MOSCÚ SIN BRÚJULA

La fortaleza del zar Yeltsin (IX)

La fortaleza del zar Yeltsin (IX)

Al alba del martes 20 de agosto de 1991, el asediado Yeltsin convocó a sus ayudantes a la desordenada habitación de la tercera planta del Parlamento, donde estaba instalado el «centro de mando» antigolpista.

La situación era preocupante. La empapada y exhausta multitud comenzaba a disiparse. Apenas quedaban unos centenares de «defensores», intentando hervir agua para preparar té, izando un pequeño globo con forma de zepelín y departiendo bajo la lluvia con los imberbes tanquistas de la división Tamanski.

Dentro del edificio no había más de 300 personas armadas, en su mayoría policías rusos.

El vicepresidente de Rusia, Alexander Rutskoi, coronel de la Fuerza Aérea y héroe de Afganistán, vagaba por los pasillos con un pistolón en la sobaquera, impartiendo órdenes a unas decenas de fondones parlamentarios con cara de sueño y aspecto de no haber empuñado un fusil desde los lejanos días del servicio militar.

Yeltsin estaba convencido de que los golpistas reunidos en el Kremlin, a menos de un kilómetro de distancia, justo al otro extremo de la avenida Kalinin, ordenarían en cualquier momento un ataque contra la Casa Blanca.

Jóvenes rusos frenan a los tanques, durante el golpe de 1991 en Moscú.

El instinto del presidente ruso no le engañaba: Kriuchkov y los más duros del Comité de Emergencia llevaban horas proponiendo un asalto.

Había que difundir la voz de alarma. Aprovechando que las líneas telefónicas continuaban funcionando, Yeltsin y los suyos se lanzaron enardecidos a convocar a un mitin a antiguos disidentes, amigos políticos, artistas, rockeros, estudiantes y flamantes empresarios:

«¡Venid a defender la democracia! ¡Hay que salvar a Rusia!»

A las diez de la mañana del 20 de agosto, frente al Parlamento, ya eran varios miles.

A las once, decenas de miles y al mediodía, cuando el sol logró romper las espesas nubes y comenzaron los discursos, casi cien mil.

Nadie, ni los oradores que se sucedían en el micrófono, ni la multitud apretujada frente al edificio, ni las muchachas que gritaban desmesuradamente, sentadas a horcajadas sobre las estatuas de bronce del Monumento a los Mártires de 1905, parecía acordarse de Gorbachov.

Mijail Gorbachov en Crimea, sorprendido por el golpe comunista de 1991.

El KGB había urdido un plan genial para confundir a la población. Los torvos agentes de Kriuchkov, que mantenían bloqueados en Crimea, en el aeropuerto de Simferopol, el helicóptero MI-8 y el avión TU-134 reservados al líder máximo, habían subido esa madrugada a la secretaria Sorokina en el avión, haciendo creer a los pocos testigos que el presidente soviético iba también a bordo, camino de la capital.

Se rumoreaba que Gorbachov estaba ya en Moscú, pero hasta que Yeltsin asomó de su «fortaleza» y reclamó con voz tronante que le dejasen entrevistarse con él, nadie citó su nombre.

«Exigimos que Mijail Serguevitch Gorbachov sea visitado por una delegación de médicos de la Organización Mundial de la Salud.»

Yeltsin respiró profundamente para tomar fuerzas y sentenció:

«Y si está en buen estado de salud, debe reincorporarse a su puesto.»

Hubo una salva de aplausos y un fulgurante ondear de banderas nacionalistas, pero el único nombre que coreaba la multitud era «¡Yeltsin! ¡Yeltsin!».

Jóvenes civiles alistados en la milicia para defender a Rusia, durante el golpe comunista de 1991.

En una mesa, junto a la pesada puerta principal del edificio, habían instalado una mesa a la que acudía la gente para apuntarse a las «Milicias Voluntarias».

 «No tenemos armas, pero no importa», explicaba un joven con dos ojos como brasas y el brazalete del servicio de orden oprimiendo su bíceps izquierdo.

«Estaremos aquí todo el tiempo que haga falta para defender a Rusia.»

La mujer que escribía a su lado levantó la vista un instante, comprobó que éramos periodistas extranjeros y repitió mecánicamente:

 «¡Bush, ayúdanos! ¡América, ayúdanos! ¡Ayudad a Rusia a ser libre!»

Civiles ruso ante la ‘Casa Blanca’ de Moscú, durante el golpe de 1991.

En la azotea de la nueva embajada norteamericana, un edificio rojo que estaban desmontando ladrillo a ladrillo porque el KGB lo había trufado de micrófonos, los agentes de la CIA seguían la escena con prismáticos y cámaras de video.

Al otro lado de la manzana, frente al edificio viejo de la delegación, dos centenares de judíos soviéticos guardaban cola frente a la ventanilla de visados.

Casi al final del acto, apareció como caído del cielo un pope ortodoxo con un enorme cáliz de oro en las manos. El clérigo, vestido de blanco, avanzó con los ojos entornados precedido por dos monaguillos con cirios y un diácono de aspecto angelical.

No dijo una palabra, ni esbozó un gesto, pero se abrió paso entre la multitud con la facilidad con la que un cuchillo al rojo vivo perfora un bloque de mantequilla.

 

Rusia ha existido como Estado durante más de mil años, siendo durante gran parte del siglo XX el núcleo de la URSS, del que Rusia es sucesor legítimo y legal en la escena internacional. PD

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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