en los argamandijos, les suba la voz al resgistro castrati y, como el gato capado de mi vecina, una vez que no piensen en ná, se pasen la vida engordando en un cojín, viendo pasar el tiempo y dejándonos en paz.

 

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José Muñoz Clares

Colaborador asiduo en la prensa de forma ininterrumpida desde la revista universitaria Campus, Diario 16 Murcia, La Opinión (Murcia), La Verdad (Murcia) y por último La Razón (Murcia) hasta que se cerró la edición, lo que acredita más de veinte años de publicaciones sostenidas en la prensa.

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