La historia, los secretos, los vicios y las virtudes de los corresponsales

REPORTERO DE GUERRA: Estofado de perro, sardina en lata, jamón y caviar con cuchara (XXIII)

La encomiable preocupación por alimentar al colega hambriento, hábito de la profesión

REPORTERO DE GUERRA: Estofado de perro, sardina en lata, jamón y caviar con cuchara (XXIII)
Caviar, jamón ibérico, sardinas en aceite y estofado de perro con verduras. PD

El gran Archibald Forbes no fue el único ‘as‘ del Daily News durante la guerra franco-prusiana.

Mientras el escocés exprimía a los sitiadores, en el interior de París actuaba Henry Labouchere, autor de deliciosas crónicas sobre la miseria de la vida cotidiana en la asediada capital.

Labouchere era hijo de un banquero, había estudiado en la Universidad de Cambridge, había arruinado su porvenir en la carrera diplomática por empeñarse en actuar como segundo secretario de la embajada británica en Buenos Aires sin moverse de Baden-Baden y en el momento en que apostó por el periodismo acumulaba deudas de juego por valor de seis mil libras esterlinas.

Era pequeño accionista del Daily News y cuando la guerra le sorprendió en París, se las arregló para convencer al timorato corresponsal de plantilla de que lo más conveniente para su salud era que empaquetase sus bienes, reuniera a su familia y escapase a toda prisa en el primer tren.

Una vez despejado el terreno, Labouchere empezó a enviar crónicas utilizando globos llenos de aire caliente.

Para protegerle de posibles represalias, el Daily News solía firmar sus artículos con las palabras «Residente Sitiado».

Labouchere andaba mucho más sobrado de inteligencia que de valor y dio fe de ello hasta por escrito:

«Confieso que no soy una de esas personas que inhalan en la distancia el aroma de la batalla y sienten la irresistible tentación de correr para meterse en medio de ella. Verse golpeado en la cabeza por un proyectil por el simple placer de satisfacer la curiosidad ajena me parece el colmo del absurdo…».

En consonancia con sus ‘principios vitales‘ eludió siempre que pudo los mortíferos bombardeos y se concentró en describir el afán diario de los parisinos y su determinación para sobrevivir una vez agotadas las reservas de alimentos, cuando comenzaron a cocinar animales del zoológico y a deglutir sustancias impensables.

Una de las ediciones mejor vendidas del Daily News fue la que incluyó la lista de productos seleccionados por Labouchere para confeccionar el menú de una de sus ultimas cenas:

«El gato tiene un sabor a medio camino entre el conejo y la ardilla y lo encuentro delicioso, sobre todo si es cachorro y se suaviza con cebollas o en ragout; el burro sabe a cordero y el salami de rata recuerda un poco a la mezcla de conejo y rana.»

Como buen inglés, Labouchere profesaba un rendido amor a los perros y, aunque confesó haber probado en una ocasión un filete de spaniel y haberlo encontrado muy similar al cordero, afirmó haberse sentido «un poco caníbal por haber devorado al mejor amigo del hombre».

París se rindió a finales de enero de 1871 y una de las primeras cosas que hizo Forbes, en cuanto pudo acceder a la ciudad, fue buscar a Labouchere y entregarle cuatro kilos de jamón ahumado.

La entrada de Forbes en París, como casi todo lo suyo, fue consecuencia de una abundante dosis de buena suerte con surtidas raciones de valor e inconsciencia.

Había cincuenta corresponsales aguardando en Versalles. Forbes, al cerciorarse de que las barricadas de esa zona eran infranqueables, hizo un largo rodeo, entró por el norte de la capital y avanzó hasta el centro, a base de ignorar a todos los gendarmes que se interponían en su camino exigiendo salvoconductos.

Permaneció en la ciudad dieciocho horas, recogió todo el material que pudo, salió de nuevo y envió una exclusiva al Daily News.

Un genio a imitar.

DAR DE COMER AL HAMBRIENTO

La encomiable preocupación por alimentar al colega hambriento, de que hizo gala Forbes con Labouchere, es una constante de la profesión periodística. En todas las estaciones y en todas las latitudes, los reporteros que llegan de refresco a un conflicto se toman siempre la molestia de llevar con ellos vituallas para los camaradas asediados.

La proliferación y el cada día más fácil acceso a las MRE o ración de combate, que es una comida empacada para ser fácilmente preparada y consumida por el soldado en el campo de batalla, ha simplificado bastante el asunto, pero no lo ha resuelto del todo.

