No vino el desaliento.
No vino el desaliento había incertidumbre era llana la espera diminutas las rutas fueron perennes piedras sobre las olas de otro noble de uva y te cero. Con sus manos conduce y pliega los secretos delante del destino como engañadas sombras los ojos te miraban alumbrados por alma emocionada en blanco. En la vergüenza eterna el espanto recubre
