Palpito Digital

José Muñoz Clares

La guerra de mi padre

Con quince años recién cumplidos vivió mi padre el estallido de la guerra civil y se recibió de adolescente viendo cómo en Garrucha (Almería) unos honrados socialistas asesinaron a un guardia civil de un tiro en la cabeza. Aquel hombre, que no había huido con los demás guardias porque estaba enfermo, quedó en la calle agonizante y mi padre, apenas un crío, fue a llamar al médico que, cuando recibió las terribles novedades, le dijo: Manolico, vete a tu casa y no le digas a nadie lo que has visto…

Lo anterior, con ser gravísimo, no fue lo peor. Lo peor fue que sus amigos empezaron a decirle “tu madre está en la lista”, lo que aseguraba que una de aquellas noches le darían el paseo de rigor a mi abuela Bibiana como se lo dieron a otros muchos, entre otros al señor Juaristi, un ingeniero de minas del que nunca supo mi padre a qué se debió su asesinato. Quizá el mero hecho de ser ingeniero excitó la inquina de la cobarde canalla, esa jauría infame.

A mi padre todo aquello le instaló el miedo en el alma y al final de su vida, aquejado del mal de Alzheimer pasados ya los 80 años, revivió aquel miedo profundo y cada vez que veía a un uniformado pensaba que habían vuelto los tiempos en que una pandilla de asesinos campaba a sus anchas por las calles: no salgáis, nos decía, que os van a coger…

Terminó la guerra, vinieron los tiempos del hambre de la que mi padre no se libró, y a partir de ahí su vida fue una línea creciente de trabajo y bienestar que le permitió criar a nueve hijos y hacer que nosotros configuráramos una extraña hermandad: todos universitarios, todos de letras y, al cabo, todos, los nueve, funcionarios, en lo que tuvo una decisiva influencia la cantinela constante de mi madre: aquí estudia todo el mundo, mujeres incluidas, para que nunca dependáis del dinero que gane un hombre. Y así lo hicimos todos, mis cuatro hermanas incluidas.

Creía yo que mis hijos nunca vivirían una guerra atroz y cercana como la que se ha montado ese nazi de Putin, pero me equivoqué. El horror ha vuelto en forma de bombardeos que se ensayaron en Guernica: hospitales, colegios, edificios de viviendas, población civil… Se vuelve a asesinar en las calles de Europa. Soldados alcoholizados y brutales violan mujeres como acto de guerra y aún no lo hemos visto todo, me temo. Y no sé cómo explicar a mis hijos, dentro de poco también a mis nietos, que es nuestra condición y que deben vivir, ellos también, el miedo y la congoja que acompañó a mi padre cada día de su vida.

Esta guerra, que no es la mía pero me tiene amargada la existencia. Temo los telediarios, las imágenes horribles que a diario nos llegan. Lo que podría haber sido un tiempo de tranquilidad jubilosa tras jubilarme hace poco más de un año, se ha convertido en una tristeza persistente, una pesadumbre sombría por lo que hay y por lo que tememos que haya en un futuro inmediato. Pero habrá que superarlo y centrarnos en el hundimiento general en que ha entrado el gobierno de facinerosos que nos trajo el psoe de perrosánchez.

Parece frívolo que ante la tragedia que vive Ucrania nos dediquemos a un asunto tan rastrero y menor como es el hundimiento en que está el perro, que ya no puede contar ni con sus cómplices, ni siquiera con los suyos, no al menos con todos: hasta entre los socialistas ha sembrado la división este Midas que corrompe cuanto toca.

Así que a partir de ahora seguiré con amargura la guerra atroz de Ucrania pero dedicaré esta columna a contribuir al hundimiento previsible de la pesadilla en que vive nuestro país, con el paro más alto de Europa, la gasolina a punto de superar los dos euros por litro, la inflación en subida vertiginosa y todo lo que ustedes saben. No habrá de faltar mi empujón para que semejante bicho nos deje en paz. Y ojalá que caiga en sus propios enredos y sean sus socios los que nos sirvan su cabeza en bandeja.

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José Muñoz Clares

Colaborador asiduo en la prensa de forma ininterrumpida desde la revista universitaria Campus, Diario 16 Murcia, La Opinión (Murcia), La Verdad (Murcia) y por último La Razón (Murcia) hasta que se cerró la edición, lo que acredita más de veinte años de publicaciones sostenidas en la prensa.

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