En diciembre de 2001, un par de semanas después de la muerte de Julio Fuentes, la dirección de ‘El Mundo‘ despachó hacía Kabul a David Jiménez para sustituirme.

Estaba muy complicada tanto le entrada como la salida en Afganistán, que unos días después y para ahorrarnos el pastón que cobraba la Cruz Roja por hacerte un hueco en el avión a Islamabad, hicimos Enrique Serbeto y yo en coche, pero David se las arregló para camelarse a alguien en Pakistán y un anochecer, sin avisar, se presentó en el Hotel Intercontinental.

Y además del ordenador, el saco de dormir, el ‘sat-fax’ y toda la parafernalia reporteril, traía escondido en el macuto un kilo de jamón pata negra y dos botellas de vino tinto.

A esas alturas y tras haber esperado tres meses malviviendo al otro lado de la llanura de Sarobi y pasado un mes canino en Kabul, no es que tuviera un hambre de espanto; sufría acuciante necesidad. Entre otras razones, porque por precacuión higiénica y algún melindre, me alimentaba casi exclusivamente de sardinas en lata.

Y no de las buenas, de esas gallegas o portuguesas envasadas con primor en aceite de oliva, sino de unas tailandesas y filipinas llenas de raspas y con sabor a sandalia de peregrino compostelano.

Todavía se me saltan las lágrimas cuando recuerdo aquellas finas lonchas de ibérico y su sabor pecaminoso en tierra de fanáticos islámicos, rociado cada mordisco con buches de embrutecedor Rioja.

REPORTERO O DIRECTOR

David Jiménez siempre ha sido un tipo fuera de lo común. Nos habíamos conocido en el Club Chamartín de Madrid, donde los fines de semana daba clases de tenis a los chavales. Un buen día de 1996, de improviso, se me acercó, me dijo que tenía entre sus alumnos a mi hijo Álvaro y que estaba a punto de terminar Periodismo en el CEU.

Quería ponerse a trabajar y le dije, como quien no quiere la cosa, que se montara un reportaje sobre el padel, deporte muy social que entonces traía de cabeza a Pedrojota y la ‘creme‘ del Ibex 35, y que yo le ayudaría a publicarlo.

Escribió un borrador, le dimos una vuelta, lo volvió a redactar, lo cocinamos de nuevo y cuando aquello quedó planchado -plagado de referencias a los famosos tipo Aznar que le pegaban a la raqueta- se presentó en ‘El Mundo’.

Los de Deportes, que siempre son muy suyos, le hicieron la ‘nevera‘ y el artículo durmió el sueño de los justos hasta que maniobré para que cayera en manos de Pedrojota. Se publicó y a partir de ahí, David Jimenez inició una carrera fulgurante.

Al verano siguiente se fue a Londres, por su cuenta, a sustituir a la corresponsal durante las vacaciones y a los dos inviernos se ofreció a la empresa a partir hacia Asia y ejercer de corresponsal, indiferente a la paga, los seguros, los billetes o sus derechos sociales. Corría el año 1998.

En su propio blog, se define a si mismo David como «periodista, corresponsal y escritor español». Con base en Hong Kong y después en Bangkok cubrió para ‘El Mundo’ las revueltas de Indonesia, Filipinas, Nepal o Birmania.

Reporteó en China, cubrió las guerras de Timor Oriental, Cachemira, Sri Lanka o Afganistán. La muerte de Bin Laden. Los grandes tsunamis del Índico y el Pacífico. La crisis nuclear de Fukushima…

Sobre Corea del Norte escribió grandes crónicas, desvelando el horror del régimen , el apocalipsis nuclear y otros mitos.

En 2007 publicó su primer libro, Hijos del Monzón. Le siguió, en 2010, la novela El Botones de Kabul. Su último libro es El Lugar Más Feliz Del Mundo.

En 2014 recibió una beca Nieman, el programa para periodistas profesionales de la Universidad de Harvard, donde pasó un año «enrolado en cursos sobre liderazgo y proyectos sobre el futuro del periodismo».

En abril de 2015, solo 15 meses después de la caída de Pedrojota Ramírez, el Consejo de Administración de Unidad Editorial acordó la destitución de Casimiro García Abadillo como director del diario El Mundo y el nombramiento de David Jiménez.

En palabras de Pedrojota, en periodismo sólo hay dos puestos que merezcan la pena: redactor y director. David Jiménez saltó, literalmente, de uno a otro (El jefe de pista y el acróbata).

