LA SEGUNDA DOSIS

«Mientras los comunistas del Gobierno atacan a la OTAN, la inflación sube haciéndonos más pobres»

Lo de la izquierda española no tiene nombre.

Se acumulan los muertos, por la invasión rusa de Ucrania y lo único que se le ocurre reclamar a Alberto Garzón, Ione Belarra o Yolanda Díaz es que se proceda a la disolución de la Alianza Atlántica, la OTAN.

Garzón y compañía, instalados en sus particulares ‘mundos de Yupi’, no solo insisten en apostar por una vía diplomática que yace cadáver desde hace tiempo, sino que además reclaman a España que se esté quietecita.

Esto ocurre mientras que este mes de febrero de 2022 pasará a la historia como el mes con mayor incremento de la inflación en los últimos 33 años tras la irrupción del conflicto entre Rusia y Ucrania.

Los precios están desmadrados y el IPC se ha disparado un 7,4%, siendo este su mayor repunte desde julio de 1989, según ha adelantado el 28 de febrero el Instituto Nacional de Estadística.

La credibilidad del Gobierno Sánchez es mínima. Es llamativa la  contradicción entre lo que el presidente dice fuera de España, para contentar a sus aliados, y lo que sugiere en España, para no soliviantar a sus socios comunistas, proetarras y separatistas.

La postura de Podemos, además de grotesca, desnuda el cinismo de una formación populista que bebe de las peores fuentes ideológicas del mundo: criticar a Putin, presentándolo como un derechista nacido del imperialismo de los zares y no como un heredero del expansionismo comunista, es una desfachatez con la que se aspira a criticar a Rusia sin mancillar, a la vez, el evidente impulso soviético del Kremlin.

Y, a la vez, atacar a la OTAN o pedir incluso su disolución, es un ejercicio de irresponsabilidad en pleno debate sobre cuál debe ser el papel de la Alianza Atlántica en un conflicto que pone a prueba su razón de ser, más allá de tecnicismos burocráticos sobre los límites de su acción en países que, sin pertenecer a la organización, encarnan sus valores y los ponen en juego.

Que Sánchez intente hacer juegos malabares, mostrándose enérgico en Bruselas y antibelicista en Madrid, para no enojar demasiado a la coalición de populistas e independentistas que le dan soporte; es fiel reflejo del alambre en el que gestiona en general los asuntos públicos cada vez que el intervencionismo de sus socios se pone en marcha.

Si a eso se le añade el inaceptable papel del llamado Grupo de Puebla, un looby de dirigentes siniestros inspirados en una suerte de chavismo renovado del que forman parte José Luis Rodríguez Zapatero, Irene Montero o Adriana Lastra; el daño reputacional para España es notable.

Solo la confusión de la comunidad internacional, que responde con tibieza al desafío militar de Putin y parece optar por cruzar los dedos para que Moscú se limite a someter a una Ucrania abandonada a su suerte; camufla algo el confuso papel de Moncloa.

Que una vez más, intenta el imposible de soplar y sorber a la vez para contentar a sus socios internacionales y a sus interventores en España.

Pero no se puede rendir lealtad a Bruselas, la OTAN, Washington o la ONU si, al mismo tiempo, se toleran las posturas de Podemos, IU, Bildu, Compromís, ERC y sus inspiradores en los rincones ideológicos más perversos del planeta.

Sánchez vive en una trampa constante; pero a quien acaba entrampando siempre es a España.

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