MOSCÚ SIN BRÚJULA

Pasión y fuga del desventurado Gamsajurdia (XLXVI)

Pasión y fuga del desventurado Gamsajurdia (XLXVI)
Dzhaba Ioseliani y Kitovani. PD

El viernes encontramos a Dzhaba Ioseliani, el estrambótico jefe de «los Caballeros de Georgia», una banda de 400 facinerosos de dudosa catadura moral, que iban camino de convertirse en la principal fuerza político-militar de la pequeña república.

El vanidoso ex profesor de Arte Dramático, que en su juventud participó en el atraco a un banco y en el estrangulamiento de una mujer, arrugó la comisura de los labios con desdén cuando le dijimos que Zviad Gamsajurdia aseguraba que estaban siendo abastecidos por la Mafia.

«¿De dónde piensa que vamos a sacar los fusiles? ¿De la orquesta sinfónica de Georgia?»

Poseía un rostro simiesco, de facciones inestables, pero a diferencia del obtuso Tengiz Kitovani, era ocurrente, y parecía tener una idea clara de cómo hacerse con el poder.

Esa misma tarde, el 3 de enero de 1992, sus enmascarados ametrallaron un mitin de partidarios de Gamsajurdia en la estación de metro de Didubé y la encolerizada multitud redujo a pulpa sanguinolenta la cabeza de uno de los pistoleros.

El sábado apenas hubo combates. Al anochecer, en una rueda de prensa, Ioseliani y Kitovani deslizaron la posibilidad de restaurar la monarquía en Georgia. Fue sólo una frase perdida en medio de grandilocuentes soflamas.

Ninguno de los corresponsales le dio relevancia, pero era sábado y los sábados los periódicos cierran temprano sus ediciones y suelen andar faltos de noticias.

Despaché unas líneas y en la redacción de ‘El Mundo’ en Madrid alguien cayó en la cuenta de que, en Marbella, dándose la gran vida, residían los descendientes de la antigua familia real georgiana.

 

El principe Bagrat de Bagration y Baviera.

Al día siguiente, los codiciosos miembros de la familia Bagration estaban enredados en una grotesca riña, para decidir quién de ellos sentaba sus regias posaderas en el trono de Georgia.

En Tiflis, todo parecía indicar que la batalla, circunscrita a unas cuantas manzanas, se iba a prolongar bastantes días.

El domingo, 5 de enero de 1992, en el sótano de la Casa de Gobierno, un contrito Gamsajurdia nos explicó que su estrategia iba a ser «luchar, luchar y luchar» y afirmó estar dispuesto a resistir varios meses en su bunker. Por la tarde, algo provocó un cambio radical.

Los mafiosos de Ioseliani lograron emplazar junto a la torre de televisión uno de sus tres cañones de 122 milímetros.

A pesar de que la prominente montaña de la torre repetidora domina el centro de la ciudad, a nadie se le había ocurrido hasta entonces que se podía situar allí un cañón.

Sin edificios interpuestos, sin apenas riesgo y con una visibilidad inigualable, los artilleros facciosos dispararon seis veces contra la Casa de Gobierno, acertando de lleno y causando un considerable incendio.

Regiones separatistas de Georgia.

La estrategia de Ioseliani y Kitovani consistía en ir desgastando paulatinamente a Gamsajurdia y el cañoneo del domingo era parte del plan.

Afortunadamente para ellos, la deflagración de los seis obuses hizo recapacitar a algunos de los defensores sobre la conveniencia de seguir achantados en el edificio aguantando indefinidamente bombardeos.

A las diez de la noche desertaron 60 «leales». Gamsajurdia convocó con urgencia a su círculo íntimo.

A medianoche, el presidente anunció con gesto severo que había decidido evacuar el bunker antes de que fuera demasiado tarde.

Envió a sus guardaespaldas a recoger a sus dos hijos y a Manana, su influyente esposa. Ordenó alistar su Mercedes Benz oficial, tres autobuses, dos blindados y trece coches en los que se agolparon los diputados fieles y los últimos hombres fiables.

A las dos de la madrugada, la caravana se perdió en la noche por la misma ruta por la que entrábamos y salíamos de la Casa de Gobierno los días anteriores.

Una hora y media después, alrededor de las 3.30 de la madrugada, un joven y asustado guardián descorrió el cerrojo de la puerta de la mazmorra donde permanecían los 45 opositores prisioneros y les comunicó balbuceante que el edificio estaba vacío.

Un soldado ruso en Osetia.

Dando voces para alertar a los centinelas, los presos se encaminaron por la Avenida Rustaveli hasta el antiguo Instituto de Marxismo-Leninismo, situado a seis manzanas de distancia.

Kitovani dormía como un leño y tardó bastante en reaccionar. Se reunió con Ioseliani y acordaron abrir fuego dos veces, «por si acaso», con el «supercañón» de la montaña.

A la luz lívida del alba, los rebeldes avanzaron en pequeñas patrullas. Cuando llegamos nosotros, poco después de las 8.30 de la mañana, unas cuantas docenas de milicianos estaban saqueando la Casa de Gobierno y disputándose a cara de perro los restos del botín entre llamas y volutas de humo.

Algunos se dedicaban a reventar puertas y armarios a culatazos. Otros arrancaban de cuajo las radios de los coches abandonados o arrastraban escaleras abajo televisores, ropa y cajones con botellas de vodka o coñac.

El presidente Zviad Gamsajurdia.

En una fría sala de su cuartel general, los hombres de Kitovani mantenían acuclillados en el suelo a varias docenas de prisioneros, a los que iban transfiriendo de uno a uno hacia un autobús aparcado en la calle contigua. Casi todos eran campesinos y vestían harapientos uniformes.

Los muchachos juraban con ojos llorosos haber llegado de sus pueblos en respuesta a la convocatoria de Gamsajurdia, pero que una vez en la Casa de Gobierno no les habían dado armas.

En la madrugada, los había dejado abandonados e inermes en la Casa de Gobierno.

Cada vez que un cautivo hacía el trayecto hasta el autobús, los satisfechos opositores aprovechaban la ocasión para administrarle una soberana tunda de palos, en la que intervenía alborozada una mujer de vestido marrón y ojos saltones.

 

Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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