GORRONES Y CAVIAR CON CUCHARA

Sobre los males del corresponsal de guerra y sus cuitas gastronómicas, en la larga historia del diario ABC hay varios ejemplos.

Jacinto Miquelarena, que en 1942 recogió en un libro titulado Un corresponsal en la guerra las crónicas escritas desde el frente del Este para el periódico que entonces se editaba en la madrileña calle Serrano, relata que solo comía cuando algún generoso colega germano le hacia llegar vituallas desde Múnich o Hamburgo:

«A uno le habían dicho, allá en España, que el caviar se vendía en las calles soviéticas como los cacahuetes; ni pagándolo a rublo el perdigón se encuentran dos gramos; ni con divisas, Señor, ni con divisas puede uno coincidir con una patata.»

En febrero de 1991, cuando las autoridades iraquíes permitieron a un reducido grupo de corresponsales extranjeros acercarse a Bagdad, donde hasta entonces solo estábamos Peter Arnett y yo, todos hicieron el recorrido desde Amman cargados de conservas, botellas, embutidos y artilugios destinados a hacer un poco más confortable nuestra vida bajo las bombas.

De la noche a la mañana, el Hotel Rachid se convirtió en un mercado persa por el que circulaban personajes variopintos y frente al que los camiones descargaban cajas de agua mineral, generadores eléctricos, duchas solares y todo lo imaginable.

Los norteamericanos de la cadena ABC acarrearon hasta un horno de microondas y media tonelada de platos precocinados, con el envoltorio de los almacenes londinenses Marks & Spencer.

Olivier Warin, reportero del difunto canal francés La Cinq, apareció vestido como un cazador de safari y con un descomunal cargamento de botellas de vino, queso camembert y pan de molde.

Yo, que llevaba dos semanas pasando un hambre canina, tuve el placer de ser invitado de honor a un ágape que montaron los de la BBC, con la colaboración de la eficaz Ángela Frier, Bob Simpson y Brent Sadler, donde nos hartamos de salmón ahumado procedente de los ríos de Escocia. Fue un gesto, el de los británicos, que nunca agradeceré bastante.

Debe ser algo atávico, muy vinculado a los sentidos más primarios, pero además de imágenes curisosas, tengo indeleblemente grabados en el bulbo raquídeo o más allá recuerdos vinculados al hambre y la comida.

CAVIAR A PRECIO DE ANCHOA Y HUEVOS DUROS

En enero y febrero de 1995 permanecí en el interior de Grozny, la capital de Chechenia, en unas condiciones tan divertidas como calamitosas. Justo a las 24 horas de entrar con enormes dificultades en la ciudad, que estaba siendo ya asediada por el imponente Ejército de Boris Yeltsin, nos expulsaron los vecinos de un bloque de apartamentos, donde habiamos montado nuestra guarida junto a Kurt Schork, el fenomenal corresponsal de Reuters curtido en la Guerra de Bosnia, porque los lugareños estaban convencidos de aque atraíamos los cohetes y obuses rusos.

Kurt se marchó a una especie de granja situada a una decena de kilómetros, donde después teníamos que acercarnos cada tarde para poder transmitir. Igor Mihalev y yo, encontramos refugio en el amplio chalet de Magomed, un acomodado y hospitalario mercader checheno, que nos ofreció de todo, menos comida, porque no había.

Durante casi dos meses, aterrorizados por los rusos que aplanaban manzana de casas tras manzana de casas con su artillería y obligados a pasar las noches en el foso de reparación de coches que nuestro anfitrión tenía en el garaje, comimos a diario huevos duros y caviar.

No del que viene en lata, sino a granel, del que vendían por cuatro perras los traficantes a los que la guerra había cortado la posibilidad de sacar hacia Moscú de estraperlo lo que robaban en las factorias del Caúcaso.

Era una especie de pasta con vetas, apretada como un jabón y muy salada.

La primera semana, el caviar -aunque duro y pegajoso-, tuvo el aliciente de la novedad y lo engullíamos casi con delectación, pensando lo que valía cada cucharada en París, Roma, Londres, Madrid o Nueva York.

Al final, aquello me resultaba tan repugnante, que le he cogido un odio mortal. Se me ha quitado, por afinidad, hasta la afición a las anchoas, arenques y cosas parecidas. Y he recuperado el gusto por la mortadela, el pan de centeno, las judías blancas y la sandía.

